Hablarse de corazón a corazón

Mundo · Giovanna Parravicini
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5 marzo 2021
La historia favorece un tiempo nuevo, sobre todo en el diálogo interreligioso. Un tiempo de encuentros donde se puede hablar de corazón a corazón

Tal vez en la historia suceda así. Estás en medio de un mar en calma, parece que no se mueve ni una hoja, todo está parado, inmóvil. Y de pronto todo se pone en movimiento, una ola te eleva y te lleva mucho más allá, de repente vislumbras nuevos horizontes que no te esperarías.

Es la sensación que se vive estos días desde nuestro observatorio moscovita. Hasta hace unas semanas, a medida que se acercaba el quinto aniversario del encuentro en Cuba, el 12 de febrero de 2012, entre el papa Francisco y el patriarca ortodoxo Kiril, preguntar por sus frutos parecía una pregunta retórica, circunstancial. Efectivamente, estos cinco años no se han dado pasos oficiales de acercamiento entre ambas iglesias y, por el contrario, se han ahondado los conflictos y desgarros en el seno de la ortodoxia.

Pero ha bastado con sentarse alrededor de una mesa, en el Centro cultural de la Biblioteca del Espíritu para empezar a hablar con nuestros interlocutores ortodoxos y entender que “mirarse a la cara” de verdad, “hablarse de corazón a corazón”, como dice la Declaración conjunta de La Habana, implica una Presencia cada vez mayor, una divinidad escondida, que genera estupor y, por tanto, una fraternidad real, como señalaba monseñor Pezzi, arzobispo católico en Moscú. Con todas las divergencias existentes, las dudas y complejos de cada uno, no podemos dejar de desear sinceramente un encuentro que va antes que el consenso alcanzado sobre las verdades de la fe o sobre concepciones culturales. Un encuentro que nazca del asombro por esa Presencia, que permita empezar confiadamente un camino que nadie anuncia fácil ni breve.

A los pocos días, la misma dinámica se imponía en un encuentro público con varios líderes del mundo protestante ruso, con motivo de la presentación de un libro de Andrei Reznichenko, periodista de la agencia Tass, que muestra la contribución sustancial de los dos millones de protestantes que llegaron a Rusia entre los siglos XVI y XIX al rostro que este país ha ido asumiendo con el paso del tiempo. No era un diálogo fácil, pues pesan las diferentes percepciones de la memoria histórica y de la identidad del otro, a veces difícil de aceptar sin enrocarse en posturas defensivas. Pero, al mismo tiempo, siendo honestos y sinceros, hay que reconocer que la alteridad, con todas las heridas del pasado y las incomprensiones del presente, conlleva una posibilidad de enriquecimiento y maduración también para uno mismo.

Por último, por una extraña coincidencia temporal con el viaje del Papa a Iraq, esta semana se ha organizado una presentación pública de la encíclica Fratelli tutti, traducida y publicada en ruso por una editorial musulmana. Un gesto casi increíble que nace de la gratitud por la estima y fraternidad que el Papa mostró a los musulmanes durante su viaje a los Emiratos Árabes en febrero de 2019. Como decía monseñor Pezzi en una carta enviada al secretario ejecutivo del Foro Musulmán Internacional, Damir Hazrat Mukhetdinov, un geso que “no solo permite hacer accesible a los lectores musulmanes los conceptos expresados por el papa Francisco, sino también que los católicos se vean a través de los ojos de sus interlocutores”. Un gesto que puede molestar a algunos, como dice también el arzobispo, “que por desgracia creen que el diálogo interreligioso es una mera formalidad vacía que no da frutos reales ni influye en la vida de la gente. Pero no es así. Tenemos muchas pruebas de lo importante que es una ‘cultura del encuentro’, que puede reavivar la esperanza y llevar a una renovación”.

Es sorprendente la consonancia de estas palabras con ciertas afirmaciones de Mohamed Sammak, que durante años ha sido presidente del Comité libanés para el diálogo islamo-cristiano y secretario general del Spiritual Islam Summit, punto de referencia del Comité para la Fraternidad Humana constituido en Abu Dabi tras la firma del documento de 2019. Hablando del gran encuentro interreligioso de estos días en Ur, la ciudad natal de Abrahán, el líder musulmán ha tenido el coraje de definir las “diferencias como riquezas compartidas. El papa Francisco cumple el gran deseo de Juan Pablo II y sin duda lleva un mensaje de fraternidad a Iraq, pero no solo a Iraq, sino a todos”. Refiriéndose al documento de Abu Dabi, que dice que “el pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos. Esta Sabiduría Divina es la fuente de la que proviene el derecho a la libertad de credo y a la libertad de ser diferente”, Sammak resume el mensaje de Abrahán en las palabras: “judíos, cristianos, musulmanes, creyentes de la Torah, del Evangelio y del Corán son un solo pueblo”, y subraya que “sobre esto, todos tendremos que trabajar”.

La unidad entre los cristianos, la unidad entre los creyentes, la unidad en el seno del consorcio humano puede parecer un espejismo imposible frente al torbellino de violencia y división al que asistimos diariamente. Pero aprender a reconocer el propio origen común en esa Sabiduría Divina, a “verse a través de los ojos de nuestros interlocutores”, a promover una “cultura del encuentro” donde el otro siempre es más que las ideas que profesa o las estrategias con que piensa hacerle frente, supone un gesto realmente profético, que lleva ya dentro una parte del cumplimiento final al que la humanidad, consciente o no, aspira.

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