Hacia un nuevo modelo sanitario

Mundo · César Nombela, rector de la UIMP
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7 junio 2013
La cuestión económica surge inevitablemente cuando hablamos del sostenimiento de los cuidados de salud. Sociedades como la nuestra, que han apostado por la cobertura universal en lo referente a los cuidados de salud, se enfrentan a dificultades crecientes para sostener esta situación por los elevados costes que supone. Medicamentos que representan novedades terapéuticas son reclamados por todos aquellos que padecen las patologías que curan o remedian. Pero, la palabra novedad en el campo de las terapias significa, necesariamente, un precio que compense los costosos esfuerzos y largos períodos de tiempo que supone su descubrimiento y desarrollo. De no aceptarse no habrá nuevas innovaciones en este campo. Igualmente, la medicalización de la atención de todos significa el acceso a hospitales y otras instituciones cuyo mantenimiento implica recursos en cuantías elevadas.

La cuestión económica surge inevitablemente cuando hablamos del sostenimiento de los cuidados de salud. Sociedades como la nuestra, que han apostado por la cobertura universal en lo referente a los cuidados de salud, se enfrentan a dificultades crecientes para sostener esta situación por los elevados costes que supone. Medicamentos que representan novedades terapéuticas son reclamados por todos aquellos que padecen las patologías que curan o remedian. Pero, la palabra novedad en el campo de las terapias significa, necesariamente, un precio que compense los costosos esfuerzos y largos períodos de tiempo que supone su descubrimiento y desarrollo. De no aceptarse no habrá nuevas innovaciones en este campo. Igualmente, la medicalización de la atención de todos significa el acceso a hospitales y otras instituciones cuyo mantenimiento implica recursos en cuantías elevadas.

Hay que señalar que este modelo no es necesariamente el de todas las sociedades de los países desarrollados. En Estados Unidos la estructura del sistema gravita más sobre las iniciativas privadas para costear las coberturas, a través de diversas modalidades, con lo que la necesidad de una intensa atención médica implica elevados desembolsos, para las economías privadas, o para hacer frente a seguros a los que recurrir en caso de necesidad.

La economía de la salud conlleva cada vez más la configuración de un sistema adecuado, la financiación del mismo (impuestos, aportaciones de los usuarios, etc.) así como el establecimiento de prioridades, tanto desde de los nuevos desarrollos como de su utilización. El debate sobre estas cuestiones, ya muy instalado entre nosotros, proseguirá sin duda. En mi opinión hay tres aspectos fundamentales que deben tenerse en cuenta, inspiradas tanto en la racionalidad como en la ética.

La primera es la importancia de las referencias científicas basadas en el rigor, para discernir en todo este conjunto de cuestiones. La ciencia de calidad debe servir para avanzar en los cuidados de salud. En el rigor de sus estudios y análisis está el camino para un avance firme en la línea que el verdadero conocimiento permite. Discernir entre lo que es realmente avance o lo que son modas, en buena medida basadas en apuestas transgresoras de valores bien establecidos (véase el debate reciente sobre la clonación humana) resulta fundamental. Apostemos por la ciencia básica como origen de todo, tanto para el logro de nuevos productos y procedimientos. De ahí se derivará una toma de decisiones bien fundada por parte de quienes tienen responsabilidad regulatoria.

La segunda es que la ética debe estar presente en todo el ámbito de iniciativas y decisiones, en la actividad de I+D, en la evaluación y en la puesta a disposición del sistema de salud de los procedimientos y novedades utilizables. No se trata solamente de una ética científica para la aplicación del rigor en la búsqueda de la verdad, sino de aplicar la convicción de que la persona, sus derechos y su dignidad, son valores fundamentales que han de fomentarse a todo lo largo del proceso de desarrollo y la utilización de todos los medios al servicio de la salud

La tercera propuesta se basa en mi personal y firme convicción de que el avance científico-técnico debe también contribuir a la viabilidad económica de los nuevos tratamientos y procedimientos sanitarios. Los cada vez más elevados costes de desarrollo, su extensión, duración y evaluación han llevado las inversiones necesarias a unos niveles desconocidos en otras épocas. La cuestión es si cabe una mejora que, al tiempo que perfeccione el valor de la experimentación clínica, reduzca los costes en recursos y en tiempo. Entiendo que la competencia entre los agentes tecnológicos debe facilitar los avances con menor coste. Apostemos por un futuro en el que esa mejora se siga produciendo y extendiendo a todos los seres humanos.

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