Editorial

Falsa dicotomía

Editorial · Fernando de Haro
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6 diciembre 2020
Estamos al principio del fin, proclaman nuestros políticos y algunos líderes de opinión. Se trata de establecer una conexión emotiva, inyectar optimismo, tutelar los sentimientos. El final del trayecto debe ser llevadero. Se dejan de lado las estimaciones sobre el tiempo que hace falta para vacunar a la población, la evolución de la segunda ola y las previsiones económicas. Lo que cuenta es proporcionar una emocionalidad positiva. Es un buen propósito, hay que compensar la emocionalidad negativa –odio, miedo, envidia, resentimiento– que suele dominar las redes sociales. Estamos en la democracia sentimental, lo que cuenta es una realidad sentida: los sentimientos no tienen nada que ver con los hechos y con una realidad que se ha difuminado hasta convertirse en un pretexto. Los periodistas hemos sucumbido en la misma trampa: nuestro objetivo ya no es informar sino emocionar.

Estamos al principio del fin, proclaman nuestros políticos y algunos líderes de opinión. Se trata de establecer una conexión emotiva, inyectar optimismo, tutelar los sentimientos. El final del trayecto debe ser llevadero. Se dejan de lado las estimaciones sobre el tiempo que hace falta para vacunar a la población, la evolución de la segunda ola y las previsiones económicas. Lo que cuenta es proporcionar una emocionalidad positiva. Es un buen propósito, hay que compensar la emocionalidad negativa –odio, miedo, envidia, resentimiento– que suele dominar las redes sociales. Estamos en la democracia sentimental, lo que cuenta es una realidad sentida: los sentimientos no tienen nada que ver con los hechos y con una realidad que se ha difuminado hasta convertirse en un pretexto. Los periodistas hemos sucumbido en la misma trampa: nuestro objetivo ya no es informar sino emocionar.

La pretensión de ejercer una tutela emotiva, una nueva forma de manipulación tiene que ver con la disociación de hechos y significado. El proceso se ha acelerado por la pandemia. Todos los días se nos facilitan datos sobre la tasa de incidencia, la tasa de positividad o la velocidad de propagación del virus. Se nos llenan los ojos de gráficos y de estadísticas. A menudo no está claro su significado. Cuando se reclama la objetividad de los hechos se responde con un aluvión de datos sin contexto y sin relación entre ellos. Es lo que algunos llaman el datocentrismo: el frenesí por la actualización y el acopio de referencias, con independencia de si se avanza en la comprensión de lo que se quiere entender.

Hechos y datos no son lo mismo. El dato desnudo no tiene conexiones, no ofrece pistas para adentrarse en la complejidad. Un hecho llega con su narrativa, con un posible sentido. Ante la aridez del dato, la realidad y el significado se divorcian. Aceptar una teoría conspirativa, que proporciona un sentido fácil de asimilar y que resuelve rápidamente la incertidumbre, puede ser más consolador que buscar el significado en los hechos. Y así llega un momento en que la cantidad de realidad del sentido abrazado y profesado es irrelevante. Puede consolar el sentimiento de que las vacunas son un arma secreta de Gates para controlar a la población mundial o que el mundo occidental está sufriendo una invasión de inmigrantes que vienen a destruir nuestra cultura. Pero, consciente o inconscientemente, quien asume una explicación de este tipo ha decidido de antemano que lo importante es la conexión emotiva con el grupo con el que se siente identificado. No le interesan los hechos. Por eso las identidades, las pertenencias, están determinadas por la emocionalidad: por la necesidad de superar a cualquier precio la inseguridad.

La epidemióloga Eleanor Murray, de la Universidad de Boston, y la viróloga Angela Rasmussen, de la Universidad de Columbia, han detallado cómo, durante la pandemia, la dificultad para estar en la realidad ha generado lo que ellas llaman falsas dicotomías. En un artículo conjunto señalan que las falsas dicotomías entre salvar vidas y salvar economías, confinamientos indefinidos y desescaladas ilimitadas, mascarillas y no mascarillas (la lista es más larga), ofrecen un escape ante la inquietante complejidad e incertidumbre. “No hay –señalan ejemplificando– dicotomía entre salud y economía porque los dos conceptos están íntimamente ligados. La economía no puede funcionar de forma ininterrumpida si una parte importante de los trabajadores sufren una enfermedad viral de la que no se recuperan en semanas o meses”.

Los problemas no tienen una solución binaria, pero con los mismos datos, complejos, los políticos y algunos líderes sociales construyen mensajes y significados diferentes, incluso contradictorios. Mensajes que no hacen las cuentas con que la “incertidumbre y la complejidad forman parte de la ciencia, de la salud pública, de muchos aspectos de la transmisión de los patógenos, de la infección y de la enfermedad”, apuntan las dos especialistas. Frente al carácter arduo de la verdad, tienen un gran mercado los que ofrecen atajos mentales o afectivos. Hemos visto políticos que, sin despeinarse, han defendido como progresista una medida y la contraria en un intervalo de pocas semanas. Las fidelidades irracionales son una trampa. Fiarse de alguien exige más que nunca el uso de la capacidad crítica. La última o quizás la primera dicotomía, que no mencionan ni Murray ni Rasmussen, es la que separa los datos de su significado.

La pandemia se ha convertido en un banco de pruebas para identificar las conexiones sanas entre los hechos y su sentido. Algo que será decisivo en un mundo cada vez más complejo.

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