Ha dado prioridad a lo prioritario

Mundo · José Andrés-Gallego
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11 febrero 2013
Eneste momento, lo que uno querría es dar las gracias a Benedicto XVI y mequedaría corto si me redujera a hacerlo por su dimisión.

    Ha sido un hombre de renuncias: la vivencia del 68 le pidiórenunciar a mantenerse como la estrella que era en el universo de la teologíamás progresista; la petición de Juan Pablo II para que diera vida a laCongregación para la Doctrina de la Fe le obligó después a renunciar alprestigio de teólogo innovador que, aún así, mantenía (porque nunca dejó deserlo); la elección como obispo de Roma frustró su sueño de culminar su obrateológica y, ahora, le vence la verdad. No se ha engañado nunca y no va ahacerlo ahora. No le quedan fuerzas para la gigantesca tarea que es el gobiernode la Iglesia en el día de hoy; lo reconoce y obra en consecuencia, que es loque siempre ha procurado hacer. Cada uno en nuestra corta medida, intenta hacerlo mismo. Pero las cuatro renuncias que he recordado son de una dimensióninusitada.

    Estoy seguro deque, si se lo pudiera decir a él, no le parecería para tanto. Quizás ocurriríalo contrario: me diría que toda renuncia por amor a la verdad sobre uno mismotiene la misma dimensión -inusitada-, sea pequeño o grande lo que uno hace y loque uno pierde. Y tendría que darle la razón, claro está. Me lo diría con tantasencillez que podría concluirse que renunciar a la sucesión de Pedro es, enrealidad, tan sencillo como renunciar a cualquier prebenda. Pero, para eso,paradójicamente, hace falta la sencillez que debió tener Pedro, a quienBenedicto XVI sucedió. Y recuerden cómo acabó: crucificado boca abajo.

    Yo diría que, enpuridad, a Benedicto XVI ya lo hemos crucificado boca abajo, igual que a Pedro,con todas las miserias que propios y extraños han echado sobre él y suspalabras. Pocos períodos de la historia de la Iglesia han sido tan pródigos enmiserias. Algunas han coincidido exactamente con la publicación de sus escritosmás comprometedores. Basta evocar lo que coincidió con la publicación de laúltima encíclica, "Caritas in Veritate". Los criterios que propuso enella para afrontar la crisis económica están a ciento ochenta grados de lasmedidas que se han aplicado. El resultado neto estriba en la contracción de laayuda al desarrollo de los que lo necesitan y en la frustración de unageneración de jóvenes sin porvenir y de viejos.

    No ha perdido, contodo, el pulso. Ha dado prioridad a lo prioritario: entre otras cosas, ladesignación de los obispos idóneos; una cascada doctrinal abrumadora; unaapuesta por la publicidad de los errores -y hasta de los delitos- que para síla querrían muchos. Deja una Iglesia en pleno crecimiento, por más que lo hagaen una Europa vieja, falsa y mezquina que no percibe el resurgir cristiano quese está dando en medio mundo (que no lo percibe, aviso, a Dios gracias; elmundo ha padecido demasiados redentores europeos dispuestos a redimir a los queno son europeos con los remedios que no se aplican a sí mismos).

    Ojalá le dé Dioslos años que le hagan falta para redondear su obra teológica. Es lo único queme atrevería a pedirle.

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