Gramercy Park

Cultura · GONZALO MATEOS
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6 octubre 2022
Se está constatando que los sistemas educativos en ocasiones refuerzan y reproducen la desigualdad. La educación es un bien público y común. Para disfrutar de ese bien no se debería necesitar ningún requisito previo o el cumplimiento de alguna condición o pago. Los bienes públicos son indivisibles, su aprovechamiento es el derecho de todos.

Uno se da cuenta que está en Nueva York cuando parece que ya ha estado en un lugar que nunca ha pisado. Muchos de sus escenarios los hemos visto cientos de veces en películas y series o leído o escuchado en libros y canciones. Es una ciudad que transmite multiculturalidad, diversidad, atracción y hasta algo de arrogancia. Se podría decir que es una especie de capital del mundo, al menos para los que todavía nos estremecemos ante el lugar vacío de las torres gemelas, seguimos temiendo a las crisis de Wall Street, hemos paseado por el sentimental Central Park o por el puente de Brooklyn, presenciado los musicales de Broadway o el fin de año en Times Square.

Y por si todo esto no fuera poco, en Nueva York se encuentra la sede mundial de las Naciones Unidas que ha celebrado este septiembre su Asamblea General. Casi doscientos jefes de Estado y de Gobierno coinciden unos días para afrontar los principales problemas comunes. Los ves paseando juntos con sus delegaciones desplegando una concentración intensa de poder político en apenas unos metros cuadrados. Si ese poder nacional es aún capaz es harina de otro costal. Pero no cabe duda de que asistir a los debates en la Sala de Asambleas del East River genera una especial emoción. Es desde ese atril de mármol verde, el más conocido del mundo, donde este año el Secretario General, António Guterres, ha realizado un impactante discurso inicial, intentando despertar conciencias e inspirar una reacción ante un momento de inquietud general. “Estamos estancados en una disfunción global colosal. La comunidad internacional no está preparada ni dispuesta a afrontar los desafíos enormes y dramáticos de nuestra era. (…) Necesitamos esperanza y más. Necesitamos acción. Trabajemos como una unidad, como una coalición del mundo, como las naciones unidas”. Sí, todo lo que se dice en la ONU suele quedar en aguas de borrajas, pero, por su simbolismo, posee una significación única. Pocos podrán refutar que el coste de no disponer de las Naciones Unidas (con sus muchos defectos) es muchísimo más que el coste de mantenerlas. Pero la Historia nos ha enseñado que merece la pena pagar la factura.

Un ejemplo.  Por primera vez en la historia de las NNUU se ha convocado, dentro del Programa “Nuestra Agenda Común” una cumbre histórica de jefes de estado con el título “Cumbre para la transformación de la educación”. La educación como primera urgencia a afrontar globalmente. En su visión de la situación Guterres afirmó que, pese a que todos sabemos que la educación transforma vidas, economías y sociedades, hoy la educación ha pasado de ser la gran generadora de cambios a convertirse en la gran causante de divisiones.

Aunque la pandemia ha tenido un impacto devastador, la crisis de la educación ya había empezado mucho antes. Se está constatando que los sistemas educativos en ocasiones refuerzan y reproducen la desigualdad. Los resultados de aprendizaje descienden y hay una cierta sensación de estancamiento. “Incluso en los países desarrollados, los sistemas educativos suelen reforzar la desigualdad en lugar de reducirla, y la reproducen de generación en generación. (…) La educación está en una crisis profunda. No terminaremos con esta crisis simplemente haciendo más de lo mismo, más rápido o mejor. Ha llegado el momento de transformar los sistemas educativos” advirtió sereno el Secretario General. Los asistentes asentíamos después de haber trabajado durante meses en dos Pre-Cumbres en la sede de UNESCO en París y en los tres días previos, donde participaron representantes significativos de la juventud, la sociedad civil, los empresarios y casi todos los gobiernos.

Si lo pensamos con perspectiva, que se reconozca el derecho de todos sin exclusión a una educación de calidad es un enorme logro para la humanidad que hemos tardado mucho en ver reconocido. Que la comunidad Internacional se llene de indignación al constatar que muchos no tengan acceso a unos saberes básicos es para sentirse orgullosos del camino recorrido. En la actualidad 244 millones de niños y jóvenes (la mitad de la población de la UE) no están escolarizados. La pandemia ha perjudicado el aprendizaje de más del 90 % de los niños del mundo, la mayor interrupción de la historia, y ha recortado los presupuestos educativos en la mitad de todos los países. Suele pasar que los que más presumen de la importancia de la educación normalmente son los que menos invierten en ella. Necesitamos acciones concretas y no discursos.

Se estima que el 64,3 % de los niños de diez años no pueden leer ni comprender una historia sencilla. Esto significa que, en unos años, uno de cada tres personas será incapaz de entender este mismo texto, y que 840 millones de jóvenes habrán dejado durante este tiempo la escuela sin posibilidades de prosperar y participar en las sociedades del futuro.

En la Cumbre hemos recordado que la educación es un bien público y común. Para disfrutar de ese bien no se debería necesitar ningún requisito previo o el cumplimiento de alguna condición o pago. Los bienes públicos son indivisibles, su aprovechamiento es el derecho de todos. Favorecen y pertenecen a la colectividad sin excepciones. Este derecho a desarrollar toda nuestra humanidad mediante la educación trae consigo el deber de cuidarla entre todos, y no sólo por parte de los miembros de la comunidad educativa. Se nos ha recordado que la educación se basa en un contrato social, esto es, en un acuerdo implícito entre todos los miembros de la sociedad comprometidos a cooperar en pro de un beneficio común. El punto de partida debe ser una visión común. Hay que avanzar hacia Sociedades del Aprendizaje donde todos estemos involucrados. La Cumbre nos ha demandado a todos a reimaginar la educación, es decir, a trabajar juntos para crear espacios compartidos e interdependientes que nos permitan salir de escenarios en los que la educación vuelva a ser la gran habilitadora de vidas completas. La educación no sólo necesita de más financiación, y mucha, sino principalmente el compromiso de todos sin excepción a debatir y participar en la tarea educativa.

Paseando por el Midtown de Nueva York uno se topa entre rascacielos con un espacio verde llamado Gramercy Park que da nombre a un barrio. Se trata de un parque privado exclusivo cercado en el que sólo puedes entrar con una llave (se dice que al principio era de oro) de la que sólo disponen unos cuatrocientos propietarios de algunos de los apartamentos de alrededor. Un suntuoso jardín de acceso restringido. Nadie niega el derecho a tener un jardín privado. De hecho, todos deberíamos tener uno. Pero la pregunta sería si sus propietarios podrían disfrutarlo más, si lo aprovecharían mejor si libremente lo abrieran al servicio del resto de vecinos. Un día al año (en una fecha sin avisar cerca de Navidad) el parque permite la entrada libre. He oído decir que ese día el parque, presidido por un enorme abeto con luces, resplandece más que nunca.

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