Fidelidad y coraje, pero también astucia

Mundo · José Luis Restán
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11 diciembre 2008
En el 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, el Papa ha querido dejar clara la posición de la Santa Sede. Este texto "constituye todavía hoy un altísimo punto de referencia para el diálogo intercultural sobre la libertad y sobre los derechos humanos". Pero a continuación ha realizado dos graves advertencias. Por un lado millones de personas ven hoy amenazados su derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad, y se levantan nuevas barreras en nombre de la raza, la religión o las opiniones políticas. Por otra parte, si se prescinde de la sólida base ética que proporciona la ley natural, inscrita por el Creador en la conciencia humana, los derechos humanos se vuelven frágiles y se vacían de significado real.

Entre estas coordenadas se mantiene la posición de la Iglesia ante una celebración en la que no han faltado gravísimas imputaciones contra ella, desde la de homofobia a la de crueldad frente a los discapacitados. Y todo porque la Santa Sede no traga con los intentos de grandes lobbys bien asentados en el entorno de Naciones Unidas, de aprovechar la ocasión para una reformulación de facto de aquella Declaración, que incluiría al aborto y al matrimonio homosexual como nuevos derechos, y que supondría una severa reprobación, incluso penal, para todas aquellas instancias (Estados, Iglesias, organizaciones civiles) que se resistan a aceptarlos como tales.

La situación es bien difícil para la Santa Sede en términos de opinión pública, ya que una amplia maniobra de manipulación la sitúa como enemiga de un supuesto progreso en la extensión y profundización de los derechos humanos. Así por ejemplo, la oposición a un texto sobre la despenalización universal de la homosexualidad presentado por Francia le ha valido durísimos ataques. Dicho texto consta de trece puntos entre los que figuran peticiones absolutamente compartidas por la Iglesia, como liberar a las personas homosexuales de cualquier sanción o discriminación injusta, pero  también pretende imponer la equiparación de las uniones homosexuales al matrimonio, criminalizando a quienes se opongan a dicha equiparación y creando las bases para su persecución legal.

Otro punto de fricción ha sido la negativa del Observador vaticano en Naciones Unidas  a ratificar una Convención sobre los Derechos de los Discapacitados, porque dicho documento no rechaza la utilización del aborto selectivo como medio de impedir el nacimiento de un discapacitado. Resulta especialmente amargo que la Iglesia de la que han nacido san Juan de Dios, Don Orione o Teresa de Calcuta se vea acusada de negar sus derechos a los discapacitados por quienes sostienen que la imperfección del feto es motivo para permitir que se realice un aborto.

En la jornada de la celebración del 60 aniversario, el cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone, puso el dedo en la llaga al advertir que los derechos fijados en la Declaración Universal deben ser siempre defendidos, pero es necesario contener la propagación de peticiones de nuevos derechos en todas direcciones, para no confundir a los propios derechos con simples deseos, a menudo contingentes y parciales. Éste es el epicentro de todas las polémicas, enmascaradas por el buenismo, la falsa compasión y los prejuicios ideológicos contra la Iglesia: el debate sobre el fundamento antropológico de los derechos humanos, que por un lado son exaltados por la trompetería mediática y por otro son reconducidos en función de un supuesto consenso perfectamente modelado por el poder cultural dominante.

Bertone tiene razón al denunciar la confusión entre los derechos radicados en la naturaleza humana y una cascada de reivindicaciones que deben medirse razonablemente con su fundamento antropológico, pero hay que reconocer que, en lo que se refiere a la imagen proyectada masivamente por los medios, la Iglesia se encuentra en una situación hosca y desabrida. A la vista de las polémicas de estos días me venía a la memoria la recomendación de Jesús a los suyos de ser, además de ingenuos como palomas, astutos como serpientes. Y también otra advertencia evangélica: "os envío como corderos en medio de lobos". La Iglesia se siente llamada a proteger las dimensiones esenciales de lo humano en un tiempo de confusión y relativismo en el que se discute precisamente ese terreno común que Benedicto XVI, con toda razón, ha vuelto a reivindicar. Esta situación demanda de la Iglesia creatividad y astucia comunicativa. Ya sé que éste no es el fondo del problema, pero son cosas que ayudarían y de las que por desgracia no andamos sobrados.

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