Hombres comprometidos con la propia humanidad

Carrón · Julián Carrón
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29 noviembre 2023
El compromiso con mi humanidad es lo que ha salvado mi vida. He secundado las exigencias que percibía dentro de mí y eso ha hecho que nunca me conformara con algo que estuviera por debajo de lo que mi humanidad exigía.

Si no secundamos esto, acabamos “perdiendo la vida viviendo”. Es objetivo, no es un problema de opiniones. Si no tomamos en serio el grito de nuestra humanidad, su vorágine, nunca se cumplirá, tendremos que conformarnos con migajas. Migajas que no pueden  darnos la plenitud por la que vivimos, por la que deseamos vivir. La cuestión es qué significa comprometerse con la propia humanidad.

  1.¿Cómo descubrir la propia humanidad? ¿Con qué nos comprometemos? ¿Con nuestras imágenes? Un desafío. Si un hijo o un alumno os pregunta: «¿cómo puedo descubrir mi humanidad?». Os doy cinco segundos para formular una hipótesis de respuesta, ¿por dónde empezaríais?, ¿qué se os ocurre? Si no arriesgamos ante estas preguntas para verificar si nuestra respuesta es adecuada, podemos echar a correr y luego darnos cuenta de que habíamos tomado un camino equivocado. Quien tenga una hipótesis que la apunte, basta una frase, una palabra. ¿Qué método sigue cada uno de vosotros para responder a esta pregunta? ¿Qué camino, qué hipótesis se os ocurre? ¿Por dónde empezaríais para descubrir la propia humanidad? ¿Hay algún valiente que quiera intentarlo? ¡Este es un trabajo solo para audaces! ¡Comprometerse con la propia humanidad es solo para audaces!

-El corazón, empezaría por mi corazón.

-El corazón… con la palabra «corazón» se pueden hacer muchas menestras.

-Me refiero a mi deseo. Tu deseo, ahí también tienes que verificar lo que dices. Si les hiciera esta pregunta a mis alumnos, podría pasarme toda la hora desafiándoles con lo que dijeran. ¡Lo que has dicho está bien! Tal vez, puede ser. Pero si uno no llega a darse cuenta realmente de lo que dice, con las mismas palabras pueden hacerse varias menestras diferentes. Por ejemplo, muchas veces podemos identificar el corazón con lo que imaginas, con lo que se nos ocurre, con lo que otro nos dice, con lo que has visto en tus compañeros de camino o con lo que hace alguien. Por eso, para no dejarnos llevar por las imágenes y por todos los caminos posibles, si queremos entender de verdad lo que es nuestra humanidad, don Giussani dice: “Partir de nosotros mismos”. Tú partes de un punto fundamental. No se puede partir de otro sitio más que de nosotros mismos, mirando a la cara nuestra experiencia para ver todos los aspectos que constituyen nuestra humanidad, que salen a relucir viviendo. No se trata de una introspección. Tú descubres tu humanidad mirándola, ¡sorprendiéndola en acción! “Los factores que nos constituyen emergen al observarnos en acción. Es aquí donde aparecen los elementos que sostienen ese mecanismo que es el sujeto humano” (El Sentido Religioso)[1]. Muchas veces tenemos otro punto de partida: una idea, una imagen de cómo se puede cumplir la vida. Fijaos en los jóvenes: «Si pudiera hacer esta excursión, ¡sería lo más! Si me enamorara, ¡qué maravilla! Si fuera a esa fiesta, si pudiera hacer este viaje…».

