Fuera de la pecera

Editorial · Fernando de Haro
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10 julio 2022
“Se había dado cuenta, inquieto, de que lo que no soportaba era la transitoriedad en sí misma; la idea de que cualquier cosa, la que fuera, se terminaría; lo que no soportaba era una de las condiciones primordiales de la vida”.

Es uno de los pensamientos que asalta a Paul, el protagonista principal de Aniquilación de Houellebecq. En pocas líneas aparece la quemadura nueva y vieja, la que atraviesa toda la historia: esa dolorosa e insoportable fugacidad que parece arrastrar todo al vacío.

La crítica se muestra desconcertada ante la última novela del escritor francés. Ha desaparecido la denuncia desesperada del desmoronamiento de la cultura occidental de Las partículas elementales. Tampoco hay rastro de la crítica profética de Sumisión, retrato de una fe (islámica) irracional y anestesiante. Incluso la actividad sexual de los personajes es casi ordenada y se produce, en la mayoría de los momentos, dentro una relación amorosa.

¿Qué le ha pasado a Houellebecq? Aniquilación es menos redonda que otras obras. De fondo atentados ficticios y reales, y como siempre, mucha política francesa. Probablemente le sobran páginas y tiene algunos excesos narrativos. Hay personajes que son un puro pretexto. Pero lo interesante y provocativo es que el personaje principal, Paul, sale de la pecera de la nada, busca incluso con ingenuidad el sentido de las cosas.

Paul es un alto funcionario de la administración francesa que tiene como principal función acompañar a Bruno, un ministro con mucho peso político. Su vida es la vida de un hombre maduro, solo, apagado, encerrado en una frialdad afectiva que le aleja de casi todo. Hasta que de un modo inesperado se suceden varios acontecimientos (enfermad, amor, muerte) que lo encienden.

Su padre queda absolutamente paralizado, solo puede expresarse con el movimiento de los ojos. Houellebecq, ante este suceso, pone en uno de los personajes secundarios una denuncia contundente: “ha habido una radical mutación antropológica (…) la vida de los ancianos ya no es respetada (…) al conceder más valía a la vida de un niño, negamos todo valor a nuestras acciones reales. Privamos de toda motivación y todo sentido a nuestra vida: es, muy concretamente, lo que llamamos nihilismo. Devaluar el pasado y el presente en beneficio del futuro, devaluar lo real para preferir una virtualidad situada en un futuro incierto, son síntomas del nihilismo europeo mucho más decisivos que todos los que Nietzsche pudo detectar”.

Paul, sin embargo, a través de lo que le sucede, supera la mutación antropológica. Al principio parece estar atrapado: “siempre había visto el mundo como un lugar donde él no debería haber estado, pero que no tenía prisa en abandonar, simplemente porque no conocía otro. Debía haber sido un árbol, en todo caso algo menos agitado que un hombre, con una existencia menos sometida a variaciones”. Pero la hipótesis de la nada, cuando piensa en la muerte, le hace desear más vida. “¿Cuánto tiempo le quedaba? Después llegaría la nada, una nada radical y definitiva. El mundo continuaría su curso, los seres humanos se acoplarían, sentirían deseos, los perseguirían, pero todo esto sucedería sin él”, se dice. Para añadir en otro pasaje, cuando una puesta de sol le parece un símbolo de la muerte: “el sol poniente no era un adiós, la noche sería breve y conduciría a un alba absoluta, a la primera de la historia del mundo”.

La cuestión de Dios aparece insistentemente, Paul quiere escucharlo. “Si Dios existiera realmente, podía haber dado más indicaciones sobre sus criterios. Dios era un mal comunicador”, piensa. Aunque las rechaza, entiende la provocación y la posibilidad de la encarnación de un Dios que se expresa como misericordia. Ante un paisaje “bañado de un silencio religioso” se dice que “si Dios estaba presente en su creación, si tenía que comunicar un mensaje a los hombres es allí donde lo haría (…) En un sentido el mensaje era límpido, pero costaba relacionarlo con la existencia terrenal de Jesucristo, marcada por numerosas relaciones humanas y también muchos dramas, los ciegos que ven, los paralíticos que vuelven a andar”. En otro momento es aún más consciente de lo que supone el cristianismo: “cuando las criaturas de Dios caen en el pecado puede actuar Su misericordia. Se acordó de un verso de Claudel que le había impresionado cuando tenía quince años: Sé que donde el pecado abunda, su misericordia sobreabunda. Pero estas palabras ¿había que considerarlas en sentido literal? ¿La misericordia debía considerarse como una consecuencia del pecado? ¿Y el pecado no había sido autorizado para permitir el resurgimiento de la gracia, y por ende de la misericordia?”.

El alto funcionario sale de la pecera de la nada gracias a un amor que reverdece cuando parecía seco. Gracias a la compañía de personas como su hermana que le grita: “la vida es un don de Dios y Dios te ayudará si te ayudas a ti mismo (…) Quizás creas que tu vida te pertenece pero es falso, perteneces a los que te aman, tú perteneces a Prudence (su mujer), pero también un poco a mí, y quizás a otras personas que no conozco, pero perteneces a otros aunque no lo sepas”.

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