Manifiesto del CL

Faltan referentes comunes

España · José Jiménez Lozano
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20 junio 2016
El premio Cervantes José Jiménez Lozano comenta para Páginas Digital el manifiesto de CL hecho público con motivo de las elecciones. Jiménez Lozano subraya el valor de la Transición y reclama racionalidad en respuesta al nihilismo.

Pienso que el manifiesto se mueve en un ámbito de una sociedad que piensa y se pregunta por sus responsabilidades morales y políticas, pero esta sociedad no es la nuestra ni el mundo del manifiesto es el mundo general de nuestros modos de pensar y vivir, y ¡ojalá me equivoque! Ayer mismo se invadió una capilla universitaria y se realizaron pintadas, cuando todavía conservo el impacto de la lectura de un recorte de un periódico italiano que titulaba: “Via croci e nomi cristiani da strade e cimiteri. Non è lo Stato islamico, ma la Spagna”.

Es evidente que no nosotros todos los españoles sino ciertos grupos de españoles, que son nuestros representantes aunque ni los conozcamos, siempre han actuado para que siga la bola de nuestra triste historia de violencias y estupidez o para estar a la cabeza de la libertad y la unión del país. A veces parece que estamos repitiendo el XIX y otras los años treinta del XX. Y son estos grupos los que, por lo visto, piensan por los españoles y siempre van a traer un mundo nuevo. Vivimos en un régimen de minorías rectoras con ideas modernísimas de hace ochenta a ciento cincuenta años, que siempre quieren modernizar la situación. Pero otros de estos nuestros representantes tuvieron el acierto de querer convivir como en el 78, y fue posible la convivencia como hoy lo sería. Una voluntad de ser normales en política y en todo lo demás, ¿cómo va a ser algo caduco?

A veces, no es fácil entender algo en este caos hispánico, ya que idénticos referentes intelectuales y morales de una gran mayoría de los españoles, aunque fueran adversarios políticos, eran comunes; pero ahora esos referentes no existen; sólo está ahí la soberanía absoluta de “yos” y sectas “ad infinitum imperiales e intratables”, y no hay ningún criterio objetivo de racionalidad, en el alegre nihilismo en que vivimos: nada es nada ni significa nada, y yo decido. Sin una conciencia moral, ni una ley imperando en la sociedad y que tenga bajo ella a todos los que la forman, comenzando por el Estado –lo que es la esencia de la democracia–, una sociedad será difícil que sobreviva, y quizás nuestro único problema es el de que recuperemos la racionalidad y la buena fe, y no estaría mal tampoco que hiciéramos un hueco a algún saber mínimamente sólido y serio. Porque, de otro modo, todo será hablar por hablar, y con las pésimas consecuencias del palabreo: los innecesarios enredos sin salida.

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