La vida no siempre te trata mal, a veces te concede que lo que deseas se cumpla. ¿Cuántas veces os ha pasado que la vida os responde un «sí» con mayúsculas? Y cuántas veces, mirando vuestra experiencia, aunque las cosas hayan sido inmejorables, os habéis sorprendido diciendo: «No estoy a gusto, no me es suficiente». No hace falta hacer un máster en Harvard para reconocerlo, ¡basta sencillamente prestar atención a lo que sucede mirándonos en acción! Puedes estar convencido de que cuando hubieras ido a esa fiesta, cuando acabaras la carrera, cuando te casaras habría resuelto el enigma de la vida. ¿Es cierto o no que cuando se cumple alguna de mis imágenes me doy cuenta de que algo se me escapa porque esa imagen de la vida no se correspondía con todo lo que se espera? La mayoría de las veces no lo vemos y seguimos pensando en ¡proyectos que ya han mostrado su fracaso! Lo hacemos continuamente. Y así perdemos la vida viviendo. ¿Por qué? Porque no aprendemos nada de la experiencia que hemos tenido. De hecho, aunque todas las señales nos adviertan de que no basta con lograr lo que imaginamos, seguimos cambiando de imagen, sustituyéndola una tras otra. Entonces, ¿qué significa partir de nosotros mismos? Don Giussani nos advierte de que “»partir de nosotros mismos» es una proposición que puede prestarse a equívocos”, como hemos visto. No discuto la buena intención de nadie -por favor-, no pongo en duda que uno lo haga sinceramente, ¡pero otra cosa es que descubra su humanidad! Porque muchas veces identificas tu yo, tu deseo, tu corazón con una imagen. El deseo siempre está ahí, es lo que te permite identificar lo que deseas con una imagen de algo que debería satisfacerlo. Pero al verificar, es decir, cuando se cumple tu imagen, ¡te das cuenta de que tu deseo es infinito! Si uno no aprende a darse cuenta de esto, seguirá equivocándose hasta que tire la toalla: primero será una cosa, luego otra, luego otra, y se acabará comprando un perro para contentarse. ¿Veis cómo entra el escepticismo en la vida? Entonces, ¿cuándo partimos verdaderamente de nosotros mismos? “Partir de uno mismo es algo real cuando miramos a nuestra propia persona en acción, es decir, cuando se la observa en la experiencia cotidiana”. Cuando, al probar algo, al intentar algo lo alcanzas y ves  qué sucede en ti. Porque la fiesta puede haber estado fenomenal. No es posible recriminarle a la fiesta que haya sido un fracaso, ¡porque ha salido de lujo! Ha sido mucho mejor que todo lo que habías imaginado. Siempre me acuerdo de lo que le pasó a una amiga pintora en Barcelona. ¿Cuál es el sueño de alguien que se dedica a pintar? Exponer sus cuadros. ¡Por fin consigue exponer! Un éxito que supera todas sus previsiones. ¿Y qué le pasa? Se pasa toda la tarde llorando. Alguien podría pensar que tiene un problema psiquiátrico…. Si ha sucedido el imprevisto del éxito que tanto deseaba, ¿por qué no le satisface? Cuando las cosas no salen, uno puede decir: «ha salido mal, pero el día que salga bien será la bomba».

¡El problema empieza cuando consigues lo que deseas! La imagen de lo que deseabas se cumple, ¡pero no te basta! Ahí empiezan los problemas. Si ni siquiera basta cuando la vida responde a mi deseo, ¿qué basta entonces? ¿Entendéis por qué lloraba? No es que tuviera un problema psiquiátrico. Tal vez es que nuestra amiga pintora se había dado cuenta de cuál es la naturaleza de la cuestión. Solo descubrió su propia humanidad observando la experiencia. Se había cumplido lo que perseguía, no era una pobre desgraciada porque la exposición hubiera sido un fracaso total. Pero no le bastaba, y por eso lloraba.

Foto de archivo

Dice don Giussani: “En efecto, no existe un “yo” o una persona que se pueda abstraer de la acción que lleva a cabo”. Insisto, yo solo puedo descubrirme en acción. Puedes hacer todos los malabarismos y acrobacias mentales que quieras, pero la realidad te atrapa: tenías una imagen, esa imagen se cumple y a ti no te basta.

Puedes dar todas las explicaciones del universo y justificarte como quieras, pero la realidad es más testaruda que todos tus pensamientos y todos los míos. Cuando descubrí esto me alegré y me dije: «aquí no puedo hacer trampas porque hay algo que desenmascara delante de mis ojos la falacia de mi imagen. ¡Dentro de mí hay algo que no se rinde! ¡Algo que no puedo manipular! ¡Que no puedo reducir a lo que yo pienso!”. Para alguien que quiere caminar, este es el instrumento más poderoso. Entonces empecé a disfrutar de la vida, porque me decía: «cuanto más arriesgo, más sale a relucir si tengo o no la respuesta». Entonces la vida empieza a ser una aventura fascinante porque cualquier experiencia que tengas abre un camino hacia el destino, un camino para tratar de identificar cuál es la respuesta. Como me contaba una amiga investigadora. Se encontró en el pasillo de la universidad con una alumna del doctorado, toda afligida. «¿Qué te ha pasado?», le pregunta. Y ella dice: ”Estoy triste porque no ha salido el experimento». Mi amiga respondió: «¡Pero un experimento siempre es un experimento!». Es decir, es un camino.

