Editorial

Experiencia frente a experiencia

Editorial · Fernando de Haro
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27 julio 2015
El deseo de cambio encauzado, reducido. Lejos quedan los momentos tormentosos del inicio y ahora la torrentera baja ya entre los diques de una vieja ideología. Estamos hablando de Podemos y del 15-M. Quizás estuviera en sus genes. Habrá quien lo celebre. Parece cerca “el asalto al cielo”. El proyecto de Pablo Iglesias está a punto de realizarse. Pero la necesidad de algo nuevo se ha quedado huérfana.

El deseo de cambio encauzado, reducido. Lejos quedan los momentos tormentosos del inicio y ahora la torrentera baja ya entre los diques de una vieja ideología. Estamos hablando de Podemos y del 15-M. Quizás estuviera en sus genes. Habrá quien lo celebre. Parece cerca “el asalto al cielo”. El proyecto de Pablo Iglesias está a punto de realizarse. Pero la necesidad de algo nuevo se ha quedado huérfana.

El curso electoral en España cierra con dos grandes incógnitas que producen una lógica inquietud. Agosto va a ser mes de pre-campaña electoral en Cataluña. El 27 de septiembre se celebran las elecciones autonómicas que los independentistas quieren “plebiscitarias”. O mucho se equivocan todas las encuestas, o las dos listas que apuestan claramente por la independencia no van a obtener una mayoría suficiente que les permita declarar la secesión. La lista del president Mas, a la que se ha sumado ERC y la llamada sociedad civil catalana (que nunca fue civil porque ha nacido y crecido con dinero público) y la lista radicalísima de la CUP se van a quedar lejos de la mayoría absoluta. Va a ser la lista de Podemos la que decida. Y Podemos en Cataluña, de momento, asegura que está por lo que llama “la integridad del Estado español”. Pero hasta el último momento la cuestión quedará abierta. Lenin no era partidario del nacionalismo pero cuando llegó el momento lo utilizó para acelerar la revolución. No hay que descartar que el nuevo partido apoye la fractura para crear inestabilidad.

El futuro de Cataluña puede estar en manos de Podemos como puede estarlo el Gobierno de la nación. España se marcha de vacaciones con el bipartidismo recuperando terreno: PP y PSOE vuelven a sumar el 50 por ciento de los votos y están empatados. Pero hasta el último minuto del recuento de las elecciones generales del próximo otoño no se sabrá quién va a ocupar el Palacio de la Moncloa. La derecha no gobernará si los socialistas suman con Podemos, con otras fuerzas de izquierdas y con los nacionalistas, un solo diputado más que Rajoy. Por primera vez en la democracia española la fuerza más votada puede no ser la que forme Ejecutivo.

Podemos decide. Aunque Podemos pierde apoyo. Según la última encuesta de Metroscopia, el populismo español ha pasado en los últimos meses del 28 por ciento al 18 por ciento en intención de voto. El proceso de primarias para elegir a sus candidatos ha sido un auténtico fracaso en la participación popular. La fuerza del partido del círculo consistía en movilizar a mucha gente a través de las redes sociales y de las asambleas ciudadanas. Pero ahora que ha llegado el momento de la institucionalización, solo un 16 por ciento de sus 380.000 inscritos han querido votar. El partido ha fosilizado una teología política y ya no canaliza las inquietudes fundacionales.

Podemos es un hijo de aquella movilización que hace algo más de cuatro años coaguló en el 15-M. Se hizo evidente entonces que se había producido una ruptura entre la generación de la Transición y la actual. “¡No nos representan!” fue el lema más coreado en la Puerta del Sol. Se denunciaba que los partidos, ensimismados, se habían convertido en máquinas burocráticas. La corrupción producía un hastío y un rechazo hasta el momento desconocido.

La ambigüedad del 15-M no permite rechazar de plano todo lo que significó aquel movimiento. En muchos de los acampados en Sol había una pulsión utópica, el viejo sueño de que la política salve. Pero también un deseo muy atendible de un cambio más que necesario. No se puede exigir a un movimiento social que distinga, desde el principio y con claridad, teología de política. De hecho esa distinción solo es posible, tras mucho tiempo, con la ayuda de la gracia y no sin evitar muchos errores. De momento los anhelos de una nueva política están sin atender. El debate sobre la reforma electoral solo se ha planteado para hacer electoralismo. Y la evidente y consoladora recuperación económica parece justificar los argumentos en favor de la tecnocracia, de la pura gestión. Los problemas de entonces siguen en el mismo sitio aunque Podemos cuente mucho.

El 15-M fue quizás torpe pero no por ello se puede censurar su grito, ahora puesto en sordina, incluso instrumentalizado, de una vida en común más verdadera. Allí donde la verdad aparezca aunque solo sea como pálpito merece seguirle la pista. No es inteligente responder a la experiencia con una teología política ni a una teología política con otra teología política. Tampoco el 68 fue la panacea pero hubo quien supo construir, para atender sus inquietudes, una de las respuestas más bellas de la historia. De experiencia a experiencia.

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