Hijos de un gigante

Mundo · José Luis Restán
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24 enero 2012
El periodista de Avvenire acaba de preguntar a Julián Carrón sobre la posibilidad de mantener una posición de esperanza en el vendaval de la crisis. Carrón responde que esperar corresponde a la naturaleza del hombre, pero que con el paso del tiempo esa actitud se corrompe si no es sostenida, como decía Peguy, por una gran gracia. Y añade que la figura ejemplar de esta posición la encarna hoy Benedicto XVI. "Es difícil encontrar una persona que tenga su misma lucidez de juicio sobre la situación actual y, a la vez, que no se retire en un espiritualismo ajeno a la realidad, sino que siga retándonos a todos, al mostrar cómo la fe puede aportar una contribución decisiva para afrontar los desafíos que nos esperan. Tenemos la suerte de estar ante un verdadero gigante".

No se trata de la enésima alabanza al Papa, alabanzas se producen por doquier, a veces bastante pobres de sustancia. Se trata de un juicio histórico de envergadura y de una sacudida para la remolonería y la pereza de buena parte del mundo católico. Benedicto XVI no es una pieza de porcelana, es un guía para el pueblo de Dios en este momento de ventisca y es una voz de gran calado a la que atienden crecientemente los actores más despiertos de nuestra sociedad. Lástima si reducimos su testimonio y su magisterio a lo ya sabido, o al famoso "suplemento de alma" que se añade a la lógica del mundo.

El presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación subraya que el Papa no se retira en un espiritualismo ajeno a la realidad sino que nos lanza el desafío de verificar si el cristianismo es una respuesta humana vencedora en medio de las circunstancias. La aportación de los católicos sólo será significativa, dijo Benedicto XVI meses atrás, en la medida en que la inteligencia de la fe se convierta en inteligencia de la realidad. Y en su saludo a la Curia Romana ha pedido que "el mensaje llegue a ser acontecimiento y el anuncio se convierta en vida".

Carrón ha respondido después a la pregunta sobre el supuesto aislamiento de la figura del Papa y ha subrayado que "como todos los grandes hombres, necesita hijos". Y señala el punto educativo central: "la cuestión es si nos dejamos interpelar e iluminar por su testimonio, de manera que podamos participar de su genialidad extraordinaria. En la medida en que el pueblo cristiano siga el surco de su testimonio, veremos florecer a personas capaces de colaborar en la construcción del bien común a partir de la certeza de que Cristo salva al hombre".

En los últimos días se me hace evidente cómo pueden convivir el aplauso y la adhesión formal con una impermeabilidad de fondo, y eso es dramático. Lo vimos ya con la devaluación del significado de la encíclica Caritas in Veritate, o con el sordo rechazo a su juicio sobre el Vaticano II como "renovación en la continuidad del único sujeto-Iglesia". Lo vemos también en la forma en que algunos despachan su gran intuición del Atrio de los gentiles o en la reducción de su convocatoria del Año de la Fe a mera reafirmación doctrinal. Por el contrario, como explica el responsable de CL "el Papa advierte la urgencia de volver a proponer el contenido esencial de la fe, porque han prevalecido concepciones que la reducen a discurso, doctrina, ética o sentimiento. Pero estas reducciones no sirven para hacer frente a los retos de la modernidad, que nos obligan a redescubrir la naturaleza del cristianismo".

La providencia de Dios ha regalado a la Iglesia un gigante de la fe y de la razón para atravesar una estación correosa y difícil. ¿Será tan difícil una apertura sencilla y cordial a su magisterio? Tan sólo hace falta dejarse sorprender por la alegría y la certeza que provoca su forma de decir y de vivir el cristianismo. Como dice Carrón, uno se siente protagonista de un nuevo inicio, aunque lleve cincuenta años bautizado.

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