Francisco y la multiplicación de las ´puertas santas´

Mundo · Giuseppe Frangi
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10 diciembre 2015
Hay un aspecto genial en la forma en que el Papa Francisco ha “diseñado” este Jubileo. Un aspecto que se refiere a esa innata genialidad humana que ya hemos aprendido a reconocer en él. Me refiero a la decisión de multiplicar las “puertas santas”, de convertirlas en un fenómeno exponencial y casi penetrante. Una operación de dilatación y descentramiento que comenzó la semana pasada en la República Centroafricana, donde abrió la primera Puerta del Jubileo en la catedral de Bangui, la capital. El martes fue San Pedro y el domingo se abrirán las de las iglesias catedrales de todas las diócesis. Y es solo el principio.

Hay un aspecto genial en la forma en que el Papa Francisco ha “diseñado” este Jubileo. Un aspecto que se refiere a esa innata genialidad humana que ya hemos aprendido a reconocer en él. Me refiero a la decisión de multiplicar las “puertas santas”, de convertirlas en un fenómeno exponencial y casi penetrante. Una operación de dilatación y descentramiento que comenzó la semana pasada en la República Centroafricana, donde abrió la primera Puerta del Jubileo en la catedral de Bangui, la capital. El martes fue San Pedro y el domingo se abrirán las de las iglesias catedrales de todas las diócesis. Y es solo el principio, pues el día 20 Francisco abrirá una Puerta Santa en un albergue de Cáritas situado a pocos metros de la estación Termini de Roma, y lo mismo sucederá en todas las iglesias dedicadas a la Misericordia.

Francisco no ha querido poner límites. En el campo de refugiados de Erbil, donde viven miles de cristianos que han huido de las tierras ocupadas por el Isis, la Puerta Santa será la de una tienda, como lo pidió el arzobispo caldeo, Bashar Matti Warda. Y luego está la decisión más sorprendente de todas: convertir cada puerta de una celda en una Puerta Santa. El Papa siempre ha prestado una atención especial –casi una predilección– hacia el pueblo de los presos, y ha querido ofrecerles esta condición especial, que se renovará “cada vez que los presos pasen por la puerta de su celda dirigiendo su pensamiento y oración al Padre”.

Hay algo extraordinariamente humano en este deseo de Francisco de no dejar a nadie fuera de la puerta. Mejor dicho, de ofrecer a todos la posibilidad de cruzar esa puerta. El mundo de Francisco es, de hecho, un mundo de puertas abiertas. En su estupenda catequesis del pasado 18 de noviembre se refirió a ese mundo que, por el contrario, vive en la cultura de las puertas blindadas: “existen muchos [lugares] donde las puertas blindadas se han convertido en normales. No debemos rendirnos a la idea de tener que aplicar este sistema a toda nuestra vida, a la vida de la familia, de la ciudad, de la sociedad. Y mucho menos a la vida de la Iglesia. ¡Sería terrible!”. En cambio, la puerta abierta es la ocasión de la hospitalidad y de la acogida. Es oportunidad de encuentro.

Pero por una puerta no solo se entra, también se sale. Salir, si por una parte todos pueden verlo como síntoma de libertad, por otra para la Iglesia es también una oportunidad para ir al encuentro de todos los hombres y no quedar encerrado en el propio recinto.

Esta especie de “ética de la puerta” del Papa Francisco no se podría explicar totalmente sin recordar algo que Jesús dijo de sí mismo y que Bergoglio quiso recordar en esa catequesis del 18 de noviembre: “Él mismo ha afirmado: «Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos» (Jn 10, 9). Jesús es la puerta que nos hace entrar y salir”.

Multiplicar las puertas coincide entonces con abrir una esperanza: “Nosotros debemos pasar por la puerta y escuchar la voz de Jesús: si escuchamos su tono de voz, estamos seguros, estamos salvados”. La misericordia es la voz de Jesús que nos espera al otro lado de la puerta. Y entonces es natural pensar que lo mismo vale para cada puerta por la que tenemos que pasar en cada una de nuestras jornadas, la de casa, la del trabajo, la de clase. Pero también la del tranvía o el metro todas las mañanas, en medio de la multitud de los hombres.

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