Este verano he tenido la suerte de pasar unos días con un amigo que trabaja con Elon Musk, y me contaba cómo Elon Musk ha vencido a la NASA, la agencia espacial de Estados Unidos, gracias a una cuestión de método. ¿Habéis visto desde cuánto la NASA no manda un cohete al espacio? Porque se lo siguen pensando, dándole vueltas a la cabeza, posponiéndolo. Elon Musk los ha superado simplemente experimentando. El día que fracasaba una expedición, él no paraba hasta identificar el motivo del fallo. Cuando le preguntaron: «¿Nos dejas ver un video de lo que haces?», ¿sabéis lo que enseñó? ¡Todos sus fracasos! Porque después de cada misión fallida, todos los días, habla durante dos horas con cada uno de sus colaboradores hasta descubrir la causa. A veces ¡es un tornillo de nada! Así es como se avanza. En cambio, si uno sigue mirando para otro lado,  sin verificar en acción las imágenes que tiene, no camina. Luego se discute, evidentemente —en esto todos somos expertos—, pero no solo se avanza discutiendo, se avanza experimentando, sometiendo a la prueba de la realidad las imágenes que tenemos en la cabeza.

Hasta que no verificas en acción, puedes hacer como si ya tuvieras la respuesta y seguir discutiendo. O decidimos secundar este método para descubrir hasta el fondo lo que significa nuestra humanidad -no la humanidad en general, sobre la que podemos hacer tratados de filosofía, sino tu humanidad, ¡mi humanidad!- o no la descubriremos. Nuestra humanidad no se descubre haciendo una introspección psicológica, como piensan muchos, porque así solo vemos lo que queremos ver. En acción es como se desenmascaran todas mis reducciones. Por eso, “partir de nosotros mismos” quiere decir fijarse en los movimientos de mi persona en acción, sorprendiéndola dentro de la experiencia cotidiana. ¡Sorprenderme en acción! Porque ahí es donde me descubro a mí mismo.

Como la pintora que se dio cuenta de quién era ante el éxito de su exposición que no le bastaba, o el chaval que vuelve a casa decepcionado después de una fiesta espectacular. Sigue diciendo Giussani: “Entonces el «material» de partida no será ya un prejuicio sobre uno mismo, una imagen artificiosa de uno mismo”, formulada con la mejor de las intenciones, sino sorprenderse en acción. Los factores que me constituye como «yo», como persona, salen a la luz ante mi conciencia, no imaginando, ni pensando en abstracto, sino observándome en acción. Todo eso te hace ser más tú mismo que un curso de antropología, porque hasta el curso de antropología lo puedes reducir a una imagen. Los factores de lo que yo soy, de lo que es mi corazón y mi deseo, solo emergen así. Continúa Giussani: “Santo Tomás dice en su De Veritate: «In hoc aliquis percipit se animam habere et vivere et esse, quod percipit se sentiré et intelligere et alia huiusmodi opera vitae exercere». Lo que quiere decir: por esto entiende uno que existe -que vive-; por el hecho de que piensa, siente y lleva a cabo otras actividades semejantes”, es decir, ¡estando en acción! Sorprendiéndome en acción es como me descubro a mí mismo. Por eso, si uno no se compromete, si no verifica, ¡no podrá descubrir los recursos de su propia humanidad! Y esto pasa siempre. Por ejemplo, un estudiante que no se compromete con una materia porque no le gusta, no podrá descubrir si está dotado para ella, porque solo puede entenderlo si arriesga, si se compromete a estudiarla.

Recuerdo cuando, poco antes de ser ordenado sacerdote, fui a un pequeño pueblo donde estaba un amigo cura con el que debía preparar unos ejercicios espirituales para un grupo de jóvenes. Al llegar allí, en noviembre, con un frío de morir en la iglesia, donde había cuatro gatos, pensé: «Si me mandan a un sitio como este, ¡me muero!». Nunca penséis estas cosas ¡porque luego pasan! De hecho, a los tres días de mi ordenación me mandaron allí destinado. Inmediatamente uno se hace una imagen que le lleva a decir: «¿Ves? Ahora me mandan allí y yo me voy a morir». Sin embargo… fueron tres años preciosos, ¡como nunca me habría podido imaginar! Nada que ver con la imagen que me había hecho al verme en esa iglesia con cuatro gatos y un frío de morirse. ¿Por qué? Porque los factores constitutivos de mi yo salieron a la luz viviendo. Las capacidades, las posibilidades que podían surgir en esa situación las descubrí, se abrieron paso ante mi conciencia, solo viviendo. Si uno no hace este trabajo, no dejará de equivocarse igual que yo me equivoqué. Luego, cuando me quejaba por algo, un amigo me recordaba siempre aquel episodio: «Acuérdate de cuando pensabas que te ibas a morir si te mandaban a aquel pueblo y lo preciosos que fueron esos años para ti». Por tanto, si uno no arriesga, no podrá entenderse a sí mismo. “Los factores constitutivos del hombre se perciben cuando están comprometidos en la acción; de otro modo no se notan”, no salen a la luz. Para alcanzar esta conciencia, tengo que comprometerme. Por eso podemos decir que cuanto más se compromete uno con la vida, mejor capta su humanidad. Pero “estar comprometidos con la vida no significa tener un compromiso exacerbado con uno u otro de sus aspectos”, como el fútbol, el trabajo, un hobby, porque “el compromiso con la vida nunca es parcial”.

