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Europa o la barbarie de la virtud

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4 mayo 2014
El título del libro tiene toda la atracción de la paradoja: La barbarie de la virtud (Galaxia Gütemberg). Apareció hace unas semanas publicado en España y su joven autor, Luis Gonzalo Díez, sostiene una interesante tesis. La cultura política de los dos últimos siglos refleja el desconcierto del hombre contemporáneo. No es la política la madre de la perplejidad sino su hija. En los proyectos públicos desaguan la insatisfacción y la desorientación que llevamos dentro.

El título del libro tiene toda la atracción de la paradoja: La barbarie de la virtud (Galaxia Gütember). Apareció hace unas semanas publicado en España y su joven autor, Luis Gonzalo Díez, sostiene una interesante tesis. La cultura política de los dos últimos siglos refleja el desconcierto del hombre contemporáneo. No es la política la madre de la perplejidad sino su hija. En los proyectos públicos desaguan la insatisfacción y la desorientación que llevamos dentro.

¿Pero acaso el justo medio, la virtud, puede equipararse con las hordas germánicas que destruyeron el Imperio Romano? González Díez rastrea el virus destructivo que tiene nuestra cultura democrática. El patógeno, que fue generado por el puritanismo, ha ido mutando su contenido genético durante doscientos años y llega hasta el presente con un aspecto menos amenazador. Pero es tan nocivo como al principio.

La virtud se vuelve bárbara si deja de ser una meta buscada personal y socialmente con humilde realismo –dispuesto a aceptar los mínimos a los que se pueda llegar–. La bondad se torna vandalismo cuando se exige en su nivel máximo al Estado y a las instituciones. Lo inalcanzable, en este caso, tiene que ser procurado por la res publica. Así es como nacen las revoluciones violentas. De esta matriz surge el jacobinismo, el nacionalismo y una larga lista de ismos.

La Europa de este comienzo de siglo, afortunadamente, está demasiado acostumbrada al bienestar como para abrazar viejas formas de salvajismo. La barbarie de la virtud se muestra ahora con aspecto burgués. Está en esa Europa que mira con displicencia las próximas elecciones del 25 de mayo. En la que, en nombre de la burocracia de Bruselas y de Estrasburgo, desprecia y critica lo que supone la Unión. No levantará barricadas pero en muchos países votará a los nacionalistas, a los populistas, o simplemente no votará. Porque el Parlamento Europeo no es suficientemente “íntegro”. Porque se ha olvidado de los muertos de las dos Guerras, del hambre, del Telón de Acero, de cómo levantaron el Viejo Continente, a pulso, sus padres y sus abuelos. Porque se ha acostumbrado a la paz como si fuera algo descontado, porque cree que el euro, las vacaciones pagadas, la salud y la educación gratuita o la pensión son cosas a las que se tiene derecho por el mero hecho de nacer.

A esa Europa malcriada quizás le conviene asomarse al mundo. A los liberales euroescépticos que creen que el mercado todo lo soluciona se les puede comprar un billete para Moscú, para que comprueben lo que hace una “economía abierta” sin instituciones transnacionales. A los diletantes quizás les bastaran unos días en Kiev o en El Cairo. Para que vean cuál es el verdadero rostro del nacionalismo, que tiene poco que ver con tomarse unas cervezas en el bar con los amigos y exaltarse con los colores nacionales. Para que sepan lo que es intentar llevar a término una transición democrática cuando todos tus vecinos están intentando dinamitarla y Estados Unidos está haciendo experimentos.

Claro que el Parlamento Europeo y la Comisión están enfermos. No han conseguido desarrollar una estructura política adecuada, el proyecto de ciudadanía común se ha quedado en palabras, la falta de personalidad en el concierto mundial es escandalosa. Habrá que exigirles a todas las instituciones de la Unión que estén a la altura. Pero eso es una cosa y otra diferente convertirse en un bárbaro virtuoso y abrazar a los nacionalistas, a los partidillos que quieren pescar en río revuelto.

Hay una forma católica de ejercer la barbarie de la virtud que es muy poco católica y que con el Parlamento Europeo se siente especialmente excitada. Muchos de los eurodiputados, tanto de derecha como de izquierda, se dejan seducir o son activos protagonistas de la “ideología de lo posthumano”. Denominación en la que podemos incluir el discurso del género, la abolición del modelo de familia y un largo etcétera. Cuando cierta cultura es minoritaria no puede pretender que las instituciones reflejen necesariamente lo que le es propio. Si Europa interesa es para que garantice la paz y la libertad. El resto habrá que explicarlo y proponerlo, partiendo casi de cero.

No todos los que acarician la abstención son euroescépticos. En España, por ejemplo, crecen los votantes de centroderecha que están desencantados con el PP. Esperaban más de Rajoy. Quieren mandarle un mensaje al Gobierno. Sus razones son muy comprensibles. Pero las elecciones europeas, aunque lo parezcan, no son unas primarias de las generales. Para castigar al centroderecha siempre será preferible votar a la otra tradición que ha fraguado Europa. No abstenerse o dejarse llevar por los cantos de sirena de los advenedizos.

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