Francisco, amar la normalidad

Mundo · Giuseppe Frangi
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17 febrero 2016
Hay muchos momentos de la visita del Papa Francisco a México que será difícil olvidar. No porque sean momentos especiales sino al contrario, porque la normalidad se ha abierto paso, con sus imperfecciones y también con la tranquilidad de hacer lo que es adecuado. El encuentro con las familias ha sido emblemático. La primera pareja que salió a plantear su pregunta a Francisco era una pareja casada por lo civil, Humberto y Claudia Gómez, ella con un divorcio y tres hijos a sus espaldas. Una pareja consciente de su situación pero igualmente agradecida a Dios y deseosa del abrazo de la Iglesia. Luego llegó el turno de Manuel, un chico con discapacidad cuyos padres se pusieron de rodillas para sostener el folio que él iba a leer. “¿Habéis visto esta imagen?”, subrayó el Papa. “Los padres de rodillas junto a su hijo enfermo. ¡No olvidemos nunca esta imagen!”.

Hay muchos momentos de la visita del Papa Francisco a México que será difícil olvidar. No porque sean momentos especiales sino al contrario, porque la normalidad se ha abierto paso, con sus imperfecciones y también con la tranquilidad de hacer lo que es adecuado. El encuentro con las familias ha sido emblemático. La primera pareja que salió a plantear su pregunta a Francisco era una pareja casada por lo civil, Humberto y Claudia Gómez, ella con un divorcio y tres hijos a sus espaldas. Una pareja consciente de su situación pero igualmente agradecida a Dios y deseosa del abrazo de la Iglesia. Luego llegó el turno de Manuel, un chico con discapacidad cuyos padres se pusieron de rodillas para sostener el folio que él iba a leer. “¿Habéis visto esta imagen?”, subrayó el Papa. “Los padres de rodillas junto a su hijo enfermo. ¡No olvidemos nunca esta imagen!”.

Para Francisco, la vida habla a través del espectáculo de sus imágenes. No habla gracias a historias emblemáticas y ejemplares. Habla a través de la maravilla de una normalidad aceptada y amada. Esta familia viva, a veces renqueante, a veces herida, es la que el Papa indica como experiencia real, y la que por tanto ve como modelo, que no tiene la pretensión de serlo. La familia que se lanza con coraje a la arena de la vida y no se protege a la defensiva en su propio bienestar (“familias maquilladas que no saben de ternura ni de compasión”, como las define Francisco). Es la familia que no teme a las arrugas que deja la fatiga de cada día. Como esa actriz de cine latinoamericana cuyo nombre Bergoglio no desvela pero a la que recuerda por cómo respondió a quien le aconsejaba hacerse unos retoques en el rostro para hacer desaparecer las arrugas y continuar así en su camino de éxito. “Estas arrugas me han costado mucho trabajo”, dijo a quien le sugirió una intervención de cirugía plástica. “Me han costado mucho esfuerzo, mucho dolor y una vida plena, ni en sueños dejo que me las toquen. Son las huellas de mi historia”. Respuesta de un realismo inolvidable. Además, añadió el Papa, “siguió siendo una gran actriz”.

Así, las arrugas y cicatrices en la historia de una familia son los signos de una historia vivida sin formalismos ni ficciones, porque nada es fácil y nada es obvio. “Son fruto de la fidelidad de un amor que no siempre habrá sido fácil. El amor no es fácil; no es fácil”. Lo que hace posible todo esto es la ternura gratuita de Dios.

Familia es la raíz de otra palabra que el Papa destacó en el largo y hermoso discurso a los obispos de México. Es la palabra familiaridad. “La necesidad de familiaridad habita en el corazón de Dios”. Y luego, con esa sutil atención a las palabras que le caracteriza, el papa recordó que la Virgen de Guadalupe pidió para sí una “casita”, es decir, una casa pequeña donde “sus hijos puedan sentirse a gusto”.

En ese diminutivo se custodia casi la identidad de un pueblo. “Nuestros pueblos latinoamericanos quizá tienen necesidad del diminutivo porque de otra forma se sentirían perdidos”. Perdidos, ¿en qué sentido? En el sentido de que solo en el pequeño espacio de la casa, donde la estrechez obliga a ser humildes y modestos, se experimenta algo que hace concreta la familiaridad de Dios: la dimensión de proximidad, que “se llena de la grandeza omnipotente”.

Además, en la proximidad es fácil e inmediato posar la mirada en la “Morenita”, la Virgen mestiza de Guadalupe. Ella “custodia las miradas de aquellos que la contemplan, refleja el rostro de aquellos que la encuentran”. Una imagen estupenda, que se convierte en una sugerencia de método: “Es necesario aprender que hay algo de irrepetible en cada uno de aquellos que nos miran en su búsqueda de Dios. A nosotros nos toca no hacernos impermeables a tales miradas. Custodiar en nosotros a cada uno de ellos”. Por lo demás, es esa necesidad de familiaridad “que habita en el corazón de Dios”.

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