Golpe en la tierra de Bibi y de Bhatti

Mundo · F.H.
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23 septiembre 2013
Shock en la comunidad cristiana de Pakistán por el atentado que el domingo sacudió Peshawar, al norte del país. El ataque ha sido revindicado por el grupo Jandullah, conocido por golpear a la minoría chiíta y por haber asesinado a nueve alpinistas que subían al Himalaya.

Shock en la comunidad cristiana de Pakistán por el atentado que el domingo sacudió Peshawar, al norte del país. El ataque ha sido revindicado por el grupo Jandullah, conocido por golpear a la minoría chiíta y por haber asesinado a nueve alpinistas que subían al Himalaya.

La explosión se produjo al finalizar el oficio dominical, cuando 600 personas se congregaban en torno a la iglesia de todos los santos, construida en 1883 junto a mezquitas y orientada también ella hacia la Meca. Es un edificio que intenta servir de signo de paz, armonía y convivencia entre musulmanes y cristianos.

Pakistán tiene más de 180 millones de habitantes. Es el sexto país más poblado el mundo, el segundo país de mayoría musulmana con más población después de Indonesia. El 80 por ciento de la población es sunní, los cristianos representan poco más del uno por ciento.

La persecución de los cristianos arrecia en el país, sobre todo a través de la ley de la blasfemia que se ha hecho tristemente famosa por el encarcelamiento de Asia Bibi y el asesinato de Shahbaz Bhatti.  La Comisión Nacional para la Justicia y la Paz de la Iglesia Católica (NCJP) estima que entre 1986 y 2010 han sido acusadas, utilizando la ley, más de 900 personas. La mayoría eran ahmadíes, una rama del islam considera herética. El segundo grupo más denunciado es el de los cristianos. El número de personas a las que se les ha quitado la vida, sin intervención de los jueces, en este tipo de procesos asciende a 33. La curva de las estadísticas da un salto a partir de 2001, tras los atentados de 11 de septiembre y la posterior intervención occidental en la zona.

Los orígenes del país son muy sangrientos y pesan sobre el presente. Su nacimiento está vinculado a la guerra civil de la India británica. Los cristianos ya en el 46-47, en esa lucha interna, fueron víctimas de los ataques de los hindús y de los musulmanes.

Pakistán nace en 1947 tras la partición de la India. El país está dividido en dos, la zona oeste, la más amplia, se encuentra incomunicada de la zona este,  Bangladesh. Hay tres claves que ayudan a comprender lo que sucede desde entonces. La más decisiva es la relación entre el islam y el poder militar. Otra es la lucha dentro del islam entre suníes y chiitas, los primeros patrocinados por Arabia Saudí y los segundos por Irán. Las dos corrientes pugnan por ganar influencia.  Y la tercera la decisiva intervención de los Estados Unidos. Pakistán ha sufrido las mismas contradicciones que la India, pero a una escala mayor: una clase dirigente formada en Occidente, una masa popular muy pobre e influida por un sentimiento religioso radical, poco adecuada para la exigencia de modernización del país. Por un lado está la clase dirigente que habla inglés y las academias militares inspiradas en el modelo británico, por otra las 10.00 escuelas coránicas.

La identidad musulmana está en el origen de la separación de la India y,  a medida que avanza el siglo XX, la islamización de la población se convierte, con el apoyo del Ejército, en una fórmula para responder a las tendencias segregacionistas. La intención de Mohammed Alí Jinnah, padre de la patria, es ambigua. Sus textos rezuman nacionalismo musulmán, pero se esfuerza en explicar que la  personalidad de Pakistán no es religiosa. “Deben recordar –escribe- que el islam no es sólo una doctrina religiosa sino un código realista y práctico de conducta. Estoy pensando en términos de vida, de todo lo importante en la vida. Pienso en los términos de nuestra historia, nuestros héroes, nuestro arte, nuestra arquitectura, nuestra música, nuestras leyes, nuestra jurisprudencia”. Esas afirmaciones no le impiden a Ali Jinnah defender un estado laico. “Los primeros gobernantes de Pakistán, los terratenientes educados en Oxford y en Cambridge, y los generales formados en Sandurst, tenían poco tiempo para preocuparse del fundamentalismo, que era una fuerza periférica en las ciudades y contaba con pocos seguidores en las zonas rurales, donde el campesinado confiaba más en los santos musulmanes locales que en los ortodoxos mulás”, explica Francis-Mehboob Sada.

