Ken en su tobogán

Editorial · Fernando de Haro
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3 septiembre 2023
Ahí está Kent, deslizándose por el tobogán, entusiasmado porque ha descubierto su yo, porque se le ha hecho evidente que detrás de su nombre hay un yo.

Este verano el mundo occidental ha quedado dividido. No hablo de política, de ideología o de cultural. Hablo de Barbie la película de Greta Gerwig que ya ha conseguido una recaudación de 1.240 millones de euros en todo el mundo. Es la película más taquillera en de la historia de Warner. El mundo se divide entre los que la han visto y los que no la han visto. Entre los que la han visto y han salido de las salas de cine empachados, gravemente afectados por un ataque de hiperglucemia y los que la han disfrutado.

Quizás el momento más interesante de la película es un diálogo entre Barbie y Ken, el muñeco que siempre acompaña a la muñeca rubia. «No sé quién soy sin ti», llora en la escena Ken, dirigiéndose a su compañera. Y parece una declaración de amor, de dependencia sana, un “yo soy en ti”. Pero en realidad Greta Gerwig está denunciando en el diálogo esa inseguridad y esa falta de madurez tan frecuente en las relaciones personales de este comienzo del siglo XXI. Ken durante toda su vida ha sido el apéndice de Barbie, ha pensado a través de la cabeza de Barbie, ha sentido lo que ella sentía, no ha vivido su propia vida. Barbie responde: «tú eres Ken». Y el muñeco entusiasmado se lanza por un tobogán después de haber descubierto que detrás de su nombre había un yo tangible, real. La dulcísima película no explica como surge ese yo.

Es una película de muñecas. Pero da pie a identificar esa disonancia en el conocimiento que explica muchos fenómenos del siglo XXI: no sabemos quiénes somos, no sabemos decir yo, no nos fiamos de nuestra razón y de nuestra experiencia, no nos fiamos de la ciencia (podemos llegar a rechazar las vacunas y a asegurar que la tierra es plana), acabamos buscando un cirujano de hierro que nos saque de la confusión, llegamos a poner en duda el juego de controles y balances propio de la democracia representativa. Es un juego basado en el respeto al camino de cada cual, demasiado frágil cuando hay que distinguir entre verdad y mentira. La realidad ha quedado secuestrada por la postverdad que ya es una realidad universal y necesitamos a alguien que nos saque del laberinto porque hemos perdido la capacidad de distinguir. Y por eso tenemos la tentación de dejar de lado el riesgo de la libertad para conseguir, de un modo rápido, la representación del “verdadero pueblo” y la defensa de los “verdaderos valores”.

Es una historia vieja. Es la historia de la duda moderna: no podemos fiarnos de nuestros sentidos, de nuestra razón, de nuestra experiencia, de nuestro sentimientos, solo podemos fiarnos de lo que somos capaces de hacer, solo podemos acceder a la realidad a través de la mediación de los que han comprendido sus secretos.

Pero ahí está Ken, deslizándose por el tobogán, entusiasmado porque ha descubierto su yo, porque se le ha hecho evidente no en Barbiland sino en el “mundo real”. Detrás de su nombre hay un yo. La razón y el sentimiento le han funcionado, ha dejado de ser un muñeco alienado para convertirse en un chico rubio con criterio propio.

 

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