El verdadero peligro, la pérdida del gusto de vivir

`Hablar del sentido de la vida con motivo del aborto es una inteligente provocación`

Cultura · PaginasDigital
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13 octubre 2009
Monseñor Jesús Sanz Montes, obispo de Huesca y de Jaca, habla para Páginas Digital sobre el manifiesto publicado por Comunión y Liberación a propósito de la reforma legal del aborto.

Comunión y Liberación se ha pronunciado sobre la reforma del aborto con un manifiesto. ¿Cómo valora esta toma de postura?

Es de una enorme conveniencia que personas y grupos diversos salten a la arena para aportar perspectivas nuevas en un debate social que a veces se quiere evitar. Podría escenificarse una cuestión tan grave como la vida y su entredicho en una especie de "toma y daca" entre el Gobierno y la Conferencia Episcopal Española, hurtando de esta manera a la sociedad que se manifieste y que esgrima razones para un asunto que no es ni privado ni ideológico. Yo me alegro de que un grupo cristiano, en este caso Comunión y Liberación (CL), salga a la plaza pública para exponer con respeto e inteligencia un punto de vista que se hace juicio. Entiendo que es un ejercicio de madurez humana y cristiana el hecho de que, desde una tradición creyente y cultural como la católica, se pueda debatir un tema que afecta a lo más nuclear de la persona como es la vida misma.

Pero valoro en este manifiesto de CL no una visión legítima pero acaso manida ya en torno a las razones "religiosas", sino que se sabe argumentar con otras cuestiones más de fondo, complementarias a las que se aducen desde otros ámbitos. Indicar el vacío cultural, la soledad de una generación, la pérdida del sentido de la vida y la urgencia educativa, entre otras cosas, supone una inteligente y respetuosa provocación que indica la precariedad de este momento histórico y la inconsistencia de sus asustadas seguridades. Ante la narcotización de la conciencia para que la gente no se haga preguntas, para que dé por buenas las explicaciones basadas en la manipulación engañosa, una provocación basada en la inteligencia y en el respeto como supone este manifiesto, siempre es bienvenida.

El manifiesto comienza con una frase de Theilard de Chardin: "El verdadero peligro de nuestra época es la pérdida del gusto de vivir".  Se vincula aborto y sentido de la vida. 

El aborto es una expresión realmente grave, extrema, de un vacío antropológico en el que el hombre contemporáneo se debate desde hace décadas de una manera violenta, y desde hace un par de siglos con la progresiva expulsión de Dios en nuestro paraíso. El teólogo francés Henri de Lubac hablaba en su célebre e importante estudio El drama del humanismo ateo de cómo una sociedad que ha conseguido hacer un mundo sin Dios lo ha diseñado contra el hombre. Sería prolija ahora la relación documentada de los errores y horrores del juicio certero de este teólogo jesuita. Porque cuando se pierde el sentido de la vida no se tiene ya gusto ninguno por el milagro de vivir. Se origina entonces una suicida espiral destructiva del pasado arrancando la tradición que recuerda ese sentido y que testimonia ese gusto, se mutila un futuro que pueda retomar y redimir tan fatal interrupción, y el presente se reduce a lo anodino, lo frívolo, lo fugaz en un desquiciamiento que no permite reconocer la belleza de la vida, su respeto, y la responsable gratitud ante la misma.

El aborto, como digo, es la expresión brutal de la inmensa extrañeza en la que se sume el hombre contemporáneo ante una vida que no gusta y que no siente. Pero para llegar a la negación de la vida con la impunidad a la que llega este proyecto de ley, supone haber negado la vida en otros factores anteriormente. Caín mató a Abel, pero para ello antes se había matado a sí mismo. Y cuando el gusto por la vida y su sentido no existe ya, entonces es muy difícil evitar cualquier homicidio suicida.

¿La respuesta a la mentalidad que subyace a la legislación debe darse en el terreno de la educación?

Siempre me ha parecido que la legislación que nos ocupa en torno a esta licencia universal para abortar se nutre de una mentalidad que debería ser el objeto de una reacción inteligente y eficaz. Si no se aborda esa mentalidad se podría acaso parar esta ley incluso, pero mañana o pasado mañana vendría otra igual o peor, porque esa mentalidad no interrumpe jamás su "embarazo", no aborta nunca su pretensión.

