Jesús también iba al colegio

Cultura · Giuseppe Frangi
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21 octubre 2020
En la cripta de la catedral de Siena, a principios de la pasada década, tuvo lugar uno de los descubrimientos artísticos más extraordinarios de los últimos años. Liberando un espacio de los restos de una antigua obra de relleno por problemas en el coro de la catedral, aparecieron unos frescos extraordinarios de finales del siglo XIII. En algunas partes, esos frescos conservan una calidad cromática impresionante justamente porque han estado durante siglos “protegidos” de la luz y de otros agentes atmosféricos.

En la cripta de la catedral de Siena, a principios de la pasada década, tuvo lugar uno de los descubrimientos artísticos más extraordinarios de los últimos años. Liberando un espacio de los restos de una antigua obra de relleno por problemas en el coro de la catedral, aparecieron unos frescos extraordinarios de finales del siglo XIII. En algunas partes, esos frescos conservan una calidad cromática impresionante justamente porque han estado durante siglos “protegidos” de la luz y de otros agentes atmosféricos. Este ciclo es un documento precioso del inicio de la gran pintura sienesa, donde algunos expertos han llegado a reconocer en ciertas escenas al primer Duccio, y allí aparece una escena curiosa e insólita: un niño Jesús sentado en un banco de escuela con una tablilla escrita delante. Es un niño Jesús muy aplicado, que levanta la mano para hacer una pregunta al maestro que tiene delante. Es un tema extraño, pero no único. En Alemania, por ejemplo, en una de las vidrieras del siglo XIV de Nuestra Señora de Esslingen, en Stuttgart, el artista representa una escena bellísima de María llevando al colegio a Jesús niño, en este caso un poco reacio. De hecho, le agarra del brazo enérgicamente. Es probable que ambas escenas se inspiraran en el Evangelio de la infancia de Tomás, uno de los evangelios apócrifos. «Entró decidido en la escuela y tomó un libro colocado en el atril», se dice allí. Es bonito pensar en Jesús en clase durante estos días tan delicados e importantes para nuestros colegios. Él también pasó por las aulas, por los maestros, por los pupitres. Él también vivió esas actitudes opuestas de diligencia y pereza. Aquí el primero de la clase, allí un poco rebelde. Un alumno que causaba cierta preocupación a sus padres, aunque eran preocupaciones para las que todos los padres firmarían: Jesús sabía demasiado y dejaba sin palabras a sus maestros, como cuenta el Evangelio de Tomás. Es bonito ver que la escuela es una experiencia importante y decisiva para la historia y el crecimiento de una persona, tanto que hasta el hijo de Dios pasó por allí, como todos. Jesús también tuvo compañeros de clase, hizo deberes con ellos, escuchó las lecciones de los maestros. El hijo de María y José también aprendió a leer y escribir el arameo. Podemos imaginar que le gustaba el colegio, no por su naturaleza especial, sino porque el colegio es una experiencia que no puede no gustar, por mucho que cueste. Es el lugar donde se aprende a aprender. El lugar de los encuentros y de la apertura a la realidad, como dijo el papa Francisco, uno de los grandes forofos de la educación. “Ir a la escuela significa abrir la mente y el corazón a la realidad, en la riqueza de sus aspectos, de sus dimensiones. Y nosotros no tenemos derecho a tener miedo de la realidad. La escuela nos enseña a comprender la realidad. Ir a la escuela significa abrir la mente y el corazón a la realidad, en la riqueza de sus aspectos, de sus dimensiones. ¡Y esto es bellísimo!”, decía Bergoglio en 2014 a un grupo de estudiantes y profesores. Realmente, la escuela es mucho mayor que los miedos.

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