Gitanos: ¿de quién es la culpa?

Mundo · Mario Mauro
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22 septiembre 2010
Después del animado choque entre la comisaria de Justicia, Viviane Reding, y el gobierno francés, que ha inspirado en los últimos días el debate político europeo, es conveniente arrojar luz sobre el asunto de la población gitana. Van a servir para poco las bofetadas a larga distancia entre París y Bruselas, con una Reding que ha perdido la paciencia y ha llegado a comparar (más tarde se disculpó) la repatriación de los gitanos de Francia con las deportaciones masivas de la Segunda Guerra Mundial.

En los trabajos del Consejo Europeo, Sarkozy ha discutido con el presidente Barroso, pidiendo explicaciones por el procedimiento de infracción que se ha abierto contra su país. No es el momento de intercambios de acusaciones y de explotarlos políticamente, es el momento de abrir un debate sobre las medidas serias y concretas que hay que tomar para resolver los problemas de integración.

El Grupo del Partido Popular Europeo ha presionado para que se desarrolle una verdadera estrategia para los gitanos, un plan integral que sea administrado a nivel comunitario y que contribuya a su integración en la UE. Los problemas se resuelven mediante el desarrollo de políticas eficaces y de verificar su correcta aplicación.

El presidente del Parlamento Europeo, Jerzy Buzek, ha advertido con razón que "el problema no es sólo de los gitanos o de Francia, sino de toda Europa y debemos afrontarlo juntos". Negar esto sería negar la posibilidad de resolver un problema de importancia trascendental. No sólo por las implicaciones humanitarias y de derechos humanos que tiene sino también porque sería negar la propia finalidad de la Unión Europea como lugar en el que se buscan soluciones a los problemas de unos pocos.

Para tratar de entender mejor la urgencia de encontrar una solución compartida por todos, tenemos que considerar el hecho de que en la Unión Europea hay entre 10 y 12 millones de nómadas, por lo que es inconcebible que un movimiento de personas de un esta magnitud, que afectan prácticamente a todos los Estados miembros de la Unión no se resuelvan a nivel comunitario.

Hasta ahora, los países afectados por este fenómeno (Francia e Italia) actúan por su cuenta haciendo evidente una paradoja: los países más virtuosos siempre terminan pagando más que otros las consecuencias de estar en Europa.

Todo esto pese a la directiva 38 de 2004, que debería ayudar a los países miembros a gestionar mejor los flujos migratorios y a castigar a quienes no se comportan de una manera compatible con las normas mínimas de convivencia civilizada aunque se acepte la devolución de ciudadanos de la UE. Los gobiernos de los Estados miembros y la Comisión deben encontrar tan pronto como sea posible un modus operandi para dialogar cada uno consonancia con su papel, pero respetando el interés de los ciudadanos europeos, sean o no gitanos. Este debe ser el único propósito con el que tenemos que trabajar en los próximos meses. No olvidemos que si los políticos están empeñados en pelarse y en echarse las culpas de una situación tratada con ligereza e indiferencia durante mucho tiempo, miles de personas en Europa, no en un área del Tercer Mundo, tienen dificultades para vivir en condiciones dignas.

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