Comprometerse con la propia humanidad supone un “compromiso con la vida entera, donde debe incluirse todo”. Se trata de estar atentos a cómo emerge mi persona delante del amor, el trabajo, la política, el dinero, la comida, el descanso, “sin olvidar nada” de la experiencia de mi humanidad. Porque solo comprometiéndome con todos los aspectos del vivir emergen ante mi conciencia todos los factores de quién soy yo. ¿Qué hace falta para que esto suceda? Mirar con simpatía tu propia humanidad. No podremos entender quiénes somos si no  la tomamos en serio. Si no tomamos en serio lo que probamos, no podremos descubrir quiénes somos. Seguiremos teniendo una imagen de nosotros mismos que no se corresponde con lo que somos realmente. ¿Qué pasa cuando uno se compromete así? ¿Cuál es el método, según lo que hemos dicho y que muchos de vosotros habéis leído en el primer capítulo de El Sentido Religioso, cuando don Giussani cita a Alexis Carrel? “Poca observación y mucho razonamiento llevan al error. Mucha observación [de mi yo en acción] y poco razonamiento llevan a la verdad”. No se trata de ponerse a razonar, analizar o imaginar cosas de mi humanidad, sino de identificar lo que sucede en la experiencia. Lo primero que hay que hacer para comprender nuestra humanidad es mirar e interceptar en nuestra propia experiencia cotidiana —cada uno tendrá millones de ejemplos— cuántas veces ha deseado algo, ha ido detrás de una imagen y luego la realidad ha mostrado toda mi humanidad. El punto no es decirse: «Ahora voy a comprometerme con mi humanidad», sino: «¡Observa!». Porque la pintora sorprendió en acción su reacción, su humanidad salió a relucir no en abstracto, sino en la realidad.

2. El yo-en-acción ¿Cuáles son las características de lo humano que emergen cuando uno se observa así, comprometido con su propia humanidad? “Cuanto más descubrimos nuestras exigencias, más cuenta nos damos de que no las podemos satisfacer nosotros mismos”. Cuanto más nos comprometemos, más nos damos cuenta de que muchas veces lo que hay que resolver, lo que buscamos, lo que deseamos, no lo alcanzamos. Por eso, “el sentido de impotencia acompaña a toda experiencia seria de humanidad” (El camino a la verdad es una experiencia)[2]. No es que la pintora no haya puesto toda la carne en el asador, como yo cuando me mandaron a aquel pueblo, o como el chaval que ha ido a la fiesta. Pero lo único que ese compromiso hace salir a la luz es que así no logro resolver el problema, de hecho puedo percibir toda mi impotencia para lograrlo a través de mis intentos de obtenerlo.

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“Es este sentido de impotencia -observa Giussani- lo que engendra la soledad. La verdadera soledad no proviene tanto del hecho de estar solos físicamente cuanto del descubrimiento de que nuestro problema fundamental no puede encontrar respuesta en nosotros ni en los demás”. Entonces empezamos a darnos cuenta de cuál es la naturaleza del problema que emerge en la experiencia. “El sentido de la soledad [porque lo que yo busco, lo que percibo en mí no haya respuesta] nace en el corazón mismo de cualquier compromiso serio con la propia humanidad”. Cuanto más serio soy conmigo mismo, más emerge toda mi incapacidad, y, por tanto, la experiencia de la soledad, que no tiene nada de sentimental. «Puede entender bien esto todo aquel que haya creído haber encontrado la solución a una gran necesidad en algo o en alguien; pero luego esto (…) se revela incapaz. Estamos solos con nuestras necesidades, con nuestra necesidad de ser y de vivir intensamente. Como alguien que está solo en el desierto: lo único que puede hacer es esperar a que alguien llegue”. Es lo que emerge en las personas que más se comprometen con su humanidad. Pensemos en Leopardi y en la exigencia de significado que llevaba dentro, ¿qué tipo de experiencia humana habrá vivido para escribir algo así? “El no poder estar satisfecho de ninguna cosa terrena, ni, por así decirlo, de la tierra entera; el considerar la incalculable amplitud del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y encontrar que todo es poco y pequeño para la capacidad del propio ánimo; (…) y sentir (…), y siempre acusar a las cosas de su insuficiencia y de su nulidad, y padecer necesidades y vacío, y, aun así, el aburrimiento [porque no basta], me parece el mayor signo de grandeza y de nobleza que se pueda ver en la naturaleza humana”. Lo que para muchos es motivo de desesperación, para Leopardi es el descubrimiento de su humanidad. ¡Nada te basta porque eres infinitamente más grande! No es un problema psicológico que haya que resolver.

