Iraq y los horrores de EEUU

Mundo · Robi Ronza
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25 junio 2014
Así que Juan Pablo II tenía razón cuando, en el mensaje de Navidad de 1990, decía, es más, gritaba que esperaba con ansia “que desaparezca la amenaza de las armas” en la región del Golfo. Y continuaba: “¡Los responsables han de persuadirse de que la guerra es una aventura sin retorno! Con la razón, con la paciencia y con el diálogo, y con el respeto a los derechos inalienables de los pueblos y de las gentes, es posible descubrir y recorrer los caminos del entendimiento y de la paz”.

Así que Juan Pablo II tenía razón cuando, en el mensaje de Navidad de 1990, decía, es más, gritaba que esperaba con ansia “que desaparezca la amenaza de las armas” en la región del Golfo. Y continuaba: “¡Los responsables han de persuadirse de que la guerra es una aventura sin retorno! Con la razón, con la paciencia y con el diálogo, y con el respeto a los derechos inalienables de los pueblos y de las gentes, es posible descubrir y recorrer los caminos del entendimiento y de la paz”.

Todo lo que sucedió, hasta los hechos de estos días, después de que aquel llamamiento suyo no fuera atendido, no ha dejado nunca de confirmarlo. Lejos de ser utópico y abstracto, su llamamiento era de hecho mucho más realista y positivamente político que la pretensión del presidente norteamericano George Bush senior de resolver el problema con la guerra contra Iraq, que estallaría unas semanas después. Y que la pretensión posterior de George Bush junior de hacerlo aún pero que el padre, quien al menos, cuando se dio cuenta de que no tenía preparada una alternativa a Saddam Hussein, tuvo el coraje de detenerse.

La crisis de estos días no se explica por sí sola, ni mucho menos podemos pensar que se pueda resolver con intervenciones militares de emergencia. Echar un poco de agua al fuego es una obvia y urgente necesidad, pero nada cambiará si no se mete mano al ovillo que se ha liado para desenredarlo con toda la firmeza necesaria, atesorando por fin la fórmula que Juan Pablo II proponía hace ya casi veinticinco años.

En primer lugar hay que afirmar firmemente que la paz se debe negociar con todas las partes implicadas, con todos los que están sobre el terreno, y no solo con aquellos que nos gustan más. Eso de excluir a priori a algunos de las negociaciones es una pretensión histórica de la diplomacia americana que nunca ha dejado de generar problemas. Pretender dejar a alguna de las partes en causa fuera de la negociación equivale de hecho a concebir la diplomacia como la continuación de la guerra con otros medios; y por tanto a excluir la posibilidad de cualquier acuerdo.

En el caso de la crisis iraquí en el punto al que ha llegado, guste o no, Irán es un interlocutor ineludible. Se puede entender que Estados Unidos preferiría que no fuera así, pero entonces tendría que haberse comprometido para que en Iraq después de Saddam Hussein la mayoría chiíta no prevaleciera sobre la minoría sunita, a pesar de su deseo de vengarse de los males sufridos cuando el sunita Saddam Hussein estaba en el poder.

Ahora nos encontramos ante una insurrección extendida por el norte de Iraq suní, donde la incursión de los integristas del Isis procedentes de Siria ha servido de detonador (de hecho, ellos solos no habrían tenido ni la fuerza ni la capacidad logística suficiente para penetrar tan amplia y profundamente en Iraq). Ante esta situación, la fuerza de los acontecimientos empuja a los chiítas del sur de Iraq hacia Irán, el gran vecino chiíta. Estando así las cosas, Obama sin embargo ha rechazado la mano tendida de Irán. Es decir, ha hecho algo que llegados a este punto no se puede permitir, mucho más teniendo en cuenta el peso que Irán ha conseguido en una Siria despedazada por el imprudente asalto de Washington contra el régimen de Assad.

En este contexto, se hace cada vez más urgente algo que sin embargo EE.UU no quiere consentir de ninguna manera y mucho menos promover: una acción diplomática ampliamente consensuada que conduzca a una conferencia general sobre Próximo y Medio Oriente, una especie de “congreso de Viena”, donde afrontar el problema de los desequilibrios que sufre la región en su conjunto y preparar soluciones de un modo coordinado. “Con la razón, con la paciencia y con el diálogo, y con el respeto a los derechos inalienables de los pueblos y de las gentes”: se trata en definitiva de preparar la superación de los complejos desequilibrios que comenzaron en la región cuando, al término de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña y Francia se repartieron las provincias árabes del desaparecido Imperio Otomano. Unos desequilibrios que Estados Unidos, que se hizo con el control de Gran Bretaña y de Francia después de la Segunda Guerra Mundial, no ha hecho más que incrementar.

¿Es una empresa ardua? Sin duda, pero si verdaderamente queremos la paz no se puede hacer otra cosa.

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