Interpretaciones de guerra

Editorial · Fernando de Haro
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2 octubre 2022
Solo se ve lo que se mira y mirar es un acto de la libertad. Hasta ahora los socios de la UE han hecho una interpretación común del significado de la invasión rusa. La cuestión decisiva es cómo el acto libre de mirar puede ser compartido.

Los hechos son conocidos. Hace una semana varios sismógrafos detectan explosiones en  aguas de Suecia y de Dinamarca, por las que pasan el Nord Stream 1 y el Nord Stream 2. Horas después se identifican las cuatro fugas en los gaseoductos que han supuesto la mayor emisión de metano de la historia. Las tuberías quedan inutilizadas. El Kremlin asegura que se trata de  un atentado del terrorismo internacional y sugiere que Estados Unidos está detrás del sabotaje. No hay pruebas. Pero la suma de indicios es muy concluyente: Putin se ha anexionado cinco provincias del este de Ucrania y, cuando el invierno se acerca, quiere intimidar otra vez a los europeos. A través del Nord Stream llegaba el quince por ciento del gas consumido por el  Viejo Continente. Sería interesante saber cuántos rusos,  después de que se haya  decretado la movilización de reservistas, aceptan la versión oficial de Moscú. Un afecto contrariado suele estar menos disponible a las fake news.

Con los mismos hechos se pueden hacer varias interpretaciones, incluso interpretaciones divergentes. Es difícil encontrar en la Unión Europea alguien que acepte la versión de Moscú. Pero hay quien considera que las fugas certifican la necesidad de acelerar una negociación. Desde el pasado mes de febrero algunos afirman que buena parte de la culpa de lo está ocurriendo  es consecuencia de los excesos y de la falta de sensibilidad de un Occidente arrogante. Quien mantiene esta posición explica lo sucedido hace unos días como un claro aviso. Ha llegado el momento de convencer a Zelensky de que se olvide de recuperar todo el territorio ucraniano. Bastante ha conseguido ya con  un alto coste de vidas humanas. Lo óptimo es enemigo de lo bueno. Es necesario darle una salida a Putin, no hay que poner al  enemigo contra la pared. Hay que evitar un  invierno con el precio del gas disparado. Hasta no hace mucho esa era la posición alemana. Luego están los que entienden que es necesaria una liberación completa de Ucrania porque está en juego la integridad  y libertad de Europa, y en gran medida el futuro del mundo en las próximas décadas. Estos también entienden el sabotaje y la anexión como un aviso. Putin ha elevado la apuesta y ha demostrado que no está dispuesto a detenerse ante nada ni ante nadie. La negociación no es imposible ni es deseable. Estos segundos son mayoría.

Lo dicho: los mismos acontecimientos, dos modos diferentes de darles significado. Cuando se mira o se quiere leer un fenómeno nunca se parte de una posición neutral. La mirada no es un proceso mecánico. Lo que se sabe, lo que se cree, afecta al modo de ver las cosas. Solo se ve lo que se mira y mirar es un acto de la libertad. Más aún si hablamos de una guerra.

Hasta ahora los socios de la UE han hecho una interpretación común del significado de la invasión rusa. Han compartido mirada. Y eso ha permitido ir, poco a poco, coordinando las políticas energéticas. Sin esa  interpretación común no habría unidad real,  los consejos de ministros europeos o la Comisión no tendrían autoridad. Si en las próximas semanas o meses se solidificaran sensibilidades diferentes se seguiría hablando de la unidad de los socios pero esa unidad no significaría nada.

La teoría de la resolución de conflictos nos explica qué sucede cuando no se comparte la lectura de los hechos. El mediador debe conseguir que las dos partes abandonen el terreno del significado y se centren en el ámbito de los intereses. No se reconoce autoridad común en la interpretación. De hecho,  el arbitraje  no aspira a reconstruir la comunidad. No puede hacerlo como no puedo hacerlo una autoridad externa aunque maneje los mandos del poder. Por eso la cuestión decisiva es cómo el acto libre de mirar puede ser compartido.

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