El descubrimiento de la “insuficiencia” de las cosas saca a relucir quiénes somos, cuál es nuestra humanidad, de qué está hecho nuestro yo, la irreductibilidad que somos. Leopardi lo llama, con una frase feliz, “misterio eterno / de nuestro ser”, que es lo mismo que descubre Pavese el día de su gran éxito al recibir el premio Strega: “En Roma, apoteosis. ¿Y qué?”. Como diciendo: ¿y qué hago yo mañana por la mañana? ¿Alguna vez os habéis preguntado algo así al día siguiente de un gran éxito? En ese momento, vemos que todo es desproporcionado ante la exigencia que emerge de nuestra humanidad. Como veis, si uno no tiene un mínimo de ternura consigo mismo, si no se mira con esta ternura para llegar a ver toda su exigencia, constantemente se sentirá obligado a huir de sí mismo. ¿Pero adónde ir? ¿Crees que puedes escapar de ti mismo sin ti? Puedes irte al fin del mundo, ¡pero tú vas, con todo tu ser! Así que todo volverá a empezar allí donde estés. Fijaos en lo que pasó con el Covid. Todos experimentamos  impotencia. ¿Quién se habría imaginado una semana antes que se podría paralizar el mundo? Por un pequeño virus, sin saber las dimensiones que iba a tener. Ver esa cantidad imparable de muertes nos hizo sentirnos cerca los unos de los otros porque todos estábamos en la misma barca, independientemente del enfado que tuviéramos.

¿Recordáis lo que los médicos contaban que se había generado entre ellos ante una emergencia tan grande? Una unidad sorprendente. Pero nada más acabar la emergencia, ya casi ni se saludan por los pasillos. Una vez pasado el peligro, al desaparecer nuestra sensación de impotencia, esa unidad no se mantiene. Por eso, uno puede sentir al otro verdaderamente cercano cuando toma en serio su humanidad, si no se produce un diálogo de sordos, lo que aumenta cada vez más la sensación de soledad. Cuanto más crece la percepción de uno mismo, más se percibe el criterio con el que juzgamos todo y verificamos mejor que no satisface. Por eso me llama tanto la atención un texto de Ernesto Sábato que dice: “Siempre me han echado en cara mi necesidad de absolutos”, es decir, la conciencia de mi necesidad infinita. Como decían Leopardi y genios como san Agustín, Pavese o Ernesto Sábato. “Siempre me han echado en cara mi necesidad de absolutos, que por otro lado aparece en mis personajes. Esta necesidad atraviesa como un cauce mi vida, como una nostalgia más bien, a la que nunca hubiera llegado. […] Yo nunca pude calmar mi nostalgia, domesticarla, diciéndome que aquella armonía fue un tiempo en la infancia. […] La nostalgia es para mí una añoranza jamás cumplida, el lugar al que nunca he podido llegar. Pero es lo que hubiéramos querido ser, nuestro deseo. Tanto no se lo llega a vivir que hasta podría creerse que está fuera de la naturaleza, si no fuese que cualquier ser humano lleva en sí esa esperanza de ser, ese sentimiento de que algo nos falta. La nostalgia de ese absoluto es como un telón de fondo, invisible, incognoscible, pero con el cual medimos toda la vida”. No se trata de un problema de fe, ni de una decisión que hay que tomar. ¡Es un problema de humanidad!

Quien tenga esta experiencia de su propia humanidad no podrá evitar, sea cual sea la postura que tome en su vida (eso no me interesa), haga lo que haga, sea creyente o no, sea budista, no podrá evitar comparar esta nostalgia de absoluto con cualquier cosa que pruebe. Esto es decisivo para poder interceptar en la realidad algo que pueda responder. Hace unas semanas salí a dar un paseo con un grupo de amigos. En un momento dado, la madre de un chico me dice: «¿Sabes lo que me ha preguntado mi hijo? ‘Mamá, ¿cómo se puede vivir así?'». Le dije: «¿Pero de dónde ha sacado tu hijo esa pregunta?». «Pues no lo sé». «¡¿Cómo?! ¿Tu hijo te hace una pregunta así y tú lo dejas pasar sin tratar de entenderlo?». Entonces me dice: «Pregúntaselo, ahí está». Luego me acerco y le digo: «¿Cómo te ha surgido esta pregunta?». Y él responde: «Mirando a mi madre». Entonces le dije: «¿Te das cuenta de que la respuesta a tu pregunta la tienes delante? Porque si no hubieras visto a tu madre, nunca se te habría ocurrido esa pregunta. Esta pregunta te ha surgido porque has visto una forma de vivir la realidad que, en medio del panorama de todo lo que ves, te gustaría para ti.». Ese chico no hizo ningún curso especial. Viviendo el drama de su humanidad, interceptó una presencia que le suscitó unas ganas locas de secundarla. ¡Pero antes de secundarla reconoció una diferencia! Reconoció a alguien en quién percibía un destello de respuesta a la exigencia de su humanidad. ¡A su alrededor había otras muchas formas de vivir que no le suscitaban esa pregunta!

