Desde el escaño

La Academia y el sexismo lingüístico

Cultura · Eugenio Nasarre
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5 marzo 2012
En la primera legislatura de Zapatero (la más nefasta de las dos, por cierto) me ocurrió un episodio parlamentario que no me resisto ahora a relatar. Ya colgaba en la calle Alcalá el rótulo de "Ministerio de Igualdad", símbolo de la nueva era, y ya estaba al frente de él la actual becaria en Naciones Unidas Bibiana Aído. Estábamos en plena ofensiva del "lenguaje políticamente correcto". El gobierno envió entonces al Congreso un proyecto de ley educativa. Yo era el portavoz de educación del PP. Combatí todos los contenidos de aquella ley que me parecían nocivos y equivocados, que eran muchos, naturalmente con nulo éxito. En la última sesión del debate del proyecto de ley y cuando ya se habían ventilado las votaciones sobre el fondo de la misma, casi con la exclusiva oposición de mi Grupo, la portavoz de Izquierda Unida acusó a la norma de "lenguaje sexista". Curiosamente los redactores del proyecto habían utilizado un español impecable, conforme a las normas sintácticas y gramaticales de nuestra lengua. Y fue entonces cuando se produjo el hecho insólito.

Todos los Grupos apoyaron la necesidad de enmendar lingüísticamente ¡toda la ley!, y el único que defendió el texto del Gobierno fue… el portavoz de la oposición. También fracasé en mi desesperado intento de defender la lengua castellana y el texto enmendado que se envió al BOE contenía todos los destrozos que los lectores podrán imaginarse.

Por eso he leído con enorme satisfacción el excelente informe "Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer" del profesor Bosque, aprobado por unanimidad por la Real Academia. Recomiendo vivamente su lectura. Adornado de una fina ironía, que probablemente es el mejor recurso para este tipo de casos, el informe demuestra a dónde conduciría la observancia de las "guías de lenguaje no sexista" que han proliferado en los últimos tiempos. El profesor Bosque lo dice sin ambages: "si se aplicaran las directrices propuestas en estas guías en sus términos más estrictos no se podría hablar". Se refiere, claro está, al "lenguaje común", el que sirve para entendernos unos y otros, conversar para expresar ideas, sentimientos y todo el bagaje cultural del que somos herederos y que nos hace ser lo que somos. Y ello es así porque "es la historia de la lengua la que fija en gran medida la conformación léxica y sintáctica del idioma", es decir, lo que constituyen sus estructuras fundamentales. Ignorar este hecho o rechazarlo tiene unos efectos destructivos devastadores.

El problema, estrictamente lingüístico, es que el supuesto "sexismo" de nuestra lengua se pretende combatir en la ideología de género mediante una transformación de las estructuras básicas del idioma, lo que provocaría la aparición de una "neolengua", destructora de las bases de una comunidad lingüística. Por eso, el profesor Bosque apunta la idea de que, ante la imposibilidad de que la "neolengua" se traslade a la vida común, las propuestas de sus defensores afecten solamente al "lenguaje oficial", es decir a los textos legislativos y a las proclamas oficiales. Se produciría, así, una perversa doble realidad en materia de lengua: una nueva ortodoxia sometida al "nuevo código oficial" y otra que, en nuestra vida ordinaria, camparía por sus respetos.

Hay que agradecer a la Academia su claro pronunciamiento en esta materia. Los detractores del informe ya han puesto el grito en el cielo. Perseverarán en sus pretensiones. Pero el informe deja claro que, al menos, el primer asalto para imponer la "neolengua" necesita su implantación en los textos oficiales, como se hizo en aquella malhadada sesión del Congreso de los Diputados que he evocado. Y ahora estamos en condiciones de impedirlo. Es lo que debemos hacer, siguiendo las sabias recomendaciones de la Academia.

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