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Mundo · José Luis Restán
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30 noviembre 2015
Tenía que ser allí, en la última periferia de nuestro mundo, en una ciudad con dos barrios sellados porque en su interior es imposible controlar la violencia desatada. Francisco quería iniciar el Adviento en Bangui contra viento y marea, contra la opinión de los servicios de inteligencia y de muchos de sus asesores. Quería anticipar el Jubileo de la misericordia traspasando el umbral de la puerta santa en una catedral de tierra rojiza, en una ciudad y en un país del que muchos, veinte siglos después, podríamos repetir aquello: ¿es que de Bangui puede salir algo bueno?

Tenía que ser allí, en la última periferia de nuestro mundo, en una ciudad con dos barrios sellados porque en su interior es imposible controlar la violencia desatada. Francisco quería iniciar el Adviento en Bangui contra viento y marea, contra la opinión de los servicios de inteligencia y de muchos de sus asesores. Quería anticipar el Jubileo de la misericordia traspasando el umbral de la puerta santa en una catedral de tierra rojiza, en una ciudad y en un país del que muchos, veinte siglos después, podríamos repetir aquello: ¿es que de Bangui puede salir algo bueno?

Ya lo creo que ha salido, algo bueno, algo impensable, un testimonio de la verdad del hombre y del mundo que nadie ha podido acallar. “Francisco ha querido, incluso, dormir entre nosotros”, nos contaba emocionado como un niño el obispo de Bangassou, Juan José Aguirre, llegado junto a centenares de fieles de su lejana diócesis, que hubieron de realizar una dura y arriesgada peregrinación para estar con el Papa. “Es algo que para un africano es muy importante, porque significa que con su sueño va a bendecir esta tierra”, relataba en El Espejo de COPE. Y es muy cierto que entre los planes alternativos que se habían manejado estaba el de sacar al Papa durante la noche de territorio centroafricano, para garantizar así su seguridad. Pero Francisco quiso dormir bajo el cielo estrellado de un país misteriosamente bendecido.

Francisco ha llegado a Bangui, como antes a Nairobi y a Kampala, sin oro ni plata para resolver los grandes desafíos sociopolíticos de este continente. Como Pedro ante el paralítico en el umbral del templo de Jerusalén, ha venido a ofrecer a los hermanos de África la fuerza y el poder de Dios que curan al hombre, lo levantan y lo hacen capaz de comenzar una nueva vida. “¡Estad firmes en la fe, no tengáis miedo, porque vosotros pertenecéis al Señor!”, había clamado el Papa al finalizar su homilía en la Universidad de Nairobi. “Esta es la herencia que habéis recibido de los mártires –dijo en Kampala–, el testimonio del poder transformador del Evangelio de Jesucristo, que habéis de llevar a vuestras casas y a vuestros prójimos, a los lugares de trabajo y a la sociedad civil… incluso hasta los más remotos confines del mundo”.

Ya en la catedral de Bangui, traspasada la puerta que simboliza la entrada en la misericordia inexplicable del Dios que se ha hecho carne, Francisco se ha atrevido a anunciar que “la salvación de Dios tiene el carácter de un poder invencible que vencerá sobre todo”. Se habían proclamado las lecturas del primer domingo de Adviento, que advierten de las terribles señales que precederán a la venida Jesús en gloria y majestad. Señales que nuestro mundo experimenta ya, y que los vecinos de Bangui reconocen familiares en la pobreza, la violencia y la venganza de cada día. El Papa vestía la casulla morada propia de este tiempo de espera, y recordó que “Jesús, también en medio de una agitación sin precedentes, quiere mostrar… el poder del amor que no retrocede ante nada, ni frente al cielo en convulsión, ni frente a la tierra en llamas, ni frente al mar embravecido. Dios es más fuerte que cualquier otra cosa… Incluso cuando se desatan las fuerzas del mal, los cristianos han de responder a este reclamo de frente, listos para aguantar en esta batalla en la que Dios tendrá la última palabra. Y será una palabra de amor”.

Francisco entró al día siguiente, entre cánticos y abrazos, en la mezquita de Bangui, en uno de los entornos más peligrosos de la ciudad. Allí afirmó sin ambages que “musulmanes, cristianos y seguidores de las religiones tradicionales, somos hermanos”, y repitió que el verdadero creyente jamás puede dejarse ganar por la violencia, por el odio o por la venganza. Pocos momentos semejantes de fiesta se habrán vivido en la ciudad en los últimos años. Por último Francisco celebró una misa llena de entusiasmo en el estadio de la ciudad. Allí reconoció que “todavía no hemos llegado a la meta, estamos como a mitad del río”, que es como decir la batalla sigue, los sufrimientos no os faltarán, pero la meta está clara y sabemos que “Jesús cruza el río con nosotros”. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Y no era sólo el de Centroáfrica.

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