Gran Torino

Cultura · Juan Orellana
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5 marzo 2009
El último film del casi octogenario Clint Eastwood nos cuenta la historia de Walt Kowalski, un veterano de la guerra de Corea que acaba de enviudar. Es un hombre intratable, gruñón y amargado, que tiene una relación muy tensa con sus propios hijos. De mentalidad ultraconsevadora, está lleno de prejuicios hacia los inmigrantes de otras razas y, para más inri, en el barrio está rodeado de orientales. El día que decide intervenir en una pelea entre chinos que tiene lugar en su propio jardín marcará un punto de inflexión en su vida que ya no tendrá vuelta atrás.

Clint Eastwood demuestra su grandeza en la capacidad de contar una gran historia de una forma sencilla y desnuda. Incluso el personaje que él encarna es un héroe vestido de antihéroe, que no da importancia a su propia grandeza. Y lo hace en un film de tono ligero, incluso inhabitualmente humorístico, de sencilla producción y planteamiento estético convencional. Gran Torino es en el fondo una historia de maduración clásica, pero en un hombre de ochenta años. Una maduración que consiste en abrir la mente y aprender de quien crees que no puedes aprender nada.

Hay dos figuras clave en este renacimiento de Kowalski, el padre Janovich y la joven Sue. Los dos saben ver más allá de la opaca apariencia del insoportable Kowalski, ambos ven su humanidad oculta, y por ello serán capaces de poner en marcha el nacimiento del nuevo Kowalski, en la línea paulina de paso del hombre viejo al hombre nuevo. Esta metáfora cristiana no está traída por los pelos, ya que al final del film los referentes iconográficos a Cristo son evidentes. El catalizador de esta redención del personaje es el joven Thao, "el Atontado", un acobardado chaval que es introducido por Kowalski a la realidad de la vida: el trabajo, las relaciones afectivas, la autoestima… y aprende de la vida y de la muerte lo que su mentor sólo reconoce al final de su existencia.

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