Europa: la hora de la responsabilidad histórica

Mundo · Eugenio Nasarre
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28 mayo 2014
Para quienes somos europeístas el 25 de mayo ha sido una jornada amarga. La crisis, que empezó siendo financiera y económica, ha sacudido el alma de nuestro continente y ha puesto en jaque al más ambicioso y fecundo proyecto histórico del último siglo: el que alumbraron los “padres fundadores” de la integración europea.

Para quienes somos europeístas el 25 de mayo ha sido una jornada amarga. La crisis, que empezó siendo financiera y económica, ha sacudido el alma de nuestro continente y ha puesto en jaque al más ambicioso y fecundo proyecto histórico del último siglo: el que alumbraron los “padres fundadores” de la integración europea. Fernando de Haro compendiaba muy bien, en estas páginas, los estragos que ha producido en las naciones más importantes de la Unión Europea. En mayor o menor medida nadie se ha librado de esta sacudida. Los españoles, desde luego, tampoco.

Y, sin embargo, no todo está perdido. Las corrientes populistas, euroescépticas o eurofóbicas, o las que hablan eufemísticamente de “otra Europa”, pero que propugnan otro sistema social y político alternativo al de nuestras democracias, han sabido acoger el difuso malestar, la irritación y los miedos de sectores de la sociedad europea. Siempre los extremos emergen en tiempos de crisis. Pero ni mucho menos han ganado la partida, aunque nuestras democracias, vinculadas al proyecto europeo, sean hoy más frágiles. Por ello, los cinco años de la próxima legislatura son decisivos. Nada podrá ser como antes de la crisis. Nos espera un arduo combate político que hay que afrontar con determinación y lucidez. Porque están en juego los valores mismos que han sustentado el proyecto de construcción europea. No nos podemos engañar: los ideales de la sociedad libre, abierta y democrática no pueden desligarse en nuestros días del proyecto mismo de integración europea. Si éste entrara en crisis, arrastraría a nuestras democracias.

En esta grave hora para nuestro continente el Partido Popular Europeo asume una especial responsabilidad. Aun con pérdida de votos y escaños es la primera fuerza política en el nuevo Parlamento europeo, ha ganado las elecciones en diecisiete de los Estados miembros y va a tener una influencia determinante en el espacio público europeo de los próximos años. El rearme moral y democrático que Europa necesita debe ser el compromiso fundamental del PPE, que ha de ser fiel a sus orígenes fundacionales. Ahora, como hace sesenta años, es imprescindible que cuaje un núcleo dirigente, con ideas claras y coraje político, para poner en marcha un renovado proyecto ilusionante, que conecte con las necesidades de los tiempos nuevos.

La responsabilidad del Partido Popular Europeo es inmensa, porque en buena parte el porvenir de Europa depende de su fortaleza y de su capacidad para devolver a la sociedad europea la confianza en el único proyecto que puede salvaguardar nuestras libertades, la paz en el continente y la prosperidad. No es éste el momento del regarte corto y de los tacticismos. El PPE debería superar las lógicas nacionales e impulsar, en sintonía con la sociedad civil, una potente corriente, con sólidas bases culturales, que proyecte al futuro lo mejor de los valores inspiradores del proyecto europeo: la expansión de las libertades, la economía social de mercado, el principio de subsidiariedad y la solidaridad, que, en estos tiempos, tiene que proyectarse a superar la fractura entre el norte y el sur.

Es cierto que para gobernar a esta Europa es imprescindible que se forme una sólida mayoría parlamentaria, capaz de acordar un programa político para la próxima legislatura. La historia de esta Europa nos dice que los avances se han llevado a cabo mediantes grandes acuerdos. También ésta es la hora de los acuerdos. Pero el programa no debe ser ni tímido ni meramente de compromiso, ni tampoco de continuidad con el que se ha hecho frente a la crisis. Elaborar ese programa es el primer desafío de las fuerzas políticas europeístas.

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