Huérfanos de un atlantismo que ya no tiene sentido

Mundo · Robi Ronza
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1 junio 2017
Ya dijo Obama en 2009, claro y rotundo, que le parecía que el G7 era algo ya superado. Considerando además que la zona del Pacífico ya era más importante para EE.UU que la del Atlántico, propuso sustituirlo por el G20, del que también forman parte los principales países asiáticos (y de los demás continentes del hemisferio sur). Sin prestar atención a las consecuencias de esta propuesta podría tener para Europa, el gran coro de la prensa europea siguió tocando las trompetas por Obama.

Ya dijo Obama en 2009, claro y rotundo, que le parecía que el G7 era algo ya superado. Considerando además que la zona del Pacífico ya era más importante para EE.UU que la del Atlántico, propuso sustituirlo por el G20, del que también forman parte los principales países asiáticos (y de los demás continentes del hemisferio sur). Sin prestar atención a las consecuencias de esta propuesta podría tener para Europa, el gran coro de la prensa europea siguió tocando las trompetas por Obama.

Con la llegada de Trump, para los huérfanos y viudas inconsolables de Obama ya nada va bien, tampoco su atención a Europa. Pero si nos fijamos en la realidad de las cosas más allá de los fuegos de artificio, veremos que con Trump se acaba el atlantismo, sí, pero no el diálogo entre USA y Europa. El atlantismo no se acaba porque Trump entre en escena sino porque desaparecen las condiciones históricas que lo justificaban: la guerra fría terminó hace casi treinta años, EE.UU no es la única superpotencia económica absoluta como lo fue tras la segunda guerra mundial, Europa ya no está en ruinas, la Unión Soviética no existe, la Europa oriental se ha conectado con la occidental. En este nuevo contexto ya no hay deudores ni acreedores morales. Cada país debe hacer por tanto su tarea y asumir la responsabilidad que le compete. Eso es lo que Trump ha dicho tanto en Bruselas como en Taormina. No estamos pues ante ninguna catástrofe sino sencillamente ante un nuevo status quo, que por cierto puede tener sus ventajas. Puede suceder que para alguien esto pueda suponer un brusco despertar, pero también se trata de un saludable retorno a la realidad. Con la ventaja de que, cuando EE.UU podía interpretar sin límites el papel del gigante bueno, resultaba muy difícil tomar distancias cuando los hechos contradecían esa imagen tan benévola. De ahora en adelante todos pagan de su bolsillo y todos tienen el derecho y el deber de controlar la lista de gastos.

Estando así las cosas, la reacción de los biempensantes de la prensa europea no deja de sorprenderme. Es un coro de gritos de cólera y de dolor sin el más mínimo intento de profundizar en los hechos y comprender los pros y los contra. Por su compacidad y su desproporción, el fenómeno parece indicar algo que va más allá. En busca de un motivo, manejemos la hipótesis de que aquí nos enfrentemos a los impactos de una onda mucho más larga: la de la reconstrucción de la prensa independiente después de los años del fascismo y el nazismo. Durante la segunda posguerra mundial, la prensa tuvo que restaurar la herencia de las dictaduras bajo la égida de grandes diarios americanos cercanos a las presidencias demócratas de la época, empezando por el New York Times y el Washington Post.

A estos años se remonta el inicio de la transformación de estos periódicos y otros parecidos en “biblias” de la prensa progresista europea, y por tanto de la prensa europea en general. Un ámbito al que la derrota de Hillary Clinton parece haber hecho perder el intelecto. Las noticias sobre el viaje de Trump y las crónicas del G7 en Taormina suponen una confirmación preocupante. Se ha hablado de todo menos de lo esencial en las conversaciones y acuerdos. Esperemos que, trabajando sobre los hechos y documentos, podamos entender algo a tiempo para la próxima cumbre del G20 prevista en Hamburgo para el 7-8 de julio.

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