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Don Giussani describe así este fenómeno: “En nuestro ambiente existen de hecho personas que tienen mayor sensibilidad para vivir una experiencia de humanidad, que desarrollan de hecho [¡no en teoría, sino de hecho!] una mayor comprensión del ambiente y de las personas que hay en él, que provocan de hecho más fácilmente un movimiento comunitario. Estos viven nuestra experiencia más intensamente, más comprometidos; cada uno de nosotros se siente mejor representado en ellos”, y por eso busca su compañía. Reconocer a personas así es un don, como le pasó a este chico. En medio de la confusión general intercepta un rostro entre otros muchos, en el que encuentra una forma de vivir más adecuada, más correspondiente, más humana, y le entran ganas de vivir así. “Tales personas constituyen naturalmente para nosotros una autoridad”, palabra que solemos usar de una forma obtusa, que no tiene nada que ver con lo que indica. Es algo que hace que emerja tu humanidad, ¡te hace crecer y te activa! “Hay una atracción inevitable en ella” porque vive una humanidad que te gustaría vivir a ti. “La autoridad brota así como una riqueza de experiencia que se impone a los demás, que produce novedad, estupor y respeto”. ¿Pero quién se da cuenta de esto? Quien vive comprometido con su humanidad y ha descubierto que no todas las formas de vivir son adecuadas y quien, en un momento dado se encuentra delante de una persona así y se sorprende. ¡Y le gustaría vivir así! “El encuentro con esta autoridad natural educa nuestra sensibilidad y nuestra conciencia”, nos muestra que es posible una forma de vivir nuestra humanidad que está al alcance de la mano, ¡porque lo estamos viendo! Por eso este chico le pregunta a su madre: «¿Cómo se puede vivir así?». Cuanto más intensamente vive uno su humanidad, más desafiado se siente por personas que viven en la realidad, en las mismas circunstancias que todos -no en el convento ni en el desierto- con una inteligencia, con una capacidad para estar en la realidad, con una serenidad, una paz y una alegría ¡Qué se ven! ¡No me lo tengo que imaginar, se ve!

Me contaba don Eugenio  de una chica enferma -él tiene encuentros periódicos con un grupo de enfermos graves- que no ve. Qué habrá percibido en la humanidad del otro para llegar a decir: «Quiero morir cuanto antes, irme contigo a la otra orilla, ¡para ver tu cara! Porque ya no estaré ciega». Esta chica no ve, pero «ve» mucho más que los que ven con sus propios ojos. Tanto que desea poder ver la cara del otro. Porque la vida se ve en la cara, en el brillo de los ojos. Eso es lo que llamamos «autoridad». Si no os gusta esta palabra porque no es políticamente correcta, borradla, pero no podéis borrar el hecho de toparos con estas presencias. El problema entonces es si nosotros formulamos las preguntas no partiendo de la imagen que tenemos sino de la experiencia con la que nos topamos y ante la que debemos decidir si la secundamos o no. Ese es nuestro problema.

3. Nuestra humanidad no es un problema, sino un recurso. Solo quien está comprometido con la vida puede interceptar presencias así, podrá tener la genialidad humana necesaria para reconocerlas. ¡No se trata de tener cierto tipo de dotes extraordinarias sino de la propia humanidad! Que emerge en la propia experiencia a través de cada cosa que vivimos. Si somos conscientes de lo que dice Ernesto Sábato, si crece la conciencia de nosotros mismos, adquiriremos esa genialidad para interceptar un inicio de respuesta. Muchas veces, al pasar por un momento de dificultad, malestar o confusión, uno no sabe dónde mirar y después de pensarlo mil veces se pregunta: «¿Quién me puede echar una mano?». Entonces, entre todos los que conoce, busca a alguien que entienda algo, que esté disponible y tenga la capacidad de abrazar su humanidad como él no es capaz de hacer. Finalmente decide: «Voy a ver a fulano». Empezamos a hablar y después de veinte minutos intentando dificultosamente compartir su malestar y sus preocupaciones, se para y pregunta: «¿Pero me entiendes?». Y el otro responde: «¡Claro que te entiendo!», pero el que busca ayuda cree que el otro no está entendiendo nada. El deseo de entender no basta para entender, no basta la disponibilidad para entender, no basta tener buenas intenciones para comprender al otro ni para sentirse comprendido. Podemos agradecer al otro su disponibilidad, pero no entiende lo que le estamos diciendo. Por su forma de reaccionar ante las cosas que le decimos nos damos cuenta de que no lo entiende. ¿Por qué? Porque solo podemos sentirnos comprendidos por alguien que tenga algo nuestro, algo de la experiencia humana que tenemos. Si uno escucha a otra persona pero no tiene algo que de algún modo le acerque a la experiencia del otro, puede malinterpretar el significado de cualquier palabra. Entonces crece la soledad -¡para empeorar las cosas!-, porque además de vivir una situación de malestar, cuando intento compartirla con alguien no me entiende. Y no entiende no porque no tenga buena voluntad o no esté disponible, sino porque le falta la conciencia de la experiencia humana que le estoy contando. ¿Veis entonces por qué nuestra humanidad es un recurso?

