La amenaza: más en un cristianismo sin inteligencia que en el laicismo

Mundo · Fernando de Haro
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20 junio 2010
La semana pasada quedó claro que el Gobierno no tiene, de momento, prisa por sacar adelante la ley de libertad religiosa. El ministro Caamaño, siempre hábil, anunció que se prohibiría el burka. Consiguió desviar la atención. No sabemos cuántas musulmanas quieren utilizar en España esa prenda. Caamaño saca a pasear uno de los casos límite en los que el ejercicio de la libertad religiosa choca con los derechos fundamentales y con el orden público. Cuando llegue el momento de debatir el contenido de la ley, casos tan claros darán poco problema. La cuestión de los símbolos será más relevante, pero la gran cuestión es el modelo de laicidad  que se adopta. 

Todorov, tan lúcido en muchas cuestiones, en su libro el Espíritu de la Ilustración, al plantearse esta cuestión, propone recuperar al Marqués de Condorcet. El Marqués fue un personaje que cuando se desató el terror, tras la Revolución Francesa, escribió a escondidas sobre los desmanes que había provocado la diosa razón. Condorcet es el primero que utiliza la expresión "religión política" para denunciar los abusos del totalitarismo contemporáneo que nacía en ese momento. Pero ante el reto de construir la laicidad  moderna acaba proponiendo la vieja solución de la doble verdad. "Por un lado -escribe Todorov explicando el pensamiento del francés- están las religiones, o en sentido más amplio las opiniones o los valores, que dependen todos de la creencia o de la voluntad del individuo; por el otro, los objetos de conocimiento, actividad cuyo horizonte último ya no es el bien, sino la verdad".

Es la misma tesis defendida por Fernando Savater en su artículo en El País el 9 de junio de 2009. El filósofo se preguntaba: "¿Son compatibles la ciencia y la religión? Claro que sí -se responde- mientras que cada una no pretenda enmendarle la plana a la otra. Las leyendas y mitos religiosos nos ayudan a buscar un significado simbólico al mundo y a la vida, mientras que la ciencia nos aclara su funcionamiento natural". Conocimiento y fe son dos cosas separadas. Y, por eso, concluye Savater: "el laicismo es imprescindible para la democracia". Conclusión lógica. Pero que choca, sin
embargo, con lo que los cristianos quieren aportar a la vida democrática, como valor para todos: un conocimiento y un modo de afrontar los problemas del mundo que nace de su experiencia de la fe.

El pasado 21 de mayo Benedicto XVI, al recibir a los participantes en el Pontificio Consejo para los Laicos, afirmó que "la contribución de los cristianos (a la vida pública) es decisiva únicamente si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación". Sólo los mal informados o mal intencionados pueden sostener que el Papa haga estas afirmaciones desde la nostalgia del confesionalismo. Más bien las formula después de haber oído decir a  Habermas, en enero de 2004, en la Academia Católica de Baviera, que "está en el interés mismo del Estado democrático preservar todas las fuentes de cultura de las cuales se alimenta la conciencia de las normas y la solidaridad de los ciudadanos (…)". "Cuando los ciudadanos secularizados asumen su papel político no tienen el derecho ni de negar las imágenes religiosas del mundo ni de discutir a sus conciudadanos creyentes el derecho de aportar, en lenguaje religioso, su contribución a los debates públicos". El mayor  problema no es que el Gobierno adopte un modelo laicista, con todos los inconvenientes e injusticia que lleva aparejado.  El reto es que los cristianos comprendan lo que está en juego: no sólo unos símbolos o unas tradiciones sino la compresión de su fe como una forma de inteligencia que sirve al bien común.

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