Hopper, un silencio lleno de preguntas

Cultura · Joshua Nicolosi
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28 julio 2021
La pintura de Hopper es un himno y una condena al silencio. Refleja la soledad americana, pero también la vida en el umbral de algo que puede estar a punto de suceder

Admirar un cuadro suyo es como perderse entre las melodías de Tchaikovski, mina profundamente nuestra certeza de que la palabra sea indispensable. Que la transmisión de un sentimiento tan profundo como universal tenga que pasan inexorablemente por el uso del lenguaje. De hecho, Edward Hopper (1882–1957) no necesitaba palabras. Sabía que podían resultar tan salvíficas como traicioneras al mismo tiempo, y que su esencia era paradójica: capaces de cruzar horizontes infinitos con pocas sílabas y al mismo tiempo incapaces de llenar los vacíos del alma. Por otra parte, según el artista originario de Nyack, si le bastara con las palabras no se habría puesto a pintar. Tendremos que atenernos a esta consideración si queremos, aunque solo sea de manera preliminar, tener alguna opción de acercarnos a su mundo. Un mundo lleno de pinceladas que son un himno y una condena al silencio, una mistificación de nuestra infinita devoción a lo verbal, que se hace vulnerable ante la irrupción de la ausencia.

Se ha hablado mucho de la habilidad de Hopper para inmortalizar la soledad americana, esa amarga conciencia de un sueño roto, el hundimiento de un pueblo que se ilusionó siguiendo los espejismos chispeantes que ofrecía el bienestar de los años 20 y quedó aniquilado por la crisis de Wall Street, la marginalidad y la alienación generadas por el frenesí de un tiempo cada vez más apremiante e inhumano. Pero los cuadros de Hopper, como todas las obras que nacen de una genialidad que rompe los esquemas, se niegan a someterse a esa asfixiante clasificación y tienden más bien a representaciones frescas de toda una humanidad que se enfrenta a sus paroxismos y remordimientos. Son fragmentos de vida desbaratados en el confuso mosaico de la historia, auténticos microcosmos contenidos en una sociedad de índole destructiva. Una apuesta arriesgada pero necesaria la del artista estadounidense, un recorrido metafísico que socava las promesas de la edad del progreso y nos proyecta hacia un escenario alternativo donde las respuestas son de todo menos obvias.

De hecho, resultaría sencillo atribuir a Hopper la inquieta puesta en escena de momentos compartidos por un oscuro sentido de incomunicación. Bastaría que nuestra mirada se cruzara con la mujer que en Morning Sun (1952) acerca sus piernas al pecho mientras su atención parece que vuela lejos, más allá de la ventana que se abre en su habitación, esperando una compañía, una epifanía, que no sea solo el sol que besa su frente. Bastaría sentarse al lado del hombre de espaldas, dispuesto a tomarse la enésima copa de una noche interminable, oculto bajo su propio cabello, en una terraza del centro en Nighthawks (1942); o interponerse entre las dos figuras que se miran sin acercarse, para preguntarse el porqué de esa distancia en Sunlight in a Cafeteria (1958). Sin embargo, la pintura de estas esperas inmensas, subterráneas frente al inmovilismo que parece dominante, hace respirar una sensación luminosa, una sacudida imperceptible de la conciencia, la sensación de una esperanza improbable que se abre paso en un delicado juego de claroscuros, como si de un momento a otro pudiera cambiar el signo de estas vidas cristalizadas, desafiando el orden mortífero de las geometrías en que se insertan.

Summer evening (1947) es el rostro emblemático de este melancólico optimismo. Rodeados por una ambientación totalmente inmersa en la oscuridad, dos jóvenes parecen susurrarse algo bajo la tenue luz de un pórtico que anticipa la puerta de una habitación (probablemente la de ella). La chica tiene los pies bien plantados en la tierra, la expresión de su rostro es firme y decidida. El chico, en cambio, se muestra en una postura más precaria, apoyado en un poyete, como si fuera a marcharse de un momento a otro, con la mirada de quien tiene algo que decir y necesita que su confesión sea escuchada. Una escena sencilla, que sin embargo no necesita más para narrarse: es el Instante en estado puro. En toda su naturaleza y en su fatalidad.

En el encuentro de ambos jóvenes, la espera se salva ante los ojos del espectador. La ocasión se materializa y el destino de los protagonistas parece dependeré de esos gestos tan esenciales como intensos. Todo lo que los rodea está oscuro porque no tiene relevancia frente a la partida que se está jugando en el centro del cuadro. Una chispa de luz, que basta para superar todo rastro de tristeza. Los chicos del cuadro viven ese instante, en el que están juntos, tal vez por última vez, tal vez la primera de otras muchas. Su soledad puede así convertirse en puesta en común, o en una nueva espera, más intensa.

Porque, en el fondo, Hopper no es solo el pintor del silencio sino sobre todo el de los instantes. El artista que más que ningún otro ha sabido comunicar la milagrosa posibilidad de sustraerse a lo que nos hiere. En el momento en que renunciamos a adaptarnos a algo donde no nos reconocemos, cuando aceptamos las consecuencias de un aislamiento momentáneo, entonces podemos tender hacia la verdad que necesitamos. El secreto no es tanto vivir el instante sino, más bien, vivir en el instante. Y también, por qué no, en la duda. A veces es el único camino que está a la altura de nuestra búsqueda.

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