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Jonás llevaba razón

Editorial · Fernando de Haro (Qaraqosh, Iraq)
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15 enero 2017
Escribo desde Qarasqosh, el ground zero del genocidio cristiano en el norte de Iraq. Un genocidio que no se quiere reconocer. Cinco check points desde Erbil para llegar a la que fue la mayor ciudad cristiana del país. Los tres primeros de los peshmergas. El ejército kurdo dosifica la entrada. Desde la siete de la mañana, largas colas para cruzar los controles. Los kurdos permiten a los cristianos visitar sus casas a cuenta gotas. Dos horas antes de la puesta del sol tienen que volver. El ejército iraquí, que controla la zona más cercana a Qaraqosh, es más flexible. A la entrada de la ciudad patrullan también las fuerzas estadounidenses. De fondo se oyen los bombardeos, explosiones roncas, irreales. El responsable de la milicia cristiana cuenta que ha detenido a dos miembros del Daesh a escasos kilómetros.

Escribo desde Qarasqosh, el ground zero del genocidio cristiano en el norte de Iraq. Un genocidio que no se quiere reconocer. Cinco check points desde Erbil para llegar a la que fue la mayor ciudad cristiana del país. Los tres primeros de los peshmergas. El ejército kurdo dosifica la entrada. Desde la siete de la mañana, largas colas para cruzar los controles. Los kurdos permiten a los cristianos visitar sus casas a cuenta gotas. Dos horas antes de la puesta del sol tienen que volver. El ejército iraquí, que controla la zona más cercana a Qaraqosh, es más flexible. A la entrada de la ciudad patrullan también las fuerzas estadounidenses. De fondo se oyen los bombardeos, explosiones roncas, irreales. El responsable de la milicia cristiana cuenta que ha detenido a dos miembros del Daesh a escasos kilómetros.

Al llegar a las primeras calles la imagen es dantesca. Como la que he visto al norte de Mosul, en Batnaya y en Teleskof. Pero aquí la desolación si cabe es más impresionante. Se trata de un gran pueblo fantasma. La única ventaja es que no hay minas. Las casas abandonadas a toda prisa están saqueadas. Muchas de ellas bombardeadas por la coalición internacional. Los cristianos que han conseguido entrar esta mañana queman sus ropas a las puertas de sus hogares. No quieren recuperar nada que los milicianos del Daesh hayan usado. Se elevan columnas de humo aquí y allá. Todos los muebles han desaparecido. Cuando alguien del Daesh se casaba venía a Qaraqosh a abastecerse. Las pocas mujeres que no se marcharon fueron violadas repetidamente y convertidas en “esposas” del Estado Islámico.

En la gran catedral sirio católica, levantada con el esfuerzo de todo el pueblo, los representantes del califato instalaron una galería de tiro. Han quemado el techo y en las columnas de la nave principal hay pintadas en favor del Estado Islámico. La voluntad de destrucción del Daesh tiene una obsesión: las cruces. Las mutila todas, las derriba, las fusila.

El cementerio está custodiado por el ejército iraquí. Hace falta una larga negociación para visitarlo. La soledad de los muertos solo está acompañada por el ladrido de perros sin sueño. El Estado Islámico ha profanado las tumbas, como en los pueblos del norte.

Se ha cumplido la profecía del profeta Jonás. Las madres de los niños cristianos de Nínive les enseñaban a sus hijos desde hace 30 años que la profecía se había cumplido tres veces. Pero esta es la cuarta vez que Nínive (Mosul) y su llanura es destruida. Jonás llevaba razón. No será la última, pronto puede llegar la definitiva. El Daesh no es ya la mayor amenaza.

Cuando el Daesh tomó la llanura de Nínive había 120.000 cristianos. Escaparon a Erbil y a los pueblos del norte. La mitad se ha marchado ya del país. Y los otros 60.000 no saben si volver. Todo el mundo tiene pretensiones sobre sus tierras. Los kurdos, que no lo defendieron en su momento, quieren ampliar su frontera. El gobierno de Iraq, chiíta, acaricia la idea de transformar los pueblos cristianos en una zona de su propia confesión que sirva de contención a los suníes. La moderación islámica de los kurdos parece estar convirtiéndose en radicalismo.

Lo “extraño” es que, en estas circunstancias, Naciones Unidas se niegue a calificar lo sucedido como un genocidio. Lo ha hecho Estados Unidos y lo ha hecho el Parlamento Europeo. ¿Por qué no una resolución que reconozca los hechos? ¿Es necesario contentar en este caso las pretensiones chiítas?

Nínive ha sido destruida por cuarta vez pero Jonás sigue saliendo de la ballena al tercer día. Los cristianos no saben si podrán volver. Pero no pocos en estas circunstancias redescubren su fe. Con conmoción se puede escuchar cómo un joven de 20 años, que huyó del Daesh, en su cuarto desordenado y utilizado por el califato, me dice que en estos dos años y medio se ha dado cuenta de que Dios está a su lado. Si un joven mira sin odio su destino es que la ballena ha sido vencida. Jonás llevaba razón.

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