Francisco de Sales o la inteligencia del corazón

Mundo · Antonio R. Rubio Plo
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23 agosto 2017
En este mes de agosto se acaban de cumplir 450 años del nacimiento de san Francisco de Sales, un santo de los años difíciles de las guerras religiosas en Europa, en las que el cristianismo fue secuestrado por las ideologías y la omnipotente razón de Estado. Precisamente por haber vivido en tiempos en los que muchos pensaban que la única forma de defender las diferencias religiosas, por no decir políticas, era a golpe de espada, Francisco es un santo muy oportuno para nuestros días. 

En este mes de agosto se acaban de cumplir 450 años del nacimiento de san Francisco de Sales, un santo de los años difíciles de las guerras religiosas en Europa, en las que el cristianismo fue secuestrado por las ideologías y la omnipotente razón de Estado. Precisamente por haber vivido en tiempos en los que muchos pensaban que la única forma de defender las diferencias religiosas, por no decir políticas, era a golpe de espada, Francisco es un santo muy oportuno para nuestros días. No solo fue un precursor de la presencia activa de los laicos en el seno de la Iglesia, partiendo de una profunda vida interior, sino que también fue conocido como el santo de la dulzura y de la paciencia, pese a que todos los testimonios son unánimes en señalar que tenía un carácter fuerte.

Francisco de Sales fue nombrado, a principios del siglo XVII, obispo de una Ginebra de mayoría calvinista, en la que el culto a Dios y al César no estaba diferenciado. Casi un siglo de luchas religiosas podían haber hecho su labor imposible. No pocos pensarían que la única forma de que un obispo católico pudiera volver a residir en Ginebra, pues Francisco vivía “exiliado” en la cercana Annecy, sería por la fuerza de las armas. Hubiera bastado, por ejemplo, una entrada por sorpresa de los ejércitos del católico duque de Saboya en la ciudad suiza para resolver la cuestión. Así sería más tarde el sistema político de Westfalia (1648), que sirvió para confirmar que la religión de los gobernantes habría de ser forzosamente la religión de sus súbditos.

No pensaba así el obispo Francisco, pues su espiritualidad le hacía desconfiar de reformas y reformadores que se quedaban solo en lo externo. La verdadera reforma tenía que nacer del corazón. En su Introducción a la Vida Devota, escribe: “Por el contrario, hay que empezar por el interior… Quien tiene a Jesús en su corazón no tardará en tenerlo en todas sus acciones… Quien gana el corazón del hombre, gana por entero al hombre”. Todavía hoy seguimos sin asimilar este consejo, y estamos persuadidos, en la mayoría de los aspectos de la vida, que son las normas, escritas o de uso social, las que únicamente contribuyen a configurar al individuo y a la sociedad. Somos, en gran parte, tributarios de la ética formalista de Inmanuel Kant o de la teoría pura del Derecho de Hans Kelsen. Y no es que las normas no sean importantes, pero como diría Pascal, nacido en 1622, el mismo año de la muerte de Francisco de Sales, el corazón tiene razones que la razón no comprende.

Francisco fue conocido como hombre de paciencia, y quien tiene paciencia, es propenso al diálogo que no ha de ser entendido como una opción para la síntesis de ideas contrarias. Por el contrario, el diálogo es una oportunidad para la sencillez y la naturalidad, un momento para proponer, no para imponer, y tampoco para tergiversar las convicciones propias o ajenas. El auténtico diálogo es el que nace del corazón. Sigamos este consejo del santo obispo de Ginebra: “Es necesario que nuestras palabras salgan del corazón antes que de la boca. El corazón habla al corazón, y la lengua solo habla a los oídos”.

Francisco de Sales da muestras en su vida de un carácter semejante a la de los grandes personajes bíblicos. Tiene la paciencia de David y la sabiduría de Salomón, sabiendo combinar la inteligencia con el corazón, lo que no deja de ser un reflejo de un Dios que no se queda en el exterior sino que se acerca al interior del hombre. Pocos años antes de ser obispo, Francisco demostró celo apostólico en el trato con los calvinistas, pero no obtuvo ningún éxito. Seguramente fracasaba por limitarse a exponer razones, argumentos de índole teológica, como si se tratara de una lucha de esgrima, en la que habría que aprovechar el punto débil del adversario para dejarle tocado. Esto me recuerda lo que decía Aramis, el mosquetero de Dumas que nunca llegaba a ordenarse sacerdote, de que se había batido en duelo por culpa de una afirmación de san Agustín en la que él y su adversario no estaban de acuerdo.

La reacción de algunas personas ante la oposición de los calvinistas habría sido una deriva hacia el espiritualismo y el rigorismo teológico. No actuará así Francisco de Sales, partidario de un humanismo devoto, en el que resulta imprescindible intentar no perder la paciencia, aun a riesgo de parecer frágil y vulnerable a los ojos de algunos. La dulzura de carácter de Francisco de Sales, que no tiene prisa y está siempre dispuesto a escuchar a las personas, es el resultado de su paciencia y del completo abandono en las manos de Dios. Con estas armas, tan poco llamativas y fundamentadas en su fe, Francisco será a la vez fuerte y valiente.

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