Juicio de Dios bajo el comunismo

Mundo · Fernando de Haro, Shanghai
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9 marzo 2018
El padre Joseph Shi, jesuita, es toda una institución. Tiene 90 años. Ha asesorado a varios papas y su intervención, con toda probabilidad, tiene mucho que ver con la búsqueda de un acuerdo con el Gobierno de Xi Jinping que impulsa el Papa Francisco. Se apoya en un bastón y aparece en la gran recepción de la residencia que hay junto a la catedral de Shanghai. Es un edificio frío y desangelado. Hemos esperado a que el padre Shi almorzara, en China se hace a las 11.30.

El padre Joseph Shi, jesuita, es toda una institución. Tiene 90 años. Ha asesorado a varios papas y su intervención, con toda probabilidad, tiene mucho que ver con la búsqueda de un acuerdo con el Gobierno de Xi Jinping que impulsa el Papa Francisco.

Se apoya en un bastón y aparece en la gran recepción de la residencia que hay junto a la catedral de Shanghai. Es un edificio frío y desangelado. Hemos esperado a que el padre Shi almorzara, en China se hace a las 11.30.

Nuestra conversación durará hora y media. Se excusa porque dice que a los 90 años ya no tiene bien la cabeza. Le menciono, para darle la enhorabuena, un artículo que ha escrito en La Civiltà Católica. Y me dice que escribir y hablar son dos cosas muy diferentes. Todo pura pose. En ningún momento le falla ni la memoria ni la lógica en su exposición. Controla hasta el último detalle de cada una de sus palabras.

Shi ya era jesuita cuando Mao llegó al poder. En la compañía sabían que el triunfo de los comunistas en la guerra civil no podía traer nada bueno, así que a los más jóvenes los mandaron a Filipinas. “Yo no viví la época de Mao, estaba fuera y solo nos llegaban algunas noticias por los misioneros extranjeros”, me asegura. Cuando le insisto en la persecución que sufrieron los cristianos en aquella época y en los 70 millones de muertos provocados por el maoísmo me recuerda la fascinación con la que se seguían los pasos del autor del Libro Rojo en Europa. “Después de la formación en Filipinas, me mandaron a Roma, allí yo hacía de traductor y fui formando una biblioteca sobre cuestiones chinas. Venían a pedirme el Libro Rojo de Mao porque les fascinaba, quería que lo explicara”, me replica dejando claro que a sus 90 años está en plena forma. Le sigo apretando. Repaso los años terribles de la Revolución Cultural, la fase de apertura y la nueva política de Xi Jinping que quiere volver a un mayor control. No consigo arrancarle una valoración. ”Yo de las cosas de las que me habla no tuve experiencia. No estaba aquí. Puedo hablar de forma teórica pero prefiero hablar desde mi experiencia”, me contesta. “Pero usted conoce la falta de libertad”, le replicó. Shi se calienta, “pues claro que conozco la falta de libertad que hay en China, todo el mundo sabe eso. Pero uno no decide dónde nace. Hay gente que nace en Washington, yo he nacido aquí. Dios me ha puesto aquí”. “¿Y usted, que es un hombre de fe, me puede decir por qué Dios le ha puesto aquí, cuál es el designio de Dios para esta circunstancia?”, le respondo. Shi entonces se convierte en un profeta y alza la voz: “no os basta con juzgar a los hombres y, encima, queréis juzgar a Dios”.

Este jesuita nonagenario sostiene que al hablar de Iglesia subterránea y de Iglesia oficial los periodistas hemos caído en la trampa de la propaganda. “Hablar aquí de dos iglesias es hacerle el juego al Gobierno. Nunca hubo un cisma, la Iglesia no se rompió, unos están de acuerdo con el Gobierno, otros no”, asegura.

Shi me recuerda que Pablo VI apoyó a China en Naciones Unidas. Y cuando le pregunto por las críticas que ha recibido el Vaticano por pedirle a dos obispos de la Iglesia subterránea que se aparten de sus sedes y que sean ocupadas por dos obispos de la Iglesia oficial me responde que a los obispos los nombra el Papa. Si el Papa dice que un obispo es el obispo de una sede se ha acabado la discusión. Shi, más jesuita a sus 90 años que nunca, más fiel a su cuarto voto que nunca.

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