En los años convulsos que van desde 1947 hasta 1977, en los que se suceden los gobiernos militares, comienza a perderse progresivamente el carácter laico del Estado. En ese periodo se promulgan tres constituciones. La primera, la de 1956, define a la república de Pakistán como una república islámica aunque no utiliza ninguna fórmula confesional. Reconoce formalmente la libertad religiosa. Pero la tercera, la de 1973, ya sí afirma que el islam es la religión del Estado. La Carta Magna de ese año se aprueba cuando ya está en el poder Zulfikar Alí Bhutto, otro de los hombres decisivos de la historia de Pakistán. Alí Bhutto había fundado en 1962 el Pakistan People`s Party (PPP), un partido que se proclama laico y de inspiración socialista. Pero en cuanto llegó al gobierno en 1973 se vio obligado a ceder ante el avance del islam. En 1971 se había perdido la guerra de independencia de la provincia de Bangladesh, la  zona que tras la partición había quedado al este de la India. Había aumentado el descontento popular. Y para  acallarlo el presidente respondió con más islam. Una de sus primeras medidas es estatalizar las escuelas católicas, si bien más tarde acabará echándose para atrás. No sucederá lo mismo con la prohibición del  alcohol y los juegos de azar.

Alí Bhutto intentó controlar uno de los fenómenos más extendidos sin los que no se entiende la vida de Pakistán: las madrazas. Son las escuelas coránicas que están fuera del sistema de educación formal en las que, además de estudiar las enseñanzas de Mahoma, se recibe ayuda social. En muchos pueblos a los que el Estado no llega son la única fuente de articulación civil, formación y solidaridad. El complejo mundo de las diferentes corrientes islámicas pugna por hacerse con el mayor número de madrazas posibles. En este momento se estima que existen alrededor de 15.000.

Tras la guerra de Bangladesh estalla en el  73 un nuevo conflicto: la guerra  del Beluchistán, provincia al este que intenta también la secesión y que amenaza con dejar muy reducida la extensión del país.  Afganistán en ese momento se niega a reconocer sus fronteras. Los militares se convencen definitivamente  de que el islam puede ser la fuerza que contrarreste tantas tendencias desintegradoras. El proceso de islamización se institucionaliza con  el golpe de Estado que lleva al  general Zia-ul-Haqq  al poder en  1977. Se mantendrá en el poder   hasta 1988, año en el que es asesinado. Esos son los años  decisivos para entender porque la minoría cristiana es perseguida.  Son los años en los que se consagra definitivamente la influencia del Ejército y su maridaje con el islam. “A medida que el Ejército fue creciendo hasta alcanzar el medio millón de hombres, la nueva generación de generales, localmente formados y de una extracción social más amplia, se fue haciendo más insegura y  tuvo la necesidad de apoyarse en el en el islam como ideología política”, explica Francis-Mehboob Sada. “El Ejército ha gobernado Pakistán durante la mayor parte de los 60 años de existencia del país, incluso cuando mandaba la sociedad civil mandaba el Ejército –añade monseñor Anthony Lobo, obispo de Islamabad. Los militares no quieren renunciar al poder porque representan la mayor empresa industrial y comercial del país”.

Zia islamizó la justicia  y desarrolló una política con las madrazas que favoreció la radicalización. Su primera pretensión, como la de Alí Bhutto, fue  controlarlas, pero al subvencionarlas las potenció. Aumentó entonces  la competencia entre suníes y chiitas.