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Solo quien tiene experiencia de su propia humanidad puede interceptar la necesidad del otro mediante los signos que ve, que son como las señales del problema, de las cuestiones que están vibrando dentro de ese chico, ese hijo, ese colega o ese amigo. Por eso no podemos comprometernos en la educación -si queremos entender de verdad a los jóvenes- sin comprometernos con nuestra humanidad, que no es un ornamento decorativo. Y no lo conseguiremos haciendo un curso, sino acompañándonos para vivir nuestra humanidad porque sin eso, en medio de esta emergencia educativa -nuestra y de los demás- es mejor cerrar el chiringuito, solo estaremos perdiendo el tiempo y se lo estaremos haciendo perder también a los demás. Si no queremos perder el tiempo viviendo, ni hacer que lo pierdan los demás, solo podremos ofrecerles una contribución real e interceptar su necesidad si vivimos nuestra humanidad. Por eso muchas de las cosas que aprendo viviendo permanecen en mí. Yo las aprendo de los demás, las repito millones de veces, y paradójicamente los demás, de los que las aprendo, no se dan cuenta de lo que les ha pasado. Tuve una conversación con una madre que me contaba sus preocupaciones laborales, afectivas, etcétera. Yo trataba de ayudarla a entender cuál era el fondo del asunto, su necesidad más profunda, y que eso no tenía que ver con el trabajo ni con el afecto. Era algo más profundo pero, por su reacción, me daba cuenta de que no estaba logrando atravesar toda la ciénaga, la niebla, la opacidad que la bloqueaba. En un momento dado se puso a hablarme de su hija, que un día, al volver del colegio, le dijo: «Mamá, la profe nos ha preguntado qué necesitamos para ser felices. Al oír a mis compañeros me he dado cuenta de que en realidad a mí no me falta nada, me siento muy querida por ti y por papá, así que no me falta nada, ¡pero me siento triste!». Yo le pregunto: «¿Tienes algo que decirle a tu hija? ¿Te das cuenta de que si no entiendes tu problema, tampoco entenderás el de tu hija?». ¿En qué se veía que no entendía a su hija? En lo que le dijo: «Hija mía, ¡nunca te das por satisfecha!». Una madre que dice esto a su hija -me duele tener que decirlo- no ha entendido nada de su vida. No ha entendido el fondo del problema de su humanidad.

Si queremos entrar en relación con los jóvenes o con los hijos, percibir nuestra humanidad, sentir nuestra humanidad no es un ornamento decorativo. Porque si no nos comprometemos con nuestra humanidad, si no somos los primeros en vivir este compromiso, no seremos capaces de interaccionar con el otro. Esa madre, al no entender cuál era en el fondo el problema de su humanidad, era incapaz de entender lo que le decía su hija. Por eso es un diálogo de sordos. En vez de celebrar a su hija porque por fin emerge en ella la conciencia de la naturaleza más profunda de su ser mujer, de su yo siempre insatisfecho, le reprocha que no se conforme con lo que tiene. ¡Increíble! Así es el diálogo de sordos que tenemos muchas veces. Por eso -insisto-, para poder entender al otro hace falta tener experiencia de la propia humanidad. De lo contrario no entendemos ni a nuestros hijos. Me gustaría acabar con dos canciones. La primera es de una película muy conocida, Barbie, y se titula What Was I Made For?, «¿Para qué estoy hecha?». La escuchamos.

Leo la traducción: “Solía flotar, ahora solo caigo / Lo sabía, pero ahora no estoy segura / ¿Para qué estoy hecha? / Dando una vuelta, yo era ideal / Parecía algo tan vivo, y resulta que no soy real / Solo algo por lo que has pagado [aquí surge la pregunta y si no encuentra respuesta volverá a surgir la pregunta] / ¿Para qué estoy hecha? / Porque yo, yo / no sé cómo sentir / pero quiero intentarlo / No sé cómo sentir / pero algún día podría (…) ¿Cuándo se acabó? Toda la diversión / Vuelvo a estar triste, no se lo digas a mi novio / No le han hecho para esto [la soledad. Ni siquiera con su novio, y entonces vuelve la pregunta] / ¿Para qué estoy hecha? / […] Porque yo / no sé cómo sentir /, pero quiero intentarlo / No sé cómo sentir /, pero algún día podría / Creo que he olvidado cómo ser feliz / Algo que no soy, pero algo que puedo ser / Algo que espero / Algo para lo que estoy hecha”.

