García Márquez, Neruda, Rulfo: el padre lo es todo

Cultura · Dante José Liano
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11 febrero 2015
Debo a la copiosa biografía de García Márquez, escrita por el refinado e ingenioso Gerald Martin, una observación muy puntual. Martin confirma uno de los tópicos de la crítica sobre el gran escritor colombiano: la influencia de Franz Kafka. Sucedió a finales de los años 40 del siglo pasado. García Márquez vivía en una pensión de cuatro duros, fingía estudiar en la universidad y devoraba libros en honor a su invencible vocación literaria.

Debo a la copiosa biografía de García Márquez, escrita por el refinado e ingenioso Gerald Martin, una observación muy puntual. Martin confirma uno de los tópicos de la crítica sobre el gran escritor colombiano: la influencia de Franz Kafka. Sucedió a finales de los años 40 del siglo pasado. García Márquez vivía en una pensión de cuatro duros, fingía estudiar en la universidad y devoraba libros en honor a su invencible vocación literaria.

Padecía insomnio y sus amigos le prestaban libros para ayudarle a conciliar el sueño. O al menos le ayudaban a pasar las horas. Una de aquellas noches, alguien le llevó un libro que acababa de publicar la editorial Losada y que había traducido Jorge Luis Borges. El libro se titulaba “La metamorfosis” y su autor era Franz Kafka. En vez de dormir, García Márquez pasó la noche en blanco, leyendo y releyendo la obra maestra del escritor checo. “¡Así se debe escribir!”, exclamó. “¡Así contaba cuentos mi abuela!”. Es decir, con cara de palo, contando las cosas más inverosímiles con el mismo tono con que se cuentan hechos cotidianos.

Gregorio Samsa se despertó una mañana convertido en un insecto y actuó con calma. Igual que su familia. También los protagonistas de las novelas de García Márquez asisten a fenómenos sobrenaturales con la familiaridad con que uno toma el café por la mañana. Mauricio Babilonia se pasea con un halo de mariposas amarillas en la cabeza, el padre Nicanor levita cada vez que toma una taza de chocolate, Remedios la Bella asciende al cielo en cuerpo y alma agarrada a una sábana que estaba estirando. García Márquez añade a esta técnica kafkiana su contrario: las cosas cotidianas parecen hechos extraordinarios. Cuando el coronel Aureliano Buendía, de pequeño, conoce el hielo le parece algo fantástico; las piedras del río de Macondo parecen huevos prehistóricos, construir una jaula de pájaros se convierte en una empresa maravillosa.

Aquí interviene Martin. En su opinión, la semejanza entre Kafka y García Márquez reside también en otra circunstancia, aparte de la técnica de lo fantástico. El parecido está en la relación con el padre. Conocemos bien las conflictivas relaciones de Kafka con su progenitor. Menos bien las de García Márquez con don Eligio García, el telegrafista trashumante que le hizo venir al mundo y que nunca le concedió una mirada de reconocimiento. Don Eligio era un hombre condenado al fracaso. No solo fue telegrafista, también probó fortuna con la farmacia. A sus fracasos como farmacéutico contrapuso el éxito con las mujeres. Un poco poeta, un poco bailarín, un poco bohemio, el señor Eligio no tenía mucho tiempo que dedicar a sus hijos e hijastros. Hasta el punto de que la verdadera figura paterna para García Márquez fue su abuelo materno, el coronel Nicolás Márquez.

Sin embargo, durante toda su vida, cuenta Martin que Gabriel García Márquez intentó conseguir la aprobación de su padre. Pero el señor Eligio nunca se la otorgó. Hasta el punto de que cuando su hijo ganó el Premio Nobel, don Eligio comentó a unos periodistas estupefactos: “¡Cómo no se lo van a dar si es amigo íntimo de Mitterrand!”.

Otro padre ausente en vida pero también presente en su obra es el padre de José María Arguedas, el gran novelista peruano autor de “Los ríos profundos”, que dejó una impronta indeleble en el alma de su hijo. Era una suerte de viajante que pronto se quedó viudo y cargaba con un niño al que rara vez veía. A veces lo dejaba “olvidado” en cualquier fábrica de los Andes peruanos. El pequeño José María creció así en estrecho contacto con la esclavitud indígena. Hasta el punto de que su lengua materna fue el quechua, el idioma de los incas, la población más humilde del Perú, de los que aprendió leyendas, usos y costumbres. A este descuido paterno debemos uno de los monumentos literarios de América Latina, esos “ríos profundos” que emiten una música secreta desde el fondo de los barrancos andinos.

Por el contrario, un padre muy presente fue el de Neftalí Reyes, más conocido como Pablo Neruda. Un duro ferroviario, hombre del pueblo, poco amante de los libros y mucho de la naturaleza, crió a su hijo en un ambiente rudo y primigenio, en los exuberantes bosques del sur de Chile, donde los árboles tocan el cielo y los animales proliferan más que los seres humanos. En repetidas ocasiones, Neruda volverá en sus versos a cantar a la naturaleza chilena, en todo lo que tiene de profundo, telúrico y conmovedor. Y en repetidas ocasiones volverá a cantar a la figura del padre, fuerte, poderoso, concreto.

Pero tal vez el padre más importante de toda la literatura hispanoamericana no es ni el desatento de García Márquez, ni el nómada de Arguedas, ni el imponente de Neruda, ni el ausente de Vargas Llosa, ni el influyente de Borges, ni el colonizador de Garcilaso de la Vega. Quizás el padre más importante sea un padre ficticio, el padre de Juan Preciados, protagonista de la obra maestra de Juan Rulfo, Pedro Páramo. «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. (…) “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”». La búsqueda del padre crea una obra maestra de menos de cien páginas. Un retrato íntimo, intenso y notable del México profundo.

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