Editorial

Fuera de la zona de confort

Editorial · Fernando de Haro
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17 enero 2016
La entrevista a Bauman en El País ha hecho furor. Entendámonos: el furor que estas cosas pueden provocar. En las librerías de Madrid, donde se vende algo más que Juego de Tronos, sus últimas obras se han agotado, quizás se hayan vendido algunos cientos de ejemplares. Bauman, ya ocurrió con su “sociedad líquida”, tiene la virtud de dar algunas pistas para entender el mundo en transición de este comienzo del siglo XXI.

La entrevista a Bauman en El País ha hecho furor. Entendámonos: el furor que estas cosas pueden provocar. En las librerías de Madrid, donde se vende algo más que Juego de Tronos, sus últimas obras se han agotado, quizás se hayan vendido algunos cientos de ejemplares. Bauman, ya ocurrió con su “sociedad líquida”, tiene la virtud de dar algunas pistas para entender el mundo en transición de este comienzo del siglo XXI.

El sociólogo de origen polaco es estimulante porque no hace los insatisfactorios y manidos análisis morales (de izquierda y de derecha). No es un problema ético. “Las certezas han sido abolidas”, señala. Se refiere a las certezas institucionales y económicas. Pero la frase se podría extender a otros campos. La democracia cojea no solo porque los políticos sean corruptos, por falta de ideales, sino porque “el matrimonio entre poder y política en manos del Estado-nación se ha terminado. El poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas”. Los políticos, aunque tuvieran la habilidad de decidir lo que hay que hacer, no podrían hacerlo porque no tienen capacidad.

La crisis que sacude por enésima vez los mercados en los últimos días ilustra bien lo que asegura Bauman. La devaluación del yuan chino y la bajada del precio del petróleo se han convertido en los dos fantasmas que amenazan el planeta. Como respuesta a la crisis de 2008, crisis de sobreendeudamiento, Estados Unidos puso en marcha una política monetaria expansiva, ahora utilizada por Europa. El reverso de la fórmula es una devaluación y la consiguiente guerra de divisas a la que se ha apuntado China. No hay poder político mundial que ponga orden. Sin Estado-nación es casi imposible mantener en pie el Estado de Bienestar.

Y lo mismo ocurre con la guerra y sus efectos. Juncker, el presidente de la Comisión Europea, esta semana le echaba un rapapolvo a Suecia y a Dinamarca por haber abolido Schengen. La Unión Europea, que no ha conseguido superar las dinámicas del Estado-nación, se ve desbordada por la llegada de refugiados, por las consecuencias de una guerra que se produce en Oriente Próximo. Afortunadamente Merkel nos ha recordado que ser europeos es acoger al que huye del terror, pero la política de fronteras ha fracasado y nada o poco de lo aprobado en Bruselas durante los últimos meses se ha puesto en vigor.

Esta impotencia de la política que ha traído una globalización irrefrenable nos enfada. Es lógico. Tenemos en nuestro ADN la idea de que el poder tiene la capacidad de darnos una vida mejor, más libre, más humana. Y, de pronto, el poder tradicional se nos queda vacío de contenido en favor de un poder abstracto, intangible. El edificio de libertades y derechos sigue en pie, pero a veces se antoja vacío. Nuestra perplejidad es lógica.

Quizás la ocasión sea buena para retomar la capacidad de cambio que en otras épocas tuvo la fuerza de la comunidad, de las relaciones personales y sociales que, de modo estable, pueden afrontar este tiempo de perplejidades. A nosotros eso nos parece poco. Al fin y al cabo, somos los hijos de una generación que minusvalora, prácticamente desprecia, la capacidad de transformación del encuentro entre personas, de las comunidades (empresariales, educativas, profesionales) anudadas con la gratuidad y la paciencia. Nos hemos resistido a ello porque no queríamos ser insignificantes y porque hemos ignorado culpablemente cómo se han producido algunos cambios en la historia. Ahora lo irrelevante es lo que nos parecía más decisivo. Nunca es tarde para aprender.

Bauman es también sugerente en esto y subraya cuál es la verdadera urgencia: “la identidad ha sido transformada de algo que viene dado a una tarea”. El polaco no lo dice, pero seguramente esa es la gran certeza que ha sido abolida: lo gratuito, lo que no es fruto de la voluntad, es lo que te permite vivir. El papel de la comunidad ha sido sustituido por las redes sociales, por relaciones virtuales que dependen de un clic. “La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad, pero la red te pertenece a ti”, señala el sociólogo. De este modo no se sale de la zona de confort, no se amplían horizontes. No hay encuentro con el otro. Como ejemplo positivo de alguien que sí dialoga cita a Francisco y su entrevista con Eugenio Scalfari. “El diálogo real no es hablar con la gente que piensa lo mismo que tú”, concluye. No hace falta tener una cuenta en twitter para estar agazapado en la zona de confort.

En este tiempo en que toda vieja seguridad está abolida, los recursos para una vida humana y para el cambio son esos dos que casi siempre hemos olvidado: la identidad dada –la potencia del yo con todas sus necesidades y deseos– y la inmensa riqueza y fecundidad social de los encuentros “más allá de la zona de confort”.

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