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Fiesta del dinero, fiesta de la vida

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5 octubre 2014
España está sacudida por un nuevo escándalo. Bankia, el banco que tuvo su origen en la segunda caja de ahorros mayor del país (Caja Madrid) es ahora un banco público. El rescate financiero de 2011 hizo necesario nacionalizarlo. El control por parte del Estado ha permitido que se sepa que 86 de sus consejeros, durante siete años, dispusieron de tarjetas de crédito opacas al fisco y que gastaron 15 millones de euros.

España está sacudida por un nuevo escándalo. Bankia, el banco que tuvo su origen en la segunda caja de ahorros mayor del país (Caja Madrid) es ahora un banco público. El rescate financiero de 2011 hizo necesario nacionalizarlo. El control por parte del Estado ha permitido que se sepa que 86 de sus consejeros, durante siete años, dispusieron de tarjetas de crédito opacas al fisco y que gastaron 15 millones de euros.

La cantidad no es excesiva si se la compara con los 22.000 millones que ha sido necesario inyectar en la entidad. Pero la indignación social es mayúscula: los que dispusieron de ese dinero no tenían formación financiera alguna. Recibieron las tarjetas por pertenecer a partidos políticos y a sindicatos mayoritarios. Todo esto sucedió en los años en los que entidad capto recursos de los inversores de un modo casi fraudulento y acabó en una situación de quiebra técnica. Es lógico que haya un intenso malestar ante “la fiesta del dinero” que solo disfrutaron algunos. Pero la reacción de “indignación moral”, contra lo que algunos llaman la “casta”, es insuficiente. Es conveniente intentar comprender las razones de fondo del caso.

Estamos ante un nuevo supuesto, este esdrújulo, de la disociación de economía financiera y economía real. Solo así se comprenden ciertas “alegrías”. Algunos están convencidos de que el divorcio se inicia con el fin del sistema monetario de Breton Woods. En concreto en los años 70, cuando el dólar deja de ser la moneda de referencia. En los años 80 comienza una globalización fundamentalmente financiera (la globalización de los bienes y servicios no es tal). Con la caída del Muro de Berlín Clinton se considera legitimado para impulsar una desregulación del sistema financiero que crea una industria bancaria cada vez más especulativa. Las finanzas, necesarias para superar los límites del presente, se dedican cada vez más a la comercialización de un tiempo ficticio desvinculado del sistema productivo. El cáncer mina a los bancos de todo el mundo.

Tras el estallido de la crisis, Estados Unidos pone a su supervisor a trabajar para sanear a las entidades afectadas por la juerga del dinero. Europa se construyó por el tejado y tiene moneda común pero no supervisor común del sistema financiero. Por eso el problema se alarga. Solo este mes de noviembre, con la entrada en vigor de la Unión Bancaria, el Banco Central Europeo por fin va a supervisar a través de los test de estrés la solvencia de 120 entidades. El examen no va a ser muy duro. El Banco Central Europeo tiene que combatir la tercera recesión que amenaza en forma de deflación.

El escándalo de las “tarjetas negras” ha salido a la luz porque a España, a cambio de 40.000 millones de euros de rescate, se le ha exigido más claridad que a los demás países. Se ha puesto de manifiesto cómo las cajas de ahorro, instituciones nacidas desde abajo gracias a la iniciativa de la sociedad, quedaron “colonizadas” por la partitocracia y la sindicatocracia en la transición política.

La supervisión y el control del dinero son necesarios para que se acabe la orgía financiera. Pero el fondo de la cuestión, como a menudo sucede, es cultural. La concepción liberal del hombre, que tiene una imagen negativa del mismo, defiende que el mercado “purifica” los intereses egoístas para convertirlos en ganancias para todos. Esta concepción llevada al extremo se obsesiona por la maximización del beneficio, desvinculándose del futuro, de la creación de empresa y de la riqueza real. El crecimiento que tanto nos preocupa no puede venir solo de una mayor liberalización del mercado o de una regulación del mismo. Hay otra concepción más realista que tiene más en cuenta todos los factores en juego, que reconoce en el origen de toda actividad humana una gratuidad última y que entiende que todos estamos en relación. Es una concepción que ensalza la capacidad de emprender, de transformar la realidad para crear riqueza sostenible. Bajo ese prisma las finanzas dejan de ser un fin en sí mismo.

Es lamentable que la gente robe. Pero, en este contexto, insistir en la ética no sirve para mucho y conduce a la frustración. La coherencia moral, en frío, siempre es inalcanzable. Solo gracias a una educación y a una experiencia en la que esté presente otra forma de crear riqueza más atractiva puede superarse la natural inclinación a participar en la fiesta del dinero que tantos desmanes ha provocado. La verdadera fiesta es la de la vida, la del trabajo, la de una riqueza real y compartida.

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