¿Quién podrá comprender a esta chica? Esta canción la escuchan todos vuestros hijos y alumnos porque es la película del momento, pero ¿quién va a hablar con ellos? Esa es la ventaja de ser profesor, de relacionarse con jóvenes, porque no nos dan tregua, nos lo pueden decir o no, pero están espiando para ver si encuentran a alguien capaz de responder a la pregunta de Barbie. En este sentido, son un bien para nosotros. No son una “desgracia” que tenemos que intentar gestionar, sino un bien que nos desafía. Si la partida no se juega al nivel de esta pregunta, les podremos poner la nota más alta pero si no respondemos habremos perdido antes de empezar. Todavía recuerdo a una mujer que limpiaba en un colegio y debido a su trabajo tenía una cierta relación con los jóvenes, sobre todo con uno que era un desastre. Un día me lo trajo y le dijo al chico: «A ver qué dices ahora». «Que solo doy problemas». Me bastó preguntarle: «¿Pero tú solo eres eso?». La mujer y el chico se quedaron tan sorprendidos que se lo contaron a todo el colegio. Bastó una pregunta para despertar la conciencia de sí mismo cuando la había reducido a ser alguien que solo causaba problemas. ¡Pero los chavales son mucho más que sus problemas! Causan problemas, justamente porque no encuentran respuesta a lo que desean. Es al contrario. No confundamos los síntomas con la causa, las consecuencias con el origen. Si no nos damos cuenta, empezarán a sentirse un “problema”.

Por eso quiero que escuchéis otra canción que dice esencialmente: «Yo soy el problema». Es de Taylor Swift, que triunfa entre los jóvenes.

Leo la letra: “Tengo esta cosa que me hace ser más vieja pero no más sabia [uno puede hacerse viejo pero no sabio. Como suele decirse en español, puedes llegar a podrido sin pasar por maduro. Viejo, pero nunca sabio] / Las medianoches se convierten en mis tardes / Cuando mi depresión trabaja en turno de noche / todas las personas a las que he engañado se quedan ahí, en la habitación // No debería quedarme abandonada a mí misma / Llegan con sus precios y sus vicios / y yo entro en crisis / Me despierto gritando en sueños / Un día veré cómo te vas / porque te has cansado de mis intrigas // Soy yo, hola, soy el problema [no los demás] soy yo // (…) [Y por ello] miraré directamente al sol pero nunca al espejo [porque en el espejo me veo a mí. Tengo que huir, podría mirarlo todo menos a mí misma en el espejo] / A veces siento que todos son un bebé sexy / y yo soy el monstruo de la colina [el elefante en la habitación, podríamos decir…] / demasiado grande para pasar el rato, tambaleándose lentamente hacia tu ciudad favorita / Con el corazón traspasado, pero nunca muerta / ¿Has visto cómo disfrazo mi narcisismo de altruismo? [se puede disfrazar de altruismo esa huida de uno mismo] / (…) Un día veré cómo te vas / y la vida perderá todo su significado [por eso el problema soy yo]”.

Esta es la aventura fascinante en la que estamos inmersos. ¿Qué tipo de mirada necesita alguien que se considera «el problema» para poder descubrir su dignidad, su grandeza, para que pueda empezar a sentir un instante de ternura consigo mismo? Pero eso no se lo podemos enseñar a los jóvenes en abstracto, sino mirando nuestra propia humanidad, teniendo ternura con nosotros mismos. De otro modo, prevalecerá nuestra reacción ante uno u otro. Por tanto, si no ponemos delante de los demás el atractivo de una mirada que permita el otro descubrir su humanidad como lo más bello, lo más valioso que tiene, como cuando alguien nos mira así, nunca podremos decirle a un chaval: «¡Tú no eres un problema!», y será difícil -si no imposible- interaccionar con los jóvenes, que buscan una mirada así. Por tanto, ¡buena aventura!

[1] Giusani, L: El Sentido Religioso  (2023), Ediciones Encuentro, Madrid.

 

[2] Giusani, L: El camino a la verdad es una experiencia (2007), Ediciones Encuentro, Madrid.

 

Intervención en la convención  “Educatori in opera ovvero uomini impegnati con la propria umanità” celebrada el 31 de agoto de 2023 y organizada por la Fondazione San Michele Arcangelo.


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