Honduras, moneda de cambio

España · Pepe Palmeo (Tegucigalpa)
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24 septiembre 2009
La campaña electoral (para las elecciones del 29 de noviembre) se había ya iniciado, con seis candidatos, dos de ellos seguidores también del ex presidente Zelaya. Los otros cuatro apenas se dejaban ver, y a uno de ellos, Elvin Santos (candidato por el partido Liberal, el mismo que el de Mel Zelaya y Micheletti y que fuera vicepresidente con Mel durante los primeros tres años de Gobierno), le había boicoteado un acto público. Además los mensajes de campaña de los dos principales candidatos (Pepe Lobo por el Partido Nacional y Elvin Santos por el Partido Liberal) hablaban sólo de los problemas de siempre de Honduras (la educación, la seguridad, el empleo...) pero no de la crisis política del país. 

Así transcurrían estos días de septiembre, hasta el 21, día en el que de teléfono en teléfono se fue extendiendo la noticia que había dado Radio Globo (medio de comunicación afín a Zelaya): el ex presidente estaba en el edificio de las Naciones Unidas. Se fue congregando más y más gente, hasta que una hora más tarde se afirmó que Zelaya estaba en la embajada de Brasil, a pocos metros del otro edificio. Este hecho ha trastocado el rumbo esperado por Micheletti, conducir al país de forma pacífica hacia las elecciones del mes de noviembre. De momento, en los dos días siguientes al lunes, aún bajo toque de queda, se han producido en la capital enfrentamientos entre los seguidores de Zelaya y la policía, decenas de detenidos, barricadas en varios puntos de la ciudad, saqueos a centros comerciales y supermercados, y otros actos vandálicos.

Micheletti no da muestras de debilidad. Es un hombre de coraje y fuerte tesón, que cuenta con el respaldo de las instituciones del Estado, la empresa privada, el ejército y la policía, que no es poca cosa. Su mensaje ha sido el de hacer cumplir la Constitución y respetar las leyes. La solución a la crisis, según Micheletti, es la celebración de elecciones y evitar a toda costa el regreso de Mel al poder antes de dicha fecha (como proponía el Acuerdo de San José).

Zelaya, por su parte, cuenta con el apoyo de la comunidad internacional y los sectores populares y gremios más amplios del país, y su mensaje es el de la insurrección y el establecimiento de una Constituyente (romper con la institucionalidad del Estado). La solución a la crisis que propone es él mismo.

Ante esta situación es evidente que se requiere una mediación. Óscar Arias lo intentó, aunque muy posiblemente la receta que propuso fue previamente cocinada por otros. La comunidad internacional ha comunicado en el día de hoy que van a regresar los embajadores a sus sedes en Tegucigalpa para intentar buscar soluciones y contribuir con una salida a la crisis. Desde el pasado 28 de junio todos los embajadores, excepto seis de ellos (Perú, Estados Unidos, la Santa Sede, Japón, Taiwán y Corea del Norte), habían abandonado el país. Ahora un regreso precipitado de los diplomáticos a Honduras, ¿podrá solucionar el problema? Si lo que se necesita son mediadores, ¿no sería mejor que fueran imparciales?

Para llevar a cabo esta tarea se requeriría personas que miren de verdad la realidad con todos los factores y que muestren un mínimo interés por el destino de Honduras como nación y como pueblo. Pero no parece que sea éste el punto de mira, porque Honduras, con Mel Zelaya dentro, se ha convertido en moneda de cambio para otros intereses. Las alianzas de Chávez con el Gobierno de Zapatero, el interés de Chávez por ser una potencia en la región, las bases aéreas de Estados Unidos en Colombia, los espacios de poder en la ONU de Brasil.

Además, los encuentros de Mel Zelaya con el embajador de Estados Unidos en Managua en el mes de julio, y Hillary Clinton en agosto, y las visitas de Zelaya por todos los países de Centroamérica y Sudamérica hacen pensar que la diplomacia internacional ya ha adoptado su solución a la crisis de Honduras: el primer paso, día 21, regreso de Zelaya a Honduras vía embajada de Brasil. No sería extraño ver a las fuerzas de la ONU en Honduras en las próximas semanas justificadas por la ingobernabilidad creciente. A no ser que Estados Unidos cambie de opinión.

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