Habitación de hotel

España · PaginasDigital
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1 diciembre 2013
Las tres de la madrugada. Calor. Sed. La ropa se le pega al cuerpo. Baja del tren. No hay un alma en la estación. Camina hacia el primer hotel que encuentra. Una vez dentro, sube las escaleras de madera. El taconeo de sus zapatos es el único sonido que se escucha además del pasar las hojas de un libro del recepcionista. Edward Hopper. Habitación de hotel.

Las tres de la madrugada. Calor. Sed. La ropa se le pega al cuerpo. Baja del tren. No hay un alma en la estación. Camina hacia el primer hotel que encuentra. Una vez dentro, sube las escaleras de madera. El taconeo de sus zapatos es el único sonido que se escucha además del pasar las hojas de un libro del recepcionista.

Las tres y media de una de esas noches en las que se está tan cansado que no se puede conciliar el sueño. Una mezcla entre el fin de una larga jornada agotadora y el inicio de algo fresco, tanto como la brisa que entra por la ventana y roza el cuerpo, ahora prácticamente desnudo, de la mujer.

El deshacer la maleta. El asomarse a la ventana para sentir un vínculo mayor entre el alma de uno y la respiración de la noche. Sentarse en la cama y quedarse absorto en los propios pensamientos. Que pase el tiempo sin que uno se dé cuenta y ni siquiera esté pensando en nada extraordinario, en nada por lo que valdría la pena dormir menos una noche.

Las cuatro de la madrugada. Se da cuenta de que tiene un folleto entre las manos. Lleva un tiempo ensimismada mirándolo, pero no se ha fijado en lo que pone. No es importante.

Busca el interruptor para apagar una luz que parece insaciable. Y se queda mirando el techo mientras, desde la calle, sigue llegando un viento ligero, veraniego, que lo impregna todo de frescura. De esa frescura que porta el susurro de que algo está por comenzar.

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