Justicia en forma de armonía

Mundo · Marta Cartabia
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14 octubre 2020
Para comprender la realidad de los delitos y las penas “hace falta haber visto”. Así lo señalaba Piero Calamandrei en una famosa intervención sobre la situación carcelaria publicada en la revista Il Ponte en 1949. Para Carlo Maria Martini también comenzó así, después de haber visto. Mejor dicho, después de haber visitado. Martini comenzó su actividad pastoral como arzobispo de Milán eligiendo como lugar de elección precisamente la cárcel de San Vittore, donde resonaba para él aquel versículo del capítulo 25 del Evangelio según Mateo que tantas veces citó en sus textos e intervenciones: “Estuve en la cárcel y me visitasteis”.

Para comprender la realidad de los delitos y las penas “hace falta haber visto”. Así lo señalaba Piero Calamandrei en una famosa intervención sobre la situación carcelaria publicada en la revista Il Ponte en 1949.

Para Carlo Maria Martini también comenzó así, después de haber visto. Mejor dicho, después de haber visitado. Martini comenzó su actividad pastoral como arzobispo de Milán eligiendo como lugar de elección precisamente la cárcel de San Vittore, donde resonaba para él aquel versículo del capítulo 25 del Evangelio según Mateo que tantas veces citó en sus textos e intervenciones: “Estuve en la cárcel y me visitasteis”.

La acción de visitar en el pensamiento de Martini tiene un valor humano y religioso muy profundo. Son numerosísimas las veces que aparece en sus textos el reclamo a dicho versículo evangélico, donde visitar –lejos de la formalidad del acto de cortesía que suele evocar el lenguaje común– significa implicarse en una relación comprometida, como el pasaje bíblico donde Dios visita a su pueblo.

De haber visto surge la idea. Idea viene del griego idéin, que significa ver. Cuando uno se deja implicar por la experiencia de lo “que hemos oído, visto, contemplado y tocado”, surgen las grandes preguntas. Son sobre todo las “experiencias paradójicas” de un “mundo al revés” las que despiertan las preguntas y las “ideas brotan cuando uno se pone a buscar, se hace preguntas”. De ahí la potencia creativa e innovadora del conocer visitando.

Lo que uno descubre visitando la cárcel es el conocimiento de que detrás de esos muros habita un mundo paradójico, un mundo al revés donde, para frenar la violencia, hay que realizar un acto de fuerza; donde, para tutelar los derechos, hay que limitar derechos; donde, para garantizar la libertad, hay que restringir libertades; donde, para proteger a débiles e indefensos, hay que hacer débiles e indefensos a los agresores y violentos.

La cárcel es un lugar donde sucede que en cada visita las preguntas que surgen son bastante más numerosas y complejas que las respuestas que pueden ofrecerse. En este sentido, la cárcel es una de esas realidades que espera ser visitada, por esa inexplicable potencia de relaciones que allí se establecen, que obligan a hablarse con verdad.

La génesis de “pensamientos elevados”, valientes y luminosos de Martini ofrece una reflexión de candente actualidad, que se arraiga en su acción, además de en su pensamiento. El problema de la justicia no solo se puede afrontar desde una clave teórico-especulativa. Martini lo afirma claramente en un diálogo con Gustavo Zagrebelsky. Cualquier intento de acercarse a este tema desde un plano meramente especulativo resulta infructuoso y está destinado a fracasar, porque la justicia no es tanto una idea que se sitúa fuera de nosotros sino “una exigencia que postula una experiencia personal: la experiencia, precisamente, de la justicia o, mejor dicho, de la aspiración a la justicia que nace de la experiencia de la injusticia y del dolor que de ella deriva”.

Otra sugerencia metodológica que custodiar al releer las obras de Martini sobre la justicia se refiere a la escucha de la experiencia vivida, de los acontecimientos de la vida personal y social, de los hechos que entretejen las historias personales y del pueblo, que connotan su magisterio, su pensamiento y su acción.

Esta atención a la realidad, aunque necesaria, sin embargo no basta. Los hechos en sí se pueden malinterpretar, pasar desapercibidos, no dejar huella, perderse en medio del estruendo, del descuido, del olvido. Como observa Martini, los acontecimientos “en sí son mudos, o al menos ambiguos (pueden decir una cosa y también lo contrario). Son lo que pasa, algo que cae sobre nosotros pero que no necesariamente llevan dentro su sentido”. Solo al compararlos con un ideal, esos acontecimientos comienzan a hablar, a sugerir un significado, un camino que recorrer. Ese ideal, en el pensamiento de Martini, es sin duda la palabra bíblica, tan llena de ideas, episodios y reflexiones sobre la justicia y sobre la necesidad de liberación que caracteriza la condición propiamente humana.

Creo que son dos los pilares sobre los que se articula la reflexión de Martini: la dignidad de la persona, como una posibilidad inextirpable de recuperación y de cambio, sea cual sea el error cometido; y la construcción de un sistema verdaderamente eficaz desde el punto de vista de la tutela, la seguridad y la integridad de los ciudadanos o, mejor dicho, la recuperación de la armonía en las relaciones sociales.

Entre las muchas ideas que se pueden captar entre líneas en el pensamiento de Martini en materia de justicia penal, no podemos terminar sin mencionar su gran intuición respecto a la necesidad de experimentar formas, por usar palabras del lenguaje actual, de justicia reparadora. Martini extrae de la Biblia la idea de una justicia humana entendida como armonía en las relaciones personales y sociales, donde radica la idea de la justicia como reconocimiento y reconciliación.

Reconocimiento porque sin tomar conciencia del mal cometido, sin una autocrítica sincera, no puede comenzar ningún camino de reconstrucción.

Reconciliación porque el objetivo último del derecho penal no puede ser ante todo el de hacer pagar por el mal cometido sino el de reconstruir los vínculos rotos por la mala acción y reparar el mal cometido.

Como diría el papa Francisco, se “trata de hacer justicia a la víctima, no de ajusticiar al agresor”. De esta idea nace una concepción realmente novedosa de la justicia penal, referida al futuro más que petrificada sobre hechos pasados que no se pueden borrar. Una justicia que reabre una dinámica, una posibilidad de camino, un desarrollo futuro sin condenar al sujeto –reo o víctima– a la fijeza de un pasado sino proyectando lo vivido, que no se puede olvidar, hacia el futuro.

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