La aventura de Fillon

Mundo · José Luis Restán
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1 diciembre 2016
Es llamativo el subrayado general de los medios sobre la condición de católico del flamante candidato del centro-derecha a la presidencia de la República Francesa, François Fillon. Pero más curiosa es aún la necesidad que sienten los cronistas de adjetivar dicha condición, y los resultados contradictorios que ofrecen. Por ejemplo, sendos corresponsales en París de los diarios ABC y La Vanguardia han calificado a Fillon como “católico practicante sin estridencias” y como “integrista católico”, respectivamente. Menudo ojo.

Es llamativo el subrayado general de los medios sobre la condición de católico del flamante candidato del centro-derecha a la presidencia de la República Francesa, François Fillon. Pero más curiosa es aún la necesidad que sienten los cronistas de adjetivar dicha condición, y los resultados contradictorios que ofrecen. Por ejemplo, sendos corresponsales en París de los diarios ABC y La Vanguardia han calificado a Fillon como “católico practicante sin estridencias” y como “integrista católico”, respectivamente. Menudo ojo.

En cuanto al primer calificativo, conviene tomarlo con humor. Me pregunto en qué consistirá eso de ser católico “sin estridencias”. Fillon nunca ha escondido su fe, va a Misa con naturalidad (y todo el mundo le ve, claro), y narra su vinculación con la abadía benedictina de Solesmes y con el Movimiento Scout Católico. Desde luego nada de esto parece estridente, como tampoco lo es su reconocimiento público a la enseñanza reciente de los Papas, o su defensa de la familia y de las raíces cristianas de Europa, asuntos que ciertamente cualifican su propuesta política, aunque de ningún modo puede calificarse ésta como “confesional”. Más inquietante resulta la calificación de “integrista”, que constituye toda una tesis… o quizás simplemente demuestra la intolerancia de algunos respecto a la dimensión social del catolicismo y su pretensión de poseer una relevancia pública.

En cualquier caso François Fillon no es un integrista, ni nada que se le parezca. Conoce perfectamente la pluralidad cultural de su país (que no es contradictoria con sus raíces cristianas) y defiende sin ambages la laicidad positiva, tal como la formuló en tiempos su antiguo jefe de filas, Nicolás Sarkozy, al que acaba de batir en buena lid. Que una personalidad como Fillon pueda llegar a la cúspide de la política en la súper laica República Francesa desvela también el humus cultural de nuestros vecinos, mucho más rico, dinámico y variado de cuanto quizás pensábamos. No es momento de profundizar, pero apunto solamente que el catolicismo francés sigue estando muy vivo a la hora de generar personalidades intelectuales, movimientos de renovación espiritual y una presencia civil como la demostrada en fenómenos como la Manif por Tous o Les Villiers. Y no es disparatado sugerir que una parte del clamoroso apoyo cosechado en las primarias del centro-derecha obedezca a que esos sectores sociales le reconocen como un interlocutor más fiable que otros.

Es verdad que Fillon destacó por su tenaz oposición a la Ley Taubira que instituyó el matrimonio homosexual y la adopción por parte de estas parejas, pero ya ha advertido que ahora será imposible dar marcha atrás y derogar dicha ley. Ni el conjunto de su partido, ni tampoco el amplio arco de sus potenciales electores respaldarían tal cosa. Su propuesta consiste en reformar la ley de filiación, basándose en el principio de que un niño siempre es el resultado de un padre y una madre. También se ha comprometido a impedir la legalización de los vientres de alquiler y a promover una auténtica política a favor de las familias.

En todo caso es digno de análisis que un candidato con este bagaje y este perfil haya podido suscitar una movilización tan amplia. Naturalmente, su éxito obedece a una variedad de factores, no sólo a ese catolicismo que manifiesta sin prejuicios (y sin estridencias, claro). Fillon parece un candidato sumamente sólido para plantar cara al populismo del Frente Nacional de Le Pen, y para afrontar una serie de reformas que ni su mentor de antaño, Sarkozy, ni una izquierda dividida y encandilada con la ingeniería social han sido capaces de llevar a cabo. Pero todo eso habrá de verse, porque el camino apenas acaba de empezar.

Su peripecia será interesante por muchos motivos. Uno de ellos será comprobar el valor y los límites de una presencia católica en la política de un país profundamente plural y secularizado, cuyas leyes y cuya opinión pública están muy distantes de la tradición cristiana. Y aquí conviene no llamarse a engaño: Fillon no encabeza una plataforma política católica. Hay que agradecerle el reconocimiento de que su fe alimenta y da forma a su compromiso (algo similar ha proclamado Ángela Merkel en más de una ocasión), pero ni puede ni debe usar su catolicismo como una insignia en la batalla política. Su intento será encabezar una gran coalición social en la que los católicos puedan sentirse cómodos, en compañía y diálogo con otras identidades. Como católico, Fillon está llamado a explorar ese camino asumiendo riesgos y dificultades en primera persona. Y no faltarán conflictos y malentendidos, también con algunos que ahora le jalean. A mi juicio, una defensa eficaz de la libertad y de la subsidiariedad, y un límite firme a la ingeniería social constituirían ya un éxito verdaderamente considerable.

Por su parte el mundo católico, en sus diversas articulaciones sociales, hará bien en mantener su libertad de juicio, lo que no impide una sincera colaboración en cuanto sea conveniente para el bien común. Sabiendo que ningún programa político puede identificarse con la propuesta cristiana, y distinguiendo claramente el ámbito de la acción política del de la evangelización. Desde la distancia, siempre atenta a lo que sucede en Francia, yo también miro con cauta simpatía y curiosidad intelectual esta aventura. Ni más ni menos.

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