Francisco, uno de nosotros

Cultura · María Itatí Cabral (Buenos Aires)
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14 marzo 2013
Tres y media de la tarde en la oficina. Habemus Papam. Salté de la silla, estremecimiento de alegría ¿por qué? Porque existe un punto concreto, físico, tangible entre el cielo y la tierra. Tan misterioso que da vértigo, y nadie se resigna a aplicarle los análisis básicos de una elección cualquiera; análisis que devuelven pobres resultados y poco tienen que ver con la potencia del hecho. El hecho desconcierta nuestras especulaciones, hace volar los cálculos. Por eso, alegría.

La noticia acaba de cortarnos la tarde a la mitad. Una hora después me es imposible seguir trabajando como si nada. Quien más, quien menos, estamos todos pendientes de "esa" ventana. Habemus Papam: Bergoglio. Increíble. Su primer pedido es que recemos por Benedicto (hablando de hechos desconcertantes). Es un pedido con ayuda: nos hace rezar ahí. Unos por los otros. Empezamos un camino. 

En días en que el mundo se retuerce buscando el poder, Francisco. Elige el nombre del mendigo alegre, Francisco. Y yo no quepo en mí. Dura de emoción. Me contengo las lágrimas pero no las risas. 

Tenemos que salir. Había una reunión fijada con antelación. Panamericana, General Paz, reunión. Salgo, corro, dejo el auto, misa. No es domingo pero parece, adentro de esta iglesia hay un pueblo, nos miramos como si nos conociéramos de siempre y es la primera vez que los veo. "Fratellanza" dijo el argentino. Salgo, paro un taxi para llegar antes a casa. 

Subo al taxi. "Estás contenta, pero muy contenta". El tipo es judío, casado con una católica, pero ninguno de los dos practica mucho, me explica. Conversación como de toda la vida. Antes de bajar me repite "pero estás muy contenta, me alegra que estés así", me tira un beso como si fuera la hija. 

Estoy muy contenta. Porque existe un punto que no depende de todas nuestras voluntades y se declara a mi servicio. Porque preside en el amor, dijo.

Él habla como yo, yo quiero sentir como él.

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