Por este motivo juzgo que es del todo certero apuntar al verdadero cambio que podrá modificar el macabro panorama: una educación. No se trata, sin embargo, de un tipo de educación ilustrada o ilustrativa para teorizar abstracciones, sino un modelo educativo que tenga en cuenta todos los factores que componen la realidad de las personas, de cada sujeto: los factores que tienen que ver con la inteligencia, con la libertad, con el corazón. Si educar significa introducir en la realidad sabiendo acompañar al otro hacia su destino, esta educación sería la mejor alternativa a tan alienante y enajenadora mentalidad.

Ha de darse este acompañamiento educativo que permita vivir a cada persona todas las dimensiones que componen su existencia: las más íntimas y las más públicas, las más claras y las más confusas, las que generan búsqueda y las que despiertan agradecimiento. Si en cada tramo de nuestra vida humana somos así acompañados, se nos ha enseñado a vivir de modo adulto, pleno, haciéndonos generadores y custodios de una mentalidad que no es ajena a nuestra razón ni a nuestro afecto. Este tipo de compañía es la que más corresponde a nuestra necesidad de ser educados sin manipulación domesticadora, como pretende para la ciudadanía alguna pretendida educación.

En el manifiesto se habla de la soledad que acompaña al aborto.

Valoro especialmente la reflexión que se hace en el manifiesto de CL sobre la soledad. Porque se trata de un drama, o mejor dicho, de una tragedia añadida la que se inflige a la mujer: dejarla sola, aislada en una decisión terrible que quedará para siempre en su conciencia y en su cuerpo. Lo he afirmado hace unos días a propósito de esta misma ley, diciendo que salvar la vida del no nacido es salvar la vida de la madre gestante, y matar a ese bebé no nacido es condenar a una soledad autodestructiva a esa mujer ¿Dónde está el varón que no comparte este trance de una ley tan injusta y tan machista? Junto al infanticidio horrendo se da al mismo tiempo el matricidio fatal. Lo intentarán disfrazar como derecho de la mujer (innombrable subterfugio de la irresponsabilidad machista), y dirán que es una demanda social, y que no se quiere la cárcel de la madre, todo ello lugares tópicos, nunca mejor dicho, para propiciar un cruel fusilamiento en un paredón entre algodones cuya fosa común será luego un vulgar cubo de basura.

El niño así asesinado lleva consigo el suicidio de su madre. Tal como suena. Lo he podido comprobar en tantas mujeres que vienen a escondidas a pedirte la ayuda que no les darán jamás los legisladores a sueldo, los políticos de poltrona y quienes subvencionan sus desvaríos para hacer su agosto en laboratorios y clínicas. Es un asesinato suicida, donde muere el bebé concebido y donde comienza para la madre su terrible y larga agonía. Hay que salvar a ese niño salvando a esa mujer, y salvar a la madre salvando al hijo de sus entrañas.

En nuestra vida hay una indómita nostalgia que nos constituye en mendigos de una gracia para la que hemos nacido, que nos hace caminantes hacia una tierra a la que -lo sepamos o no- peregrina cada fibra de nuestro ser. Esa "pasión de ser", de la que hablaba María Zambrano, es lo que llamamos deseo. Y dentro de mi soledad, es decir, dentro de esa pregunta básica que me hace abrirme deseoso es donde puedo verdaderamente experimentar un acompañamiento distinto. Resulta conmovedora y llena de esperanza la cita evangélica con la que concluye el manifiesto de CL: "no llores". Es la expresión de ese Dios que no se escandaliza, que no se harta, que no abandona, que siempre espera. Un Dios que no quiere resignarse al desvarío de nuestras pesadillas y continuamente nos sigue proponiendo el sueño de una belleza, una verdad, una bondad para las que hemos nacido, ésas que coinciden con las exigencias del propio corazón.

La compañía de un Dios así de leal debe visualizarse y palparse en la compañía humana que nos debemos ofrecer. Porque ante la pregunta de dónde está Dios cuando suceden tantas cosas terribles, la única respuesta es decir que Él está en las víctimas expresando su divina solidaridad y en nuestras manos y labios ofreciendo su consuelo y su salvación. Somos testigos de la compañía del mismo Dios, la única que abraza como nadie nuestra soledad. Ante una mujer embarazada, no podemos responder diciendo: "quédate con tu llanto de madre asustada y solitaria o quédate con tus lágrimas ante lo que acabas de hacer abortando a tu hijo", sino decir como Cristo: "no llores más", porque te ayudo a respetar tu vida y la vida que en ti nace acompañándoos con todas las consecuencias, acompañándoos de verdad para que tu hijo salga adelante salvándote a ti, para que tú salgas adelante salvándole a él.

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