Ian McEwan y las (imprevisibles) consecuencias de nuestras acciones

España · Silvia Stucchi
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29 diciembre 2014
Abandonados ya desde hace años los tonos macabros y extraños de algunos de sus primeros relatos y novelas, Ian McEwan sigue indagando, a través de la exploración de una serie de casos límite, los temas de la fragilidad, el conflicto, el dilema moral, especialmente cuando quienes atraviesan esos estados de ánimo son personajes maduros, asentados, con un papel bien definido, incluso diríamos con un prestigio social unánimemente reconocido.

Abandonados ya desde hace años los tonos macabros y extraños de algunos de sus primeros relatos y novelas, Ian McEwan sigue indagando, a través de la exploración de una serie de casos límite, los temas de la fragilidad, el conflicto, el dilema moral, especialmente cuando quienes atraviesan esos estados de ánimo son personajes maduros, asentados, con un papel bien definido, incluso diríamos con un prestigio social unánimemente reconocido.

Sin ir más lejos, en su penúltima novela, “Operación dulce”, la protagonista es una joven bien parecida, la hermosa y un poco torpe Serena Frome, recién reclutada por los servicios secretos ingleses, e hija de un obispo de la Iglesia de Inglaterra. En cambio, en “The children act”, es una mujer madura, de 59 años, Fiona Maye, jueza especializada en derecho de familia, que en un lluvioso verano inglés debe enfrentarse a dos espinosas cuestiones. La primera es de carácter exclusivamente privado y se refiere a la crisis, aparentemente irreversible, de su matrimonio. Su marido, un académico latinista, reprochándole su frialdad, le confiesa su intención de permitirse, antes de su inevitable declive y de la llegada de la vejez, una aventura con una veinteañera experta en estadística.

La otra cuestión es de orden profesional y moral: Fiona es llamada a deliberar sobre el caso de un chico, Adam Henry, de 17 años y nueve meses, gravemente enfermo de leucemia, que corre el riesgo de morir si, aparte de los tratamientos que ya recibe, no le realizan una transfusión, práctica a la que sus padres se oponen por ser testigos de Jehová. De hecho, el propio Henry es contrario a la transfusión, pues al autorizarla tanto él como sus padres quedarían aislados por su comunidad.

Fiona no es la primera vez que se enfrenta a casos espinosos: divorcios complicados, casos de acogida muy complejos, y hace unos años la terrible historia de dos gemelos siameses para los que autorizó una intervención quirúrgica que les separase y que salvaría al más fuerte de los dos, condenando a muerte al más débil y desafortunado.

Sin embargo, quizás por la concomitancia del caso con su difícil situación personal, nada parece turbarla más que el caso de Adam Henry, hasta el punto de que Fiona, una mujer ordenada y estricta, decide –según un procedimiento absolutamente atípico– ir a visitar al chico al hospital. Allí se encontrará con un adolescente extraordinariamente despierto, de gran sensibilidad, amante de la poesía y, como Fiona, de la música: y así es como sorprenderemos a la severa jueza cantando con el acompañamiento de Adam al violín.

Reflexionando sobre el concepto de “bienestar del menor”, central en todas las sentencias referidas a casos similares, pero sobre todo conmovida y turbada porque “quien toma entre sus manos un violín, o cualquier otro instrumento musical, realiza un gesto de esperanza que comporta el deseo de un futuro”, Fiona dispone que el chico, a pesar de la opinión de sus padres, sea sometido a la transfusión. Se vuelve a percibir en estas páginas una mínima huella de aquella especie de complacencia detallista, con un ligero toque macabro, con que McEwan solía afrontar los temas relativos al cuerpo y la enfermedad.

Tomemos un ejemplo muy claro: la terrible operación neurológica, ilustrada con extraordinario detalle, que en “Sábado” salva la vida, abriéndole literalmente la cara, a la chica que el protagonista acaba de conocer y que se convertirá en su mujer, que tiene lugar en el hospital porque está perdiendo la vista a causa de un tumor benigno que le comprime la pituitaria. Pero en “The children act”, McEwan, declaradamente ateo, explora en primer lugar los resultados extremos de un convencimiento que puede orientar, en un sentido o en otro, hacia la solución de un dilema moral, y en segundo lugar –un ámbito que parece que le apremia aún más– se aventura a demostrar cómo, muy a menudo y de manera increíble, muchas cosas terribles son realizadas por personas que no son para nada terribles.

Un apólogo sobre la ambigüedad de los resultados inherente a todas las acciones humanas, “The children act” toma de hecho un nuevo ímpetu y atrapa al lector precisamente a partir de la solución de la primera emergencia médica que afecta al chaval. De hecho, una vez salvado por la transfusión, él se da cuenta de que también sus padres, obviamente, están aliviados por el hecho de que la vida de su hijo ya no corre peligro, y todo ello sin que hayan tenido que violar a sabiendas y conscientemente los dictámenes de su religión. Pero ese humanísimo sentimiento Adam lo interpreta, con impetuosidad y con el maniqueo entusiasmo propio de sus 17 años, como hipocresía. Y en la renovada energía de su convalecencia, se rebela contra su familia, contra la religión, contra todo aquello en lo que ha creído y crecido, viendo en Fiona a su estrella polar, escribiéndole cartas llenas de emoción y ternura, y finalmente acechándola, siguiéndola, suplicándole que le permita vivir en su casa, convirtiéndola en guía y mentora para su maduración.

La obvia y natural negación de Fiona –qué otra cosa podría haber hecho una jueza, una mujer sensata, concreta, equilibrada, inteligente, aguda (de ella, el presidente del Alto Tribunal de Justicia había dado esta definición: “Divino desapego, diabólica perspicacia, y una belleza que no se marchita”), pero también sensible y de alma gentil– comporta sin embargo una catástrofe, aparentemente imprevista. Como siempre, las páginas de McEwan, un autor con la extraña capacidad de fondear en los meandros del alma humana, aquí (como hizo también en “Expiación”, considerada por muchos como su obra maestra, pero aún más en la absolutamente perturbadora “El placer del viajero”) nos advierten que no olvidemos nunca cuánta ambigüedad potencial puede conllevar, en los resultados y en las consecuencias, cada gesto nuestro, cada convencimiento nuestro, cada acción nuestra.

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