Incendies

Cultura · Juan Orellana
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10 marzo 2011
El director canadiense Denis Villeneuve adapta al cine la famosa obra teatral de Wajdi Mouawad, por la que quedó hondamente impresionado cuando la pudo ver en Montreal. Se trata de la historia de dos hermanos gemelos que se reúnen con el notario tras la muerte de su madre, Nawal. La lectura del testamento abre una ignota puerta al pasado que Jeanne y Simon deberán cruzar con mucho dolor si quieren paz para el presente. La película es una radiografía terrible de los conflictos en Oriente Medio, que aunque parece reflejar la guerra del Líbano, lo cierto es que tiene una vocación universal.

El director parte de una premisa inexacta, esto es, que la religión es motivo de conflicto, pero no se da cuenta de que lo que muestra en el film son posiciones que han sustituido la religión por la ideología. En la película, tanto cristianos como musulmanes hacen de sus creencias una excusa para exclusivismos nacionalistas, territoriales o racistas. Por eso podemos ver aberraciones como metralletas adornadas con una pegatina de la Virgen. Hecha esta necesaria salvedad, hay que decir que la película es monumental. Monumental por su viaje al odio y al dolor y la superación de los mismos en nombre del amor; monumental por su contundencia en la forma de contar los hechos en montaje paralelo; y monumental por su resolución que rompe el férreo fatalismo de la tragedia griega en aras de una exaltación de la libertad genuinamente cristiana.

Incendies obliga al espectador a un durísimo viaje en que no se va a privar de nada: crímenes, infanticidios, torturas, violaciones… pero tras el descenso a los infiernos, va a encontrar una "resurrección" en la que todo el mal se transforma en ocasión de bien. Y la razón que propone el film es que este mundo no está hecho de buenos y malos, sino de hombres heridos susceptibles de redención. Todos los personajes tienen heridas, o en su pasado o en su presente, y la espiral del odio sólo se supera mirando dentro de uno mismo. Hasta el personaje más deleznable del film, asesino y torturador, tiene su oportunidad, que debe que pasar por el dolor y el arrepentimiento.

En el origen de la trama hay una relación de amor entre una cristiana y un musulmán. En un mundo de odio y enfrentamiento mutuo, ese amor se considera una ignominia que debe ser castigada. Y de ahí arranca toda la espiral de violencia e injusticia que Nawal y los espectadores van a padecer. Pero es también ese amor el que va a fructificar en el tiempo en frutos de superación del mal. Esto se nos va a contar de forma paralela en dos tiempos distintos: las vivencias de Nawal en los años setenta, y las actuales pesquisas de su hija Jeanne para conocer el pasado de su madre. Ambos personajes sostenidos por unas interpretaciones memorables de Lubna Azabal y Melissa Désormeaux-Poline.

La película ha sido un éxito de taquilla en Canadá, y ha obtenido el premio a la mejor película canadiense en el Festival de Toronto, y tres premios en el Festival de Valladolid. También ha estado nominada a los Oscar a Mejor Película en habla no inglesa.

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