Humanamente cristiano

Editorial · Fernando de Haro
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1 mayo 2022
Ni extranjera ni enemiga. Dos años antes de morir (1986), el gran teólogo del siglo XX Von Balthasar señalaba que la Iglesia debía ser “una sociedad con movimiento centrífugo, no un pueblo encerrado en sí mismo”.

De ahí su convicción de que la “Iglesia no debe encontrarse en el mundo moderno como extranjera o como enemiga para poder comunicarle su mensaje, más bien debe infiltrarse en el mundo para asimilar lo que es válido en los nuevos sistemas”. El pensador suizo, lejos de lamentarse por la situación del mundo contemporáneo, la consideraba una oportunidad para retomar aspectos del cristianismo olvidados. Y así aseguraba que “todas estas novedades (las de la sociedad actual) pueden recordarle a la Iglesia qué tesoros olvidados o aún no descubiertos posee en sí misma”. Estaba lejos de una postura defensiva que diese por supuesto el contenido de la fe. Años antes ya otros habían reflejado la misma sensibilidad. Explicaron que el cristianismo no está definido por un contenido fijo de posiciones que hay que defender, como una antítesis ante el mundo. Más bien lo que le es propio es su capacidad de asumir lo nuevo dándole un horizonte más verdadero, más auténtico.

Este espíritu es el que late en Credere, el libro de la Mondadori que recoge una conversación entre Umberto Galimberti y Julián Carrón. Galimberti tiene la frescura que le proporciona seguir haciendo terapia. Al psiquiatra no le interesa si Dios existe o no, lo que le interesa es si Dios hace historia. Y concluye que no. De ahí surge el nihilismo, el futuro ha dejado de ser promesa, todo está dominado por la angustia. Los jóvenes no recurren a las drogas buscando el placer sino una anestesia. Sus problemas no son provocados por el sexo, como hace décadas, sino por la falta de sentido. Todo eso ocurre en un mundo en el que el hombre ha dejado de ser sujeto de la historia: la técnica es instrumental, nos dice a qué debemos dedicarnos. Haciéndose eco del sentir de muchos, el psiquiatra dice no fiarse de la razón. En realidad, la diosa de la Ilustración es solo un conjunto de reglas que permite hacer previsible el comportamiento humano.

Estas son, según Galimberti, las “novedades” que definen nuestro tiempo. Carrón no asume una posición defensiva. Acepta que la secularización es un dato de hecho, pero la considera una oportunidad para preguntarse por la verdadera naturaleza del cristianismo, para superar su reducción a ética o a espiritualidad. El sacerdote español no acepta que la necesidad de significado tenga que generar necesariamente desesperación. El poder quiere efectivamente reducir la persona a algoritmo. Pero esa pretensión está condenada al fracaso porque la gran influencia de la técnica no puede silenciar el yo que hay en cada de nosotros, un yo aparentemente insignificante, impotente, casi inútil, pero irreductible. El hombre siempre será hombre. Esta posición diferente sobre el valor histórico del yo tiene su origen en cómo los dos protagonistas de la conversación valoran la razón. Frente al pesimismo de Galimberti, Carrón ve posible “salvar la razón” siempre y cuando se superen los estrechos límites del racionalismo. Si se admite que la razón puede conocer a través del método de la “certeza moral”, a través de la convergencia de los signos.

Lo más interesante quizás de lo que señala Carrón es que la recuperación del yo no es automática. No cualquier fe sirve para salvar la razón, es decir lo humano. El fideísmo siempre está al acecho para vaciar el valor del cristianismo. Su juicio en este punto es de rabiosa actualidad. Si el deseo de significado se codifica en una forma de religiosidad definida por el hombre (la famosa self religion estadounidense) no se detiene la locura colectiva. El catolicismo también puede convertirse en una self religion (esto no lo dice Carrón pero es fácil deducirlo). Es necesario hacer experiencia de que la fe genera no una explicación sino una vida más vivible que tiene origen en una Presencia encontrable (así es como Carrón habla de Cristo). No es útil cualquier cristianismo, ni el cristianismo ético de la Ilustración (que censuraba su origen) ni el cristianismo que habla todo el día de Cristo pero es incapaz de hacer historia. El futuro del cristianismo depende de su capacidad de generar personas consistentes, con un yo sólido en cualquier circunstancia. De otro modo pierde la partida, de hecho ya la ha perdido en muchos ámbitos, superado por sectas carismáticas o apocalípticas.

Carrón, como viene siendo habitual, rechaza contar o utilizar cualquier tipo de poder para comunicar la belleza de la fe. Solo una vida puede generar vida. Lo que cuentan son vidas cambiadas. Él mismo explica al final de la conversación, con su propia experiencia, en qué consiste una vida cambiada. La relación con el carisma de Giussani, siendo ya sacerdote, le invita a realizar un movimiento de ida y vuelta. Redescubre a Cristo y eso le permite amar su humanidad, le permite mirar su deseo sin miedo. Y, a la vez, se le hace evidente que, sin su humanidad deseosa, no puede darse cuenta de quién es Cristo, de su excepcionalidad.

Esta experiencia de ida y vuelta, que no puede darse por supuesta, es de la que nace un cristianismo que está a la altura de los tiempos, que no es ni sublimación espiritual ni refugio sociológico.

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