Guerra contra esperanza

España · PaginasDigital
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17 noviembre 2014
El último joven norteamericano asesinado por el Estado Islámico pone en relieve una vez más la sed de venganza del grupo yihadista armado más sanguinario de todos. Kassig había dejado la armada después de combatir en Irak y había creado una fundación con la que se fue a ayudar a los refugiados de Siria. Es un ´acto de pura maldad´, dijo Obama. Esta dura realidad pone a prueba la confianza del corazón más firme en la raza humana. Pero Kassig es una de esas luces diminutas que brillan en medio del gran caos. Como él mismo escribía a sus padres, el consuelo tras su muerte solo se encontraría en la coherencia y la entrega de su vida.   

«Si muero, me imagino que al menos podremos buscar refugio y consuelo en que lo que ha sucedido es el resultado de intentar aliviar el sufrimiento y ayudar a los que lo necesitan», decía el cooperante decapitado en una carta que envió a su familia el mes pasado. Peter Kassig, nombre del joven norteamericano asesinado, había creado una fundación para ayudar a los refugiados tras combatir con el ejército de Estados Unidos en Irak. Llevaba un año desaparecido en Siria y ayer se conoció su final. Nadie está a salvo del grupo yihadista armado más sanguinario de los 80 existentes.

Esta historia, que el mismo Obama ha calificado como “acto de pura maldad”, me ha recordado a la película “El amanecer del planeta de los simios”, la segunda entrega de la serie que sirvió de entretenimiento familiar el domingo. Poco se puede sacar de esta película mediocre desde mi punto de vista, pero creo que aquí puede servir de metáfora -­tenganse en cuenta las distancias-­ de la guerra americana y del mundo occidental con Oriente Medio. Una guerra interminable, llena de odios, sin perdón, sin justicia, sin una mirada al futuro, solo destrucción.

Veo a Kassig como el hombre bueno que confía y tiene fe en el ser humano, que pone su vida al servicio de los que más lo necesitan. Un hombre que dejó las armas para hacer su propia lucha pacífica. En el otro extremo, los radicales belicosos perdidos por sus ansias de venganza.

Parece que los norteamericanos no podrán salir nuca de Oriente. Después de once años en su empeño por democratizar los países árabes y de saldar cuentas tras el 11­S, todo está aún por hacer. Obama creía que había matado al perro y que ya no había “rabia”, quería centrarse en el Pacífico por exigencia de la industria militar, pero se equivocó. Lo único que ha cambiado es la forma del enemigo. Ahora tendrán que volver a las trincheras en un escenario aún peor. Lo tendrán que hacer junto a sus segundos enemigos, los iraníes, y librar una guerrilla urbana contra el Estado Islámico donde muchos civiles serán víctimas. Se redibujan así las fronteras de Oriente Medio y Washington y Teherán están más cerca que nunca. Pero el túnel permanece a oscuras. Sólo se ven pequeños destellos como el de Kassig, que se alejan mucho de los acuerdos políticos. 

No nos engañemos, aunque ahora Bashar ha Asad ya no parezca tan malo, aunque incluso Al Qaeda parezca más moderado, si se consigue acabar con el Estado Islámico, seguirá la guerra. La mejor frase -o la única que merece ser citada- de la película de los simios se escucha tras la derrota del enemigo compartido por los dos bandos unidos por la causa: “La guerra continúa. Los simios han empezado la guerra y los humanos no perdonarán”.

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