Guerra a muerte

Mundo · Luis Ugalde (Caracas)
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8 marzo 2010
Confieso que volví a leerlo tres o cuatro veces, pues no lo podía creer. El presidente en la plaza Bolívar llamando a la guerra a muerte entre venezolanos, porque "no hay conciliación posible"; con la "burguesía apátrida, con esos grupos fascistas, no hay acuerdos posibles". Los enemigos de la revolución cubana están en Miami, pero los de la venezolana están dentro, agregaba. "¡Qué difícil es una revolución en estas condiciones!" (El Universal 1-2 08-02-10).

Es una llamada a la persecución, a la cárcel y al exilio de la mayoría del país (más del 85%), que no quiere el modelo cubano. Luego, en un gesto tan teatral como arbitrario, gritó repetidas veces: ¡exprópiese!, ¡exprópiese!, ¡exprópiese!, dirigiéndose a cuanto edificio veía en torno a la plaza. No son nuevas semejantes provocaciones, pero la proclamación de guerra contra todo el que no comulga con él es una siembra particularmente venenosa y destructiva.

En Venezuela hay 24 millones de habitantes que, para un marxista serio, ni son burgueses ni proletarios industriales; él trata de crear esa división politiquera a la que no responde ni la realidad ni el sentir de la gente. El presidente con un incendio retórico quiere prender las pasiones y odios, una "guerra a muerte" para impedir que la gente se pase a la oposición. Sabe que la gran mayoría en el fondo de su corazón quiere paz, convivencia tolerante e iniciativas emprendedoras para superar la pobreza y prosperar; para combatir la corrupción y la ineficiencia estatal.

La proclama de guerra a muerte ("Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables") en junio de 1813 no fue la más feliz del Libertador y sí la más mortal, pues en un año esa guerra acabó con la República, ahogada en un salvaje baño de sangre y de exterminio entre venezolanos. Nadie es quién para condenar a muerte a inocentes, ni para absolver a culpables. La exitosa campaña relámpago del Libertador en 1813 realmente fue admirable, a pesar de la guerra a muerte; por el contrario, ésta propagó incontenibles hogueras sangrientas de bárbaros como los españoles Zuazola o Monteverde. Ese mismo año de 1813 el terrible caudillo Boves desde Guayabal proclamó también su guerra a muerte contra los blancos y el asalto a las haciendas de éstos, y se propagó incontenible la guerra de razas contra los blancos, mantuanos y hacendados americanos.

Asesinatos de soldados rendidos, civiles, mujeres y niños en Valencia, Caracas, Cumaná, Barcelona, Maturín y otros pueblos. No es cierto que Bolívar fue el origen de la guerra a muerte (que ya andaba suelta desde Monteverde), pero sí que cayó en su trampa criminal. La guerra a muerte (ayer y hoy) sirve para implantar la barbarie y el terror, pero impide la construcción de la deseada república independiente y democrática. En 1814, con la destrucción salvaje de los ejércitos patriotas y de los civiles por Boves y sus llaneros, la derrota fue total. Bolívar confesará años más tarde que la de ese año fue "increíble y lamentable campaña", donde "todo se perdió menos el honor" (Diario de Bucaramanga). Eran menos de 20.000 los españoles en Venezuela por 800.000 americanos; la independencia parecía asegurada si con la guerra a muerte se unía a éstos para enfrentar a aquellos. Pero las realidades sociales no funcionan así y todavía la guerra era básicamente entre americanos. Como dice el especialista John Lynch, "la medida pretendía atemorizar a los españoles y lograr someterlos, y animar a los criollos a que apoyaran la independencia. En realidad, la guerra a muerte no consiguió ninguna de las dos cosas". Pardos y mestizos, en ciego resentimiento, embistieron contra los blancos de Bolívar. Como dirá él en el Manifiesto de Carúpano, "vuestros hermanos y no los españoles han desgarrado vuestro seno, derramado vuestra sangre, incendiado vuestros hogares y os han condenado a la expatriación".

Presidente, deje el miedo y gobierne. Aquí, a pesar de sus palabras, ni hay revolución, ni deseo de guerra fratricida. La guerra de medio país contra el otro sólo trae ruina y muerte entre venezolanos. Todos queremos convivencia, soluciones, superación de la pobreza, prosperidad y diálogo. Gobierne.

Luis Ugalde, sacerdote jesuita, doctor en Historia, es rector de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas-Venezuela

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