Gatsby, aspirar a lo eterno y quedar preso en la tierra

Cultura · Joshua Nicolosi
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3 junio 2022
La conquista de Daisy, el espejismo del progreso, corriendo detrás que algo que huye. Son los temas de la obra maestra, siempre actual, de Francis Scott Fitzgerald, “El gran Gatsby”

¿Qué es una obra maestra? Estemos hablando de literatura, música o cine –en definitiva, de arte en general–, una obra maestra es una obra que, independientemente de su tiempo, tiene la misteriosa capacidad de abrir brecha, con una fuerza siempre creciente y renovada, en el corazón de cualquier época, expresando con palabras irrepetibles inquietudes y aspiraciones, miedos y deseos. Tanto para el individuo como para la comunidad, representa un auténtico pozo sin fondo de imágenes, mitos, personajes de alma afín, de emociones en los que reflejarse, mediante los cuales podemos captar de manera inmejorable la esencia más profunda de nosotros mismos. Algo grande y sublimemente cercano. Ese es el milagro del arte: conocerse uno mismo mediante una inmersión en el otro. Numerosas creaciones del genio humano han merecido la definición de obra maestra, pero hay una, escrita en 1925, que fue reconocida como tal pero que también se ha olvidado en parte, a pesar de que su texto, escrito con una admirable síntesis de delicadeza y tragedia, logre arraigar de manera incontrolada en la parte más sensible de nuestros sentidos. Estamos hablando de El gran Gatsby, novela estadounidense que salió de la pluma de Francis Scott Fitzgerald, ambientada en la chispeante y frenética edad del jazz, conocida también como Roaring Twenties, es decir, “los locos años 20”.

La historia, más o menos conocida para el gran público debido también a sus diversas adaptaciones cinematográficas, está protagonizada por el joven y rico Gatsby, que entre la clase alta de Long Island aspira al amor de su deseada Daisy, a la que abandonó cuando tuvo que partir para prestar su servicio durante la Primera Guerra Mundial, y que ahora es la esposa del arrogante terrateniente Tom Buchanan. Una historia que, desde el principio, está marcada por la señal de la pérdida, la ausencia, la carrera afanosa tras algo que huye inexorablemente.

Siguiendo a Daisy, Gatsby intenta encontrar remedio a uno de los rompecabezas más terribles de la existencia humana: conciliar el paso del tiempo con la conservación del pasado, la velocidad y la caducidad de la concreción material con la eternidad de la memoria. En esta desesperada aventura entre los escombros de la reconstrucción de un fracaso anunciado, nuestro protagonista, cuyo drama narra su amigo y primo de Daisy, Nick Carraway, se muestra cada vez más dividido entre continuos tropiezos en sueños de reconstrucción que poco a poco se van rompiendo y una extraordinaria voluntad de entregarse totalmente a lo imposible.

Pero todo eso tiene un precio. Las fiestas que animan su casa carecen de todo contacto humano, vanas orgías orientadas al puro placer, receptáculo de extraños que solo comparten la huida de la realidad, víctimas de una deyección irreparable. Su riqueza también es el fruto perverso de un mundo que frustra todos los sueños. Conseguida mediante negocios con despiadados contrabandistas de alcohol, es el símbolo de una dinámica sin vía de salida, que obliga a los que se le acercan a ceder algo para obtener otra cosa a cambio. La suprema ilusión que, como el personaje de Fitzgerald, nos condena a todos día tras día.

Al final de la novela asistimos al funeral de Gatsby, al que no va nadie, solo su fiel Nick. Esa impresionante soledad que le acompaña hasta el último instante desvela la fragilidad de todas las relaciones que con tanto esfuerzo ha ido entablando a lo largo de una vida dedicada a intentar recuperar algo que ya no existía.

¿Pero por qué Gatsby nos resulta tan familiar? Tal vez porque esa pátina de progreso que envolvía los años 20 americanos, entre rascacielos en construcción y coches que corrían cada vez más deprisa, no es tan distinta de la que hoy nos empuja cada vez con más fuerza a la exasperación tecnológica. Igual que Gatsby, que buscando el amor y la luz verde de Daisy buscaba también la realización personal de sus ganancias como condición imprescindible para adquirir la felicidad, somos hijos de un sueño americano incumplido, vehementemente convencidos de ser privilegiados e inmunes a la descomposición del tiempo. No nos damos cuenta de que, huyendo siempre hacia adelante, perdemos de vista nuestras referencias y anhelamos, sin esperanza, poder volver a la orilla de la que hemos zarpado. Desconocidos los unos para los otros, como los invitados de Gatsby, intentamos no perder terreno pero al hacerlo acabamos vendiendo inevitablemente nuestra alma. Igual que Gatsby, aspirantes al paraíso de la felicidad, acabamos siendo presos de una condena terrena a la infelicidad.

Como escribe magistralmente al terminar su novela Fitzgerald, en este éxtasis entre perdernos en la huida hacia adelante y la disipación de los momentos felices unidos a recuerdos irrecuperables, sin saber que lo que perseguimos ya ha quedado irremediablemente a nuestra espalda, “seguimos remando, botes en contra de la corriente, atraídos incesantemente hacia el pasado”.

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