Editorial

Gesticulación contra la vida

Editorial · Fernando de Haro
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29 octubre 2018
España se ha convertido en el ejemplo claro de un país en el que las élites políticas y mediáticas han construido, artificialmente, una agenda polarizada. Esa agenda pretende colonizar, incluso de un modo subconsciente, el mundo de la vida social que transita por caminos más tranquilos. Se produce el espejismo de que los españoles están enfrentados en posiciones irreconciliables y se tiende a darle poco peso a las experiencias de bien común. La imagen es la de una expansión hacia los extremos, mientras que la vida real transcurre en el centro. Hay razones coyunturales que fomentan la polarización. Pero también somos víctimas de una imagen de democracia que la reduce a la ley y a sus instituciones: no se percibe la mutua dependencia propia de la vida en común.

España se ha convertido en el ejemplo claro de un país en el que las élites políticas y mediáticas han construido, artificialmente, una agenda polarizada. Esa agenda pretende colonizar, incluso de un modo subconsciente, el mundo de la vida social que transita por caminos más tranquilos. Se produce el espejismo de que los españoles están enfrentados en posiciones irreconciliables y se tiende a darle poco peso a las experiencias de bien común. La imagen es la de una expansión hacia los extremos, mientras que la vida real transcurre en el centro. Hay razones coyunturales que fomentan la polarización. Pero también somos víctimas de una imagen de democracia que la reduce a la ley y a sus instituciones: no se percibe la mutua dependencia propia de la vida en común.

Sin duda la mayor fuente de polarización es el Gobierno de los socialistas, apoyado en una minoría muy reducida de diputados, que tiene que buscar apoyo en múltiples formaciones también minoritarias. El PSOE, partido que para la inmensa mayoría de sus votantes es un partido de centro (especialmente en Andalucía) o de centro izquierda, como se ha empeñado en gobernar, necesita permanentemente hacer concesiones (la mayoría simbólicas) a partidos que apuestan por la secesión de Cataluña o a Podemos (populismo de izquierda). La consigna es resistir en el Gobierno para recuperar apoyo electoral. Los socialistas no tienen el respaldo necesario para realizar las reformas de calado (educación, competitividad, mercado laboral, pensiones, demografía, etc). Por eso se dedican a cuestiones de alta tensión ideológica (Franco y la memoria histórica) o a lo que quedaba pendiente de los llamados nuevos derechos (eutanasia). Un partido con votantes de centro o centro-izquierda, tradicionalmente defensor de la unidad de España, por oportunismo, se ve escorado hacia las posiciones secesionistas o de la izquierda radical. Sánchez no consigue recuperar el equilibrio después de haberse puesto en una posición inestable.

En la oposición, el centro derecha del PP y el centro liberal de Ciudadanos también gesticulan en exceso, alejados de la sensibilidad de la mayoría de sus bases. El nuevo líder del PP, Pablo Casado, tiene que competir con el Gobierno, con el avance de Ciudadanos y con la herencia tecnocrática de su predecesor Rajoy. Demasiados frentes a la vez. Apuesta, así, por una nueva intervención en Cataluña para suspender al Gobierno autónomo, acusa a Sánchez de golpismo y enfatiza que la política económica lleva al país al desastre.

La economía y el modo de afrontar la situación en Cataluña, cuando se despejan todas las hipérboles, reflejan hasta qué punto los dos partidos mayoritarios juegan en una casilla mucho más similar de lo que parece.

El Gobierno de Sánchez ha pactado un plan de presupuestos con Podemos que contiene un considerable aumento del gasto. Una parte importante de ese gasto se concentra en políticas sociales y en la revalorización de las pensiones. El mensaje que se quiere dar es que, después de los años de ajuste de la crisis, ha llegado el momento de las alegrías. Semejante política económica tiene muchos puntos débiles: no es responsable con la sostenibilidad del sistema de pensiones, obliga a subir impuestos cuando el crecimiento económico empieza a desacelerarse (todavía por encima del 2 por ciento) y no acomete reformas de calado. Pero en muchos aspectos coincide con la política expansiva aprobada por Rajoy para 2018 antes de que lo echaran. El propio Rajoy ya había enmendado su reforma de las pensiones.

En Cataluña las diferencias entre el PP y el PSOE también parecen abismales. No lo son tanto. Es cierto que los socialistas han buscado el apoyo de los independentistas. Los partidos de la secesión gesticulan mucho, pero de momento, en lo esencial, se mantienen dentro de la ley. Un año después de la proclamación de la independencia, a pocos meses de que se celebre el juicio contra los que la promovieron, nadie quiere dar un paso más allá del marco constitucional. Especialmente ERC está interesada en abandonar cualquier proyecto unilateral. El Gobierno de los socialistas, como el del PP, explora alguna vía de acuerdo con los independentistas que están dispuestos a renunciar a posiciones maximalistas. Para el Gobierno del PSOE, como para el PP si siguiera en el poder, una sentencia excesivamente dura sería un obstáculo para sus planes. Porque en Madrid y en Barcelona hay una inmensa mayoría que ya está en el día después. Unos reconocen que la independencia no es posible, los otros saben que hay que dar una salida cuando la mitad de la población catalana quiere romper.

El ruido, a menudo impostado, no permite oír el mundo de la vida real. Las fronteras ideológicas internas son más irrelevantes de lo que parece. Falta imaginación, sobran intereses para que emerja la vida compartida.

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