Las madrazas que más dinero recibieron fueron las de la corriente deobandi, impulsora de un sunismo radical. Deobandi es el nombre de una localidad de la India que se encuentra a 140 kilómetros al norte de Nueva Delhi. Las pocas mujeres que se ven por sus calles visten burka y los hombres, de blanco, gastan barbas largas. La localidad alberga la que quizás es la madraza más famosa de Asia y de África, la Darul Uloom Deoband. De carácter suní, su origen se remonta a mediados del XIX. Se creó como respuesta a los ingleses tras la primera guerra de la independencia de la India. Rodeada de jardines, la parte baja es de color tierra y los pisos superiores blancos. La corona una cúpula de estilo hindú. Tras sus muros, un  amplio complejo con 3.000 estudiantes que además de dedicar sus esfuerzos a conocer todos los secretos del Corán, aprenden urdu, persa, árabe y jurisprudencia islámica. En muchos casos son niños de localidades pobres que acuden ante la atracción de contar con educación gratuita y una vida menos fatigosa que la que tienen en sus familias. Suelen estar en la madraza de Deobandi desde los cinco hasta los 20 años. Según algunas estimaciones, el 65 por ciento de las madrazas pakistaníes siguen las enseñanzas de este gran centro. A sus fieles se les conoce como los “deobandi”. Son una de las corrientes islámicas con más peso en  el país. La convergencia con la sensibilidad wahabí, de origen saudí, ha radicalizado su mensaje. De hecho, muchos consideran que Darul Uloom Deoband es la fuente de inspiración de los talibanes. Son famosas sus fatwas (pronunciamientos legales de la autoridad islámica respecto a  una cuestión concreta), alguna tan polémica como la que prohibía a las mujeres musulmanas no montar en bicicleta hasta los 13 años.

Las madrazas de influencia deobandi aumentaron en el estado de Punjab y en la frontera con Afganistán. En 1979, tras la ocupación soviética de este último país, el dinero estadounidense y saudí aceleró aún más el proceso de radicalización. Al tiempo que Washington refuerza en Afganistán a los talibanes para intentar contrarrestar el avance del comunismo, manda grandes cantidades de dinero a los militares pakistaníes y a sus servicios secretos, el ISI (Inter-Services Intelligence). Parte de ese dinero va a parar a las madrazas cercanas a la frontera con Afganistán donde el plan de estudios es muy particular. Después de nueve o diez meses de aprendizaje del Corán, se suelen hacer prácticas de combate durante un mes junto a los muyahidines en Afganistán. El Ejército y el ISI no tienen que dar cuenta de los fondos que reciben, y temerosos siempre de la amenaza de India, alimentan a los yihadistas del Oeste y en el Este, en Cachemira,  a insurgentes con la misma ideología islamista. “Los militares y el servicio secreto en cierto modo se han convertido en aliados de los talibanes- precisa Francis-Mehboob Sada-. Por eso hay una relación de complicidad. Pero no hay que olvidar que en los años en los que el país parecía una fuerza emergente en Asia, la novedad eran estos “estudiantes de Dios” que se habían formado en las madrazas paquistaníes financiadas por  Arabia Saudí”.  El panorama se complica porque  Irán no quiere perder peso en el país y, para contrarrestar la extensión del sunismo más radical, comienza a enviar dinero al país con el fin de apoyar y crear madrazas chiítas. La minoría cristiana se ve cercada por un islam cada vez más radical que compite entre sí y que fue alimentado por Occidente en los años 80.  

El legado más envenado de Zia, junto a la islamización, es la Ley de la Blasfemia del 86. Ninguno de los gobiernos democráticos posteriores la ha derogado. La ley se ha convertido en dos párrafos (el B y el C) del artículo 295 del Código Penal,  en los que se contempla la cadena perpetua para todos aquellos que ofendan al Corán y la pena de muerte para quien insulte al profeta Mahoma.

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