Juan Pablo II a veinte años de la caída del muro de Berlín

Mundo · Jorge E. Traslosheros (Ciudad de México)
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12 noviembre 2009
Los festejos por los veinte años de la caída del comunismo soviético tuvieron un momento cumbre. Un dominó gigante se derrumbó porque Walesa, el viejo líder obrero de Polonia, empujó la primera pieza. Ese día se echó en falta alguna mención al gran protagonista de aquella historia, Juan Pablo II. No podemos olvidar que en enero de 1981 recibió en el Vaticano a Walesa, que en mayo del mismo año los soviéticos intentaron asesinarlo y que ocho años después el imperio se colapsó. Todo estuvo vinculado. Es un buen momento para recordar al viejo profeta.

Juan Pablo II es difícil de comprender para quienes se empeñan en hacer una lectura política de sus actos. Resulta muy avezado para los tradicionalistas y tradicional para aquéllos que desean cambios espectaculares en la posición de la Iglesia ante el mundo, digamos ser consecuente con las modas del momento. Por mi parte, estoy seguro de que la lectura de Juan Pablo II debe hacerse desde lo que en realidad fue: un líder religioso.  Sus acciones tuvieron profundas consecuencias políticas, como la caída del comunismo soviético, pero difícilmente estuvieron inspiradas en el frío cálculo de la técnica del poder. Desde la perspectiva religiosa sus actos nos hablan de una persona de profunda coherencia.

Juan Pablo II fue un místico y un profeta cuya tremenda fuerza provenía de la oración. Una fuerza que se hizo evidente ante un cúmulo de enfermedades que le consumieron poco a poco sin merma de su entusiasmo. Mucha fortaleza se necesita para sufrir abierto a la esperanza. En su íntima relación con Dios debemos buscar su valentía para denunciar la injusticia y anunciar el mensaje del pobre de Nazaret en los rincones más apartados del planeta. Su pasión por Jesús le llevó a poner en el centro de su programa la promoción de la libertad religiosa y de los derechos humanos. Por eso desconcierta a los conservadores su defensa de los países del tercer mundo, su oposición a la violencia, a las dictaduras militares en América Latina, a la guerra, a la pena de muerte; como confunde a los liberales su oposición al aborto, la clonación, la experimentación con embriones, la eutanasia, las llamadas dictaduras de izquierda. Y a todos perturba su condena a la enajenación y el narcisismo que hoy marcan la cultura occidental. No podemos olvidar que el primer acto de Juan Pablo II como Papa fue llamar a no tener miedo de creer en Jesucristo y, en coherencia con la fe, anunciar el evangelio, denunciar la injusticia, decir la verdad, defender la dignidad de la vida. No tener miedo a vivir en oración, a sufrir, a enfrentar a los poderes cuando sea necesario, a defender a los pobres, a los desamparados, a ser la voz de los sin voz.

Alguna vez alguien le preguntó sobre el colapso del comunismo. Entonces afirmó que éste no cayó por alguna conjura internacional, sino por su incapacidad para comprender la grandeza del ser humano. Resulta que un día alguien decidió ser consecuente con su fe y no tener miedo. Entonces empujó una pieza de dominó. Ése fue Juan Pablo II.

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