Honduras: el diálogo es el camino

Mundo · Luis Enrique Marius (Caracas)
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9 julio 2009
Cuando Pedro y Juan fueron llevados ante el Sanedrín por el milagro de haber curado a un tullido, les prohibieron en absoluto predicar, a lo que Pedro y Juan respondieron: "¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en vez de a Él? Júzguenlo ustedes. Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído".

A ese espíritu respondió nuestra reflexión sobre lo que acontece en Honduras y, como ha sucedido a lo largo de todos los tiempos, la verdad tiene su precio. Para quienes no pueden o no la quieren ver, el precio tiene varias direcciones: el aprender de los errores reconociendo haberse equivocado (algo lamentablemente muy raro y honroso cuando se trata de la clase dirigente, especialmente política); sepultarse para siempre en la mentira; o responder y reprimir con la violencia (que es el derecho de las bestias) cuando no se aceptan las diferencias.

Esta última actitud es habitual en enfermos mentales o morales, que creen poseer toda la verdad y han trocado (en el caso de algunos gobernantes) la dimensión de servicio que tiene su cargo por la genérica utilización de cualquier método para autojustificar su egolatría, llegando incluso a amenazar o intentar eliminar a sus adversarios, considerándolos enemigos.

Sólo una Fe profunda y una clara madurez en el compromiso puede ayudarnos a mantenernos en el camino de la coherencia y de la búsqueda de lo mejor para nuestros pueblos.

Esta actitud nos enorgullece cuando la practica y demuestra un amigo, como lo es el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa, que a los pocos minutos de haber transmitido la última declaración de la Conferencia Episcopal fue anónimamente amenazado de muerte. "Hay muchos extranjeros violentos y milicias armadas en Honduras, pero no tengo miedo. Si debo ir al Padre, con Él estaré mucho mejor", respondió.

Al cardenal, quien siempre nos ha animado a jugarnos contra toda injusticia y defender a ultranza la causa de los más desfavorecidos y marginados, nuestra total solidaridad, y el orgullo de contar con su amistad. Sabemos de todo el esfuerzo realizado por él desde el mes de marzo, con todas las autoridades y especialmente con el presidente Zelaya, para evitar esta situación, y especialmente la resolución de los graves problemas que sufren la mayoría de los hondureños. 

Nos alegra que se haya aceptado el diálogo para buscar vías de solución. Es el camino que deberían haber transitado la OEA, las Naciones Unidas, la Unión Europea y todos los gobernantes de Latinoamérica antes de escudarse en una condena tan superficial como incoherente, tan apresurada como políticamente inmadura. Si algún gobernante se hubiese preocupado en escuchar antes de hablar, cuántos problemas se hubiesen evitado (¡muchas veces nos olvidamos de que el Señor nos regaló dos oídos y una sola boca!). Vale la pena comparar la actitud de nuestros gobiernos ante el caso de Honduras, y las reacciones cuando se sustituyeron tres presidentes en Ecuador, o cuando las violaciones a la Constitución por parte del presidente Fujimori, o la importancia de las denuncias presentadas a la OEA por violación a la constitución por parte de varios de nuestros gobiernos.

Sin lugar a dudas, y desde el continente más injusto del planeta, debemos reconocer que "esta tierra necesita no sólo nuevas estructuras económicas y comunitarias, sino algo que es más importante, podríamos decirlo así: una nueva ‘infraestructura espiritual', capaz de galvanizar las energías de todos los hombres y mujeres de buena voluntad en el servicio de la educación, del desarrollo y de la promoción del bien común".

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