Intelectualismo y arrogancia

Mundo · José Luis Restán
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25 febrero 2009
Recuerdo un debate radiofónico en el que un católico autodenominado progresista rechazaba mi afirmación de que en la plaza de Colón, reunido en torno al Papa Juan Pablo II, había estado el pueblo cristiano. Hubo cerca de dos millones, de toda edad y condición, pero según el sabio allí no estaba el pueblo. Aquellas gentes que arrastraban consigo sus esperanzas y debilidades, que quizás no fueran ejemplares en esto o en aquello pero que mostraban su alegría de reconocerse en torno al testimonio de Pedro, no reunían las condiciones dictadas por el "cristiano adulto" para reconocerles el carácter de pueblo.

Es lo que sucede al viejo Hans Küng, viejo no por su edad sino por el olor que despiden sus recauchutadas proclamas. En Le Monde, el templo del progresismo europeo, el viejo Küng ha dicho que la Iglesia corre el riesgo de convertirse en una secta y que millones de católicos no esperan ya nada de este Papa. Es el mismo Küng que en las principales cabeceras europeas anatematizó a finales de los 70 el pontificado de Juan Pablo II, el mismo que anunciaba catástrofes durante el Cónclave que eligió a Benedicto XVI, el mismo que hace ya demasiados años abandonó la casa paterna y se entregó a sus propios ensueños. Sí, él sabe mucho de sectas, puesto que sectario es quien se aparta de la enseñanza de los apóstoles para construir su propia imagen de la fe. Su premio, triste y escaso, es el aplauso de quienes aborrecen la presencia histórica del cristianismo en nuestra sociedad, algo que parece hacerle reflexionar.

Pero el pueblo de Dios, a veces brillante como un ancho río y otras menguado y herido, como decía Pablo VI, está siempre junto su pastor, y no donde quisieran colocarle el partido de los sabios. El pasado domingo, tras el rezo del Ángelus, Benedicto XVI se dirigía a los peregrinos alemanes con estas significativas palabras: "Cristo ha elegido a Pedro como la roca sobre la que Él quiere construir su Iglesia… Pidamos a San Pedro que, por su intercesión, las confusiones y las tempestades no sacudan a la Iglesia, que permanezcamos fieles a una fe genuina, que nos mantengamos en la unidad y vivamos en el amor recíproco". Son palabras que expresan la plena conciencia que tiene el Papa de lo que está sucediendo. Pero, al contrario de lo que algunos dicen con buena intención, él no ha perdido la paciencia, sino que mantiene con serenidad el pulso en el timón. Como me decía recientemente uno de sus colaboradores, él sabe, como buen cristiano, que aunque debe poner todo de su parte, quien resuelve en última instancia los problemas de la Iglesia es el Señor.

Y mientras soplan los vientos, el Papa continúa sin desmayo su obra de insertar la novedad introducida por el Concilio Vaticano II en la continuidad de la tradición. Es eso lo que desquicia a personas como Küng, que habían decretado el alumbramiento de una nueva iglesia. A Pedro le corresponde defender las legítimas particularidades en la Iglesia, y al mismo tiempo procurar que éstas no perjudiquen a la unidad sino que cooperen a ella. Y es verdad que para realizar esta misión sólo puede exhibir la autoridad recibida de Cristo, y no los pomposos títulos de los sabios al estilo Küng. Viene al pelo la severa advertencia pronunciada por Benedicto XVI hace pocos días: allí donde la fe degenera en intelectualismo y la humildad es sustituida por la arrogancia de creerse unos mejores que los otros, nace una caricatura de la Iglesia, que debería ser una sola alma en un solo cuerpo.

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