La alternativa de Alexandr

Editorial · Fernando de Haro
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13 junio 2022
Alexandr se mudó con 17 años a San Francisco para estar cerca de Silicon Valley. No acabó la universidad. Sigue vistiendo sus camisetas desenfadas de joven emprendedor.

Pero ahora es, con 25 años, el sr. Alexandr Wang, un nuevo rico del mundo digital con un patrimonio de 1.000 millones de dólares. Su compañía, Scale AI, vende la mejor Inteligencia Artificial para el procesamiento de datos. Es posible que Mr. Wang siga haciendo dinero y que Scale AI se convierta en una compañía oligopolista o monopolística, como lo son Google o Facebook. Pero no escucharemos a la izquierda progresista estadounidense lanzar críticas sobre la concentración en pocas manos del capitalismo digital.

La izquierda progresista es cada vez menos izquierda y más progresista. Su prioridad es “reducir el daño” causado por la supremacía blanca, el patriarcado, el clasismo, la gordofobia, la transfobia, la homofobia, la xenofobia y todos los mecanismos de opresión que dominan en nuestra forma de vivir las relaciones sociales. El objetivo ahora es atender las demandas de representación de la diversidad y cancelar, en el presente o en el pasado, a quien se atreva a ponerlas en cuestión. Es lo que algunos llaman la ideología woke (progre). La lucha por la igualdad social y por la justicia han quedado en segundo plano.

La derecha tampoco tiene un ideal económico claro. El consenso socialdemócrata se ha extendido (ya veremos qué sucede ahora que financiar la deuda pública va a ser más caro) más allá de las diferencias ideológicas. Hay una derecha cultural interesada por asuntos culturales –normalmente a la derecha estas cuestiones le importan poco– que ha formado un frente anti-woke. Hay gobernadores en Estados Unidos que han hecho de la oposición a lo “progre” su bandera. Por eso ha tenido tanto eco la creación de una nueva universidad en Austin: sus promotores quieren impulsar un espacio de verdadera libertad donde no se imponga lo políticamente correcto. A este tipo de iniciativas se suman gente de izquierdas no progresista y católicos obsesionados con revertir desde arriba la “disolución antropológica”.

El problema es que lo más parecido a lo woke es lo anti-woke. Sucede como ocurrió en algunos ámbitos europeos tras mayo del 68. Muchos sintieron la necesidad de construir un sistema y desarrollar una cultura, también hegemónica, que desafiara la penetración del neomarxismo. Los troskistas se convirtieron en neo-liberales y luego en neocon. Actuaban como los neo-marxistas (muchos eran los mismos). Un movimiento reactivo, basado en la dialéctica de contrarios, se parece siempre demasiado a la tesis contra la que lucha. Volvemos a asistir a reacciones nada originales.

Probablemente la difusión de lo woke y el intento de frenarlo con el movimiento anti-woke sea en gran medida una batalla entre élites. No hay que menospreciar la capacidad de influencia del mundo académico, de los medios de comunicación, y la de otras industrias culturales. Pero vuelve a suceder que más allá de las teorías de género o de la reivindicación de la objetividad biológica en la determinación del sexo, la vida diaria transcurre por otros caminos. La vida diaria oscila entre el reproche y una escondida espera despertada por un golpe, una insatisfacción luminosa, una recompensa alcanzada.

El reproche no es solo hacia el jefe, hacia el sistema político, hacia las injusticias sufridas, es contra la vida. El reproche tiene su origen, seguramente no pensado, en considerar una tragedia haber nacido. Haber nacido significa tener hambre de todo, querer poseerlo todo y pensar, con más o menos conciencia, que la promesa no se cumple, que has sido “despedido” de la nada y que volverás a ella más pronto o más tarde. Y en ese momento, con más o menos conciencia, se piensa también que se está enteramente solo.

La frontera entre el reproche y la espera es una delgada línea que se atraviesa casi inconscientemente. El hambre inicial es la misma. Al otro lado, en el lado de la espera, todo es igual. También somos apenas nada. Pero un dolor, una alegría, el golpe de un buen amigo o de un buen enemigo hace ver que las circunstancias solo fuerzan a quien ya ha elegido. Sucede algo que hace releer el hambre nativa no como una condena sino como una compañía. Y, siendo realmente nada, se acepta la posibilidad de que la espera no sea absurda. Se acepta que, no siendo apenas nada, se puede agradecer el universo recibido y no conquistado, se puede uno recibir a sí mismo y recibir el tiempo, es decir el presente, como un regalo espléndido. Puede uno reconocerse deletreado, precisamente porque es casi nada.

La alternativa no es aceptar lo woke o combatirlo. La alternativa es rechazar haber nacido o esperar ser engendrado, ir naciendo. Alexandr, con sus 1.000 millones de dólares, está como el pobre que pide en la calle, ante la